En el vasto universo del fútbol, pocos nombres resuenan con la misma mezcla de nostalgia, respeto y admiración que el de Eduardo de la Peña. Su trayectoria no es simplemente una crónica deportiva de goles y títulos; es una narrativa humana sobre el ascenso, la resistencia física ante la adversidad y la capacidad de mantenerse íntegro cuando el mundo se desplaza de la cancha a la vida cotidiana. Para quienes peinan canas y para las nuevas generaciones que han escuchado los relatos, De la Peña representa el arquetipo del futbolista uruguayo forjado en el sacrificio, cuya técnica y visión táctica desafiaron cualquier limitación impuesta por el entorno.
Los Orígenes: De la Tierra al Césped
La historia de Eduardo comienza mucho antes de que las tribunas del Estadio Centenario corearan su nombre. Nació en el Paraje El Soldado, una zona rural en el departamento de Lavalleja. En aquel entorno, donde el horizonte se confundía con el campo y el trabajo físico era la moneda de cambio diaria, el pequeño Eduardo aprendió las lecciones fundamentales que guiarían su futuro. No había lujos, ni escuelas de fútbol de vanguardia, ni la tecnología que hoy rodea al deporte. Había, en cambio, una familia numerosa, la responsabilidad de ayudar en las tareas rurales —desde ordeñar vacas hasta trabajar con caballos— y una disciplina férrea heredada de sus padres, María y Ángel.
En aquellos parajes de Minas, el fútbol se jugaba con lo que hubiera a mano y en terrenos irregulares. La televisión era un lujo lejano; la pasión se alimentaba de relatos radiales y la admiración profunda hacia figuras como Luis Artime e Hildo Maneiro. Sin saberlo, aquel niño que corría tras pelotas improvisadas estaba moldeando la resistencia, la inteligencia táctica y el compromiso que más tarde lo convertirían en una pieza angular del Club Nacional de Football y de la selección uruguaya.

El Salto a la Profesionalidad
La transición de las canchas departamentales de Lavalleja al profesionalismo uruguayo no ocurrió por arte de magia, sino gracias a un talento innato que comenzó a destacar bajo la mirada atenta de observadores como el entrenador Peta Ubiña. La llegada de De la Peña a Nacional es uno de esos episodios románticos del fútbol de antaño: un acuerdo sellado con un juego de camisetas y la organización de un partido amistoso.
Su debut en 1976 marcó el inicio de una era. Al principio, las dudas sobre su preparación física debido a su origen