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Pedro Infante le NEGÓ la Mano a Jorge Negrete y los Dejó a Todos Sin Palabras

Antes de seguir, me gustaría saber  desde dónde nos escuchas. Y si te gustan este tipo de historias del cine  de oro mexicano, dale like y suscríbete, porque lo que pasó después de esa noche tardó años en explicarse y la respuesta no llegó hasta después  de que uno de los dos ya no estaba vivo para escucharla.

Jorge Negrete bajó la mano, lo hizo despacio, sin perder la postura  con esa disciplina militar que lo había hecho famoso desde sus primeras películas de charros. sonrió hacia las cámaras, dijo  algo sobre que el cine mexicano siempre encontraría la manera de salir adelante y cerró el evento como si nada hubiera  ocurrido.

Pero todos los que estaban ahí sabían exactamente lo que habían  visto y en los días siguientes los periódicos de espectáculos no hablarían de otra cosa. Lo que nadie en ese teatro  sabía, lo que ni siquiera los reporteros más cercanos a ambos lograron descifrar entonces, era que ese desplante no había  nacido esa noche.

había nacido años antes en los pasillos del propio sindicato  que Negrete dirigía con Mano de Hierro en una decisión que afectó a alguien a quien Pedro Infante quería proteger más que a su propia carrera. Para entender lo que pasó  en ese teatro, hay que volver a 1943, al año en que ambos hombres parecían destinados a ser hermanos de oficio  y no rivales.

Jorge Negrete ya era el charro cantor, la voz que México escuchaba en la radio antes de dormir, el hombre que había  llevado el cine nacional a Hollywood con traje de gala y pistola al cinto. Pedro Infante, apenas empezaba, un muchacho de Mazatlán con una  voz que todavía no sabía del todo lo que podía hacer, pero que ya hacía llorar a las taquilleras de los cines de barrio.

Negrete lo recibió con una generosidad calculada, la de un rey que reconoce  a un príncipe, pero nunca olvida quién lleva la corona. Le abrió puertas, lo presentó con productores, le dio consejos sobre cómo plantarse frente  a una cámara sin parecer un actor de teatro perdido en otro mundo.

Por un tiempo,  en los foros de los estudios Churubusco los llamaban los dos gallos y la prensa los fotografiaba juntos como prueba de que el cine mexicano tenía más de un sol. Pero el público empezó  a decidir algo que ninguno de los dos podía controlar. Pedro Infante, con su sonrisa de barrio y su forma de cantar,  que parecía salir directamente del pecho sin pasar por ningún filtro de elegancia,  comenzó a llenar más cines que el propio negrete.

Las mujeres no gritaban su nombre, lo susurraban como algo prohibido y cercano a la vez. Los hombres lo veían como uno de ellos, alguien que también había cargado costales, que también sabía lo que era no tener dinero para el camión. Negrete, que había construido su  imagen sobre la elegancia, el rango militar honorario, la hacienda y el orgullo nacionalista, empezó a sentir algo que jamás había sentido en una pantalla, que alguien le pisaba la sombra.

Y lo que hizo  con ese sentimiento no fue gritarlo, fue guardarlo, como guardaba todo, dentro de la disciplina  de hierro que aplicaba a cada aspecto de su vida. En 1944, Negrete  fundó la Asociación Nacional de Actores La y se convirtió en su primer secretario general. Fue un acto genuino de defensa gremial, eso nadie lo discute,  pero también le dio algo más. Control.

control sobre quién trabajaba, sobre quién recibía contratos protegidos,  sobre quién podía o no aparecer en determinadas producciones según su estatus dentro del sindicato. Y ahí, en ese poder recién adquirido, comenzó  a tejerse la herida que ninguno de los dos mencionaría jamás en público.

Antes de seguir, déjame decirte algo que pocos recuerdan. Ninguno de los dos hombres  odiaba al otro. Al principio, lo que pasó entre Pedro Infante y Jorge Negrete no fue un odio instantáneo, fue una grieta que se fue abriendo decisión tras decisión hasta que se volvió imposible  de cerrar sin que alguien sangrara primero.

La grieta tuvo nombre, aunque durante décadas  nadie quiso pronunciarlo en entrevistas. Se llamaba Lupita Torrentera, una  joven actriz de carácter que había llegado a la anda buscando lo que cualquier actor de aquella época buscaba. Papeles, protección sindical. una oportunidad de no desaparecer entre los cientos de rostros nuevos  que llegaban a la ciudad de México con un sueño y sin nada más.

Pedro Infante la conocía no de manera romántica, como insinuarían después los periódicos amarillistas,  sino de una forma más simple y más profunda. La conocía porque venía del mismo lugar que él, del mismo tipo de pobreza, del mismo tipo de promesas rotas que el cine  mexicano repartía a manos llenas y rara vez cumplía.

Pedro la trataba como se trataba a una hermana menor,  le conseguía pequeños papeles, hablaba bien de ella frente a los directores que respetaban su palabra. En 1947, Lupita presentó  una queja formal ante la anda contra un productor poderoso, acusándolo de incumplimiento de contrato y de un trato  que rozaba el abuso de poder.

Era exactamente el tipo de caso para el que existía el sindicato. Jorge Negrete, como secretario general, tenía la autoridad para intervenir, para presionar al productor, para proteger a una actriz sin influencias frente a un hombre  con todas ellas. No lo hizo. El productor en cuestión era uno de los principales financiadores  de las películas de Negrete.

La queja de Lupita se enfrió en los archivos del sindicato. Se diluyó entre  procedimientos y reuniones que nunca llegaban a ninguna conclusión hasta que finalmente fue retirada no porque ella quisiera, sino porque dejó de tener trabajo en cualquier estudio que tuviera relación con  ese productor.

Su carrera, apenas iniciada, terminó antes de tener oportunidad de existir. Pedro Infante se enteró meses después, cuando ya no había  nada que hacer. Fue a buscar a Negrete personalmente en uno de los pocos encuentros entre ambos  que alguna vez se documentó con cierto detalle gracias al testimonio de un asistente de producción que estuvo presente. No hubo gritos.

Pedro nunca gritaba cuando algo le dolía de verdad. solo se quedaba más callado de lo normal, con esa quietud que sus compañeros de rodaje  aprendieron a temer más que cualquier explosión de carácter. Le preguntó a Negrete por  qué no había intervenido. Negrete, según ese mismo testimonio, respondió que el sindicato tenía que pensar  en el bien de la industria completa, no en casos individuales, que las cosas eran más complicadas de lo que Pedro entendía desde afuera.

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