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El Cardenal Müller Rompe el Silencio Antes del Cisma: “Quien Haga Esto No es Católico”

Vivimos, hermanos, en un mundo de medias palabras, un mundo donde casi nadie dice lo que de verdad piensa, donde todo se mide, se calcula, se suaviza, se envuelve en algodón para no molestar a nadie, para no quedar mal, para que nadie se enfade. Los que mandan hablan mucho y no dicen nada. Usan 1000 palabras para no comprometerse con ninguna.

 Hablan media hora y cuando terminan uno se queda igual que estaba, sin saber qué pensaban de verdad. Diplomacia le llaman a eso, prudencia dicen. Y a veces, hermanos, es verdad que es prudencia y la prudencia es una virtud, pero seamos honestos, muchas veces no es prudencia, muchas veces es otra cosa con un nombre más bonito, es miedo.

 Miedo a decir la verdad y que te caiga el mundo encima. Miedo a las consecuencias. Miedo al que dirán. Y el miedo, disfrazado de prudencia ha dejado mudos a muchos que tendrían que hablar. Y por eso, hermanos, cuando de vez en cuando aparece un hombre que sí dice lo que piensa, que habla claro, sin rodeos, mirando a los ojos, aunque lo que diga sea incómodo, aunque sepa que le va a costar caro, aunque medio mundo se le vaya a echar encima, ese hombre llama la atención, destaca, porque ya casi no quedan hombres así, se han vuelto raros, como las especias en peligro de

extinción. Y cuando uno aparece, todos volteamos a mirar porque su voz suena distinta en medio de tanto ruido vacío. Eso es lo que pasó hace unos días, hermanos. A pocos días 2020 y está viviendo ahora mismo la iglesia, uno de esos hombres raros que todavía hablan claro se sentó delante de las cámaras de la televisión y habló.

 habló sin rodeos, sin medias tintas, sin algodón y dijo una frase tan directa, tan contundente, tan sin anestesia que ha recorrido el mundo católico entero de punta a punta. Una frase durísima, la frase que da título a lo que vamos a ver juntos esta noche, que quien haga esto no es católico. Pero párense aquí conmigo un momento, hermanos.

 Detse porque esto es importante y quiero ser absolutamente claro con ustedes desde el primer minuto, como hago siempre en este canal, porque ustedes se merecen la verdad y no los enredos. Esa frase, esa frase tan dura que acaban de oír, no la digo yo, que quede grabado a fuego. Yo no soy nadie para decir quién es católico y quién no lo es.

El cardenal Müller es acusado de antisemitismo | FSSPX Actualidad

 Yo no juzgo el corazón de ninguna persona porque no puedo, porque eso no me corresponde a mí ni le corresponde a ningún hombre sobre esta tierra. Esa frase la dijo un cardenal, y no un cardenal cualquiera, hermanos, sino uno de los hombres que más sabe de doctrina en toda la Iglesia Católica. Un hombre que durante años fue precisamente el guardián oficial de lo que la Iglesia cree y enseña, el vigilante de la fe.

 Lo que yo hago esta noche, hermanos, es lo que hace este canal siempre. recoger las palabras de ese hombre sabio, traérselas a ustedes con cuidado, explicárselas con calma, ponerlas sobre la mesa y sopesarlas juntos los unos con los otros, como una familia que se sienta a conversar. Yo soy solo el que recoge esas palabras y se las cuenta, el que las dijo y el que responde de ellas ante Dios y ante los hombres es él, un cardenal que sabe muy bien de lo que habla, que ha estudiado estas cosas toda su vida. Yo no vengo esta noche a

condenar a nadie. Que esto quede clarísimo. Vengo a entender junto con ustedes qué quiso decir un sabio, por qué lo dijo y qué podemos aprender nosotros de sus palabras. Y les prometo una cosa, hermanos, antes de empezar. Les prometo que esa frase tan dura, cuando la abramos del todo, cuando le quitemos las capas y veamos lo que de verdad hay debajo, encierra una lección que no va solo de obispos de Suiza y de Roma, va de su vida.

 de la mía, de la de cada uno de los que estamos aquí esta noche. Va de como a veces todos nosotros, sin darnos cuenta por defender algo bueno, terminamos rompiendo algo todavía más grande. Pero no nos adelantemos, soy el padre Samuel y esta noche vamos a recoger juntos las palabras de un sabio. Empecemos por lo primero, por conocer al hombre que habló.

