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El TRISTE FINAL de PABLO LARIOS: El Mejor PORTERO MEXICANO de la HISTORIA

El TRISTE FINAL de PABLO LARIOS: El Mejor PORTERO MEXICANO de la HISTORIA

fue el portero que llevó a México al famoso quinto partido en un mundial. Ostenta el récord de recibir solo dos goles en una Copa del Mundo con la selección. Sus voladas, sus acrobacias bajo los tres palos quedaron marcadas en la memoria de millones, pero todo ese éxito se fue apagando. Tragedias familiares, pérdidas irreparables y un consumo excesivo de drogas lo llevaron a tocar fondo.

Más de 20 cirugías de tabique no pudieron reconstruir lo que el dolor ya había destrozado. Terminó solo, olvidado y murió en el silencio. Esta es la triste historia de Pablo Larios. Para muchos, el mejor portero mexicano de la historia. Pablo Lario Hiwasaki, nació un 31 de julio de 1960 en Zacatepec, Morelos. Su apellido japonés venía de su madre, descendiente de inmigrantes, pero su sangre ardía como la del más aguerrido mexicano.

Desde chico supo lo que era ganarse el pan con el cuerpo. Ayudaba a su padre en la tienda de materiales de construcción cargando bultos de cemento entre polvo y calor. Su infancia no tuvo lujos ni descanso. Jugaba al fútbol entre piedras y tierra con lo que hubiera y si había que hacerlo descalso, lo hacía sin chistar.

No tenía padrinos, ni contactos, ni nadie que le abriera puertas, solo sus reflejos, sus saltos y una rebeldía que no conocía límites. Se pasaba las tardes volando por el aire en canchitas improvisadas, soñando con que algún día alguien se diera cuenta de lo que podía hacer. Su ambición no era ser famoso, era volar. sacar pelotas imposibles y volar otra vez.

En 1980, después de años de insistencia y sacrificios, le dieron su primera oportunidad en el equipo de su tierra, Zacatepec. En el Betusto estadio Coruco Díaz, el mismo que había visto pasar generaciones de futbolistas rústicos y luchadores, debutó como profesional. No era un arquero cualquiera, arriesgaba, jugaba con los pies, salía del área como si fuera un defensa más y volaba como si tuviera alas.

En tiempos en que los porteros eran estáticos y conservadores, Larios era una revolución con guantes. Cada atajada suya era un acto de locura controlada. Se lanzaba contra delantero sin dudar, con un estilo que más tarde muchos le atribuirían a Jorge Campos. Pero fue Pablo quien lo hizo primero. Fue él quien rompió las reglas sin pedir permiso.

Y así, desde un barrio humilde entre cemento y tierra, el chico que cargaba bultos se fue abriendo paso hacia el Olimpo del fútbol mexicano. Apenas empezó a tener minutos en Zacatepec, quedó claro que Pablo Larios no era un arquero común. Tenía algo distinto en la mirada. No solo volaba, lo hacía con rabia, con hambre. Atajaba como si cada pelota fuera la última, como si no pudiera permitirse ni un error.

No se tiraba, se lanzaba al vacío. Cada bolada suya parecía una jugada de otro deporte. Era puro instinto, puro espectáculo. Sus lances eran tan exagerados como efectivos. Con una elasticidad brutal, se estiraba hasta lo imposible. Y lo que muchos creían que era show, él lo convertía en seguridad. Reflejos de felino, agallas de guerrero.

Larios hacía lo que otros no se animaban. Salir a cortar centros lejos del área, achicar al borde del suicidio, jugar con los pies cuando eso todavía se consideraba un sacrilegio para los porteros. Fue adelantado a su época y lo pagó con la incomprensión de algunos, pero se ganó el respeto de todos. En 1984, Cruz Azul lo fichó.

Ya no era solo una promesa de provincia. Era un fenómeno nacional. En la máquina se volvió ídolo. Su figura acrobática debajo del arco se volvió parte del paisaje. Con sus manos sostuvo partidos imposibles y no tardó en llegar la llamada que cambiaría su vida para siempre, la de la selección mexicana.

El técnico Bora Milutinovic lo eligió como titular indiscutido para el mundial de 1986 y ahí en casa con todo un país encima, Larios no falló. México llegó al anciado quinto partido, los cuartos de final, algo que parecía un sueño eterno para el Tri y gran parte de ese logro se lo deben a él. En toda la copa solo le hicieron dos goles. Dos.

Récord histórico que todavía no ha sido superado por ningún arquero mexicano en mundiales. Fue el guardián del arco en la época más gloriosa del fútbol azteca contra Alemania. En aquel partido inolvidable que terminó en penales, Lario sostuvo el equipo con atajadas milagrosas. voló como siempre, pero ese día lo hizo para todo un país.

Después del mundial, su nombre era sinónimo de seguridad, de grandeza. Jugó en Puebla, donde también dejó huella, y más tarde en Toros Nesa, ese club excéntrico que siempre le vino bien a su estilo desafiante. Nunca fue políticamente correcto, nunca buscó agradar a todos, solo quería defender el arco como nadie más lo hacía.

En su mejor momento fue uno de los jugadores mejor pagados de México. Tenía una colección de autos clásicos, más de 60. Vivía con lujos que jamás hubiera imaginado de niño, pero no era ostentoso. Larios seguía siendo el mismo tipo humilde, reservado, que prefería hablar con atajadas. Sus compañeros lo admiraban, sus rivales lo respetaban, la afición lo amaba.

En una época sin redes sociales, sin cámaras en cada rincón, Pablo se convirtió en leyenda por lo que hacía en la cancha, no por lo que decía afuera. Y mientras su carrera subía como un cohete, nadie imaginaba la tormenta que se venía, pero como dice el dicho, todo lo que sube termina cayendo.

Y a Pablo Larios, la vida le quitó lo que el fútbol alguna vez le dio. En 1999, ya retirado del profesionalismo, con los guantes colgados y los recuerdos brillando, llegó el primer golpe. Su padre, aquel hombre que lo había enseñado a trabajar desde niño, murió. Y no habían pasado ni dos meses cuando la tragedia volvió a tocar la puerta.

Su esposa también falleció. Dos pérdidas brutales casi seguidas. En silencio, Pablo empezó a apagarse. El arquero que lo había enfrentado todo, penales, delanteros brutales, estadios llenos, no supo cómo parar ese dolor, porque no hay técnica, ni reflejo, ni volada que te salve del vacío que dejan los tuyos cuando se van.

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