Posted in

Un Borracho Desafió a Pedro Infante en Pleno Escenario; Lo Que Hizo Dejó Atónitas a 20,000 Personas

Los guardias de seguridad,  vestidos de traje oscuro, comenzaron a moverse entre las filas hacia donde estaba el hombre. Pedro, sin embargo,  levantó una mano hacia ellos, pidiéndoles que se detuvieran. Amigo”, dijo Pedro  Infante acercándose al micrófono, su voz aún suave, pero ya con un filo distinto.

“Todos aquí pagaron su boleto igual que usted. ¿Por qué no nos deja disfrutar la función?” “No quiero disfrutar nada”, respondió Cuco, con la voz quebrada  por el coraje. “Quiero que bajes y me demuestres que no eres solamente saliva y peinado de revista”, la gente comenzó a murmurar.  Algunos pedían que sacaran al hombre del teatro.

Otros, curiosos, querían ver hasta dónde llegaría  aquello. El ambiente festivo de minutos antes se había transformado en algo tenso, casi eléctrico. Pedro miró a los guardias,  después miró al público y finalmente clavó los ojos en cuco. Lo que pasó después tomó  por sorpresa hasta su propio mariachi. En lugar de pedir que lo sacaran, en lugar de ignorarlo y seguir cantando,  Pedro Infante dejó el micrófono en su soporte y caminó hacia el borde del escenario.

¿Quiere saber si soy hombre de  a de veras? Preguntó su voz ahora resonando clara por todo el recinto gracias al sistema de sonido. ¿Cree que solamente  sé sonreír para las cámaras? El teatro completo contuvo el aliento. Nadie sabía qué iba a pasar. Pedro continuó con esa mezcla de serenidad  y autoridad que lo caracterizaba.

Pues mire, amigo, ¿por qué no sube usted aquí y lo arreglamos como se debe? El público estalló.  Unos aplaudían entusiasmados, otros gritaban que no lo hiciera, que ese hombre estaba borracho y podía ser  peligroso. Los guardias intentaron avanzar de nuevo, pero Pedro volvió  a detenerlos con un gesto firme de la mano.

“Déjenlo pasar”, dijo. “Que suba.” Cuco, envalentonado  por el reto y por el alcohol que aún corría por sus venas, comenzó a abrirse paso entre las butacas, empujando a quien se le pusiera  enfrente. Eso es, gritaba mientras avanzaba tambaleante hacia el escenario. Ahora sí, vamos a ver de qué madera estás hecho.

Cuando finalmente trepó al escenario  tropezando con el primer escalón, el teatro entero estaba de pie. Algunas mujeres gritaban asustadas, otros hombres silvaban,  expectantes de una pelea que parecía inevitable. Pedro caminó  hacia él sin prisa, sin miedo visible en el rostro, mientras Cuco se tambaleaba frente a él, sudoroso,  con los puños apretados pero temblorosos.

“Está bien, amigo”, dijo Pedro, ya lo suficientemente cerca para que el micrófono prendido en su traje de charro captara  cada palabra. “¿Usted quiere demostrar quién es más hombre aquí? Tengo una propuesta para usted.” “A ver, dígame.” Masculló Cuco, todavía con el seño fruncido, sin bajar la guardia.

Vamos a hacer algo distinto”, dijo Pedro con una sonrisa  que comenzaba a dibujarse en su rostro. “Usted y yo, aquí mismo,  ahora mismo, vamos a tener un duelo, pero no de golpes, de canto. El que cante mejor gana!” La propuesta fue tan inesperada, tan  distinta a lo que todos imaginaban, que por un instante nadie en el teatro supo cómo reaccionar.

Un duelo de canto. Este obrero borracho contra Pedro Infante, el ídolo de México.  Entonces, alguien entre el público comenzó a reír. Después otro. En cuestión de segundos, el blanquita  entero estalló en carcajadas y aplausos. La tensión que minutos antes con convertirse en violencia se transformó de golpe en expectación en algo parecido a una fiesta.

Cuco, sin embargo, no estaba nada divertido. Yo no vine a cantar contigo dijo frunciendo el seño. Vine a partirte la cara. Pues qué mala suerte, respondió Pedro, ahora sonriendo abiertamente, porque este es  mi escenario, esta es mi gente y aquí las cosas se hacen como yo digo. ¿Quiere demostrar  que es más hombre que yo? Pues demuéstreme que puede hacer lo que yo hago. Cante.

Pedro hizo una  seña al primer violín del mariachi, un hombre llamado Refugio Vázquez, que llevaba años tocando junto a él y que observaba toda la escena boquiabierto. Refugio, dale un micrófono a nuestro amigo dijo Pedro. Y muchachos agregó dirigiéndose al resto de la orquesta. Vamos a darle a nuestro nuevo amigo aquí la oportunidad de mostrarnos  que trae por dentro.

Los músicos, todavía sin salir de su asombro, pero siguiendo  la indicación de su jefe, se prepararon para tocar. Le entregaron a Cuco un micrófono y de pronto, convertido en el centro de atención de un modo que jamás había imaginado, el hombre miró hacia el público con una mezcla de confusión y pánico  genuino.

“Que que quiere que cante”, balbuceó su tono agresivo de hacía un momento desvanecido  casi por completo. “Lo que usted quiera amigo”, dijo Pedro con generosidad. Este es su momento. 3000 personas están esperando a escuchar lo que trae usted en el alma. Lo que siguió fue al mismo tiempo torpe y  extrañamente conmovedor.

Cuco, claramente fuera de su elemento, pero atrapado ya por su  propia brabuconería, intentó cantar Cielito Lindo, la única canción que su mente nublada por el alcohol logró recordar. Su interpretación  fue desastrosa. Desafinaba en cada verso, olvidaba la letra a los pocos segundos  y se tambaleaba tanto que el propio refugio Vázquez tuvo que sostenerlo del brazo para que no se cayera del escenario.

Pero entonces ocurrió algo notable. En lugar de abucharlo, en lugar de burlarse de aquel hombre que apenas  minutos antes los había amenazado a todos con violencia, el público comenzó a animarlo. Ándele, no se rinda. Usted puede. Pedro, parado a su lado, comenzó a aplaudir al ritmo, alentándolo con la mirada. Cuando olvidaba la letra,  Pedro se la susurraba al oído.

Cuando parecía que iba a abandonar, Pedro le puso una mano en el hombro y lo sostuvo  literal y figuradamente para que continuara. Para cuando Cuo terminó su tambaleante versión de cielito lindo, algo había cambiado  en el ambiente del teatro. Aquel hombre furioso que había subido al escenario buscando pelea se había convertido  durante unos minutos en alguien más, un hombre cualquiera intentando algo difícil frente a todos, expuesto y vulnerable.

El público le  regaló una ovación de pie, no porque hubiera cantado bien, sino porque se  había atrevido y porque Pedro había creado un espacio donde incluso un agresor podía convertirse  en alguien digno de aplausos. Eso estuvo hermoso, Cuco. Le dijo Pedro y lo decía con sinceridad genuina en la voz.

Read More