 Porque para entender el peso de unas palabras, hermanos, primero hay que saber muy bien quién es el que las pronuncia. El hombre que habló, hermanos, se llama cardenal Gerhard Müller. Y necesito de verdad que entiendan bien quién es, porque el peso de una frase depende muchísimo de quién la pronuncia. No es lo mismo, hermanos, que algo lo diga cualquiera por la calle a que lo diga alguien que de verdad sabe.

 Si un vecino cualquiera me dice que me duele el pecho porque comí mucho, yo le hago un caso relativo. Pero si me lo dice un médico de toda la vida, un especialista del corazón, ahí ya escucho con otra atención, porque sé que detrás de sus palabras hay años de estudio y de experiencia. Pues con esto pasa igual. El cardenal Müller es alemán, es teólogo y no un teólogo de medio pelo, hermanos.

sino uno de los más serios, más rigurosos y más respetados que tiene la Iglesia Católica hoy en día en todo el mundo. Ha escrito libros gruesos de teología que se estudian en las universidades, ha enseñado durante décadas, ha dedicado su vida entera a estudiar la fe a fondo hasta el último detalle.

 Pero por encima de todo eso, hermanos, hay un dato que lo dice todo. Un dato que ustedes tienen que retener. Durante años, este hombre fue el prefecto del dicasterio para la doctrina de la fe. Déjenme traducir eso a palabras sencillas, las nuestras, las de la cocina y no las del Vaticano. Ese cargo, prefecto del dicasterio para la doctrina de la fe, significa que este hombre fue durante años el guardián máximo de la doctrina de toda la Iglesia Católica, el responsable de velar por lo que 100 millones de católicos en el mundo entero creen y enseñan. El

vigilante de la fe, el que tenía que asegurarse día tras día de que la enseñanza de la Iglesia se mantuviera fiel, pura, verdadera, sin desviarse ni a un lado ni al otro. fue, por decirlo de alguna manera, el centinela de la verdad católica. ¿Entienden ahora lo que eso significa, hermanos? Cuando un hombre así, con semejante cargo a sus espaldas, con toda esa preparación, con una vida entera dedicada a custodiar la fe, habla sobre lo que es católico y lo que no lo es, no está dando una opinión de aficionado, no está soltando lo

primero que se le pasa por la cabeza, como hacemos a veces los demás. No está hablando de oídas, está hablando desde un conocimiento profundísimo, desde el estudio de toda una vida, desde el lugar exacto donde se vela por estas cuestiones. Por eso sus palabras pesan tanto. Por eso cuando él habla, los periódicos católicos del mundo entero lo recogen.

 No es un cualquiera opinando en la sobremesa. Es uno de los grandes sabios de la iglesia. Pero hay otro dato, hermanos, y este es el más importante de todos. el que lo cambia absolutamente todo, el que si ustedes no lo entienden, hace que se entienda mal toda esta historia. Y quiero que lo graben en la memoria porque vamos a volver a él una y otra vez a lo largo de toda esta noche como quien vuelve a una piedra firme.

 El cardenal Müller ama la misa tradicional, la misa de siempre, la misa en latín, la de nuestros abuelos, la de los santos de todos los siglos, la solemne, la del incienso y el silencio sagrado. Él la ama de verdad, la defiende, la aprecia profundamente. No es en absoluto ni por asomo un enemigo de lo antiguo. No es uno de esos que quieren modernizarlo todo, borrar el pasado, barrer con la tradición como si estorbara. Todo lo contrario, hermanos.

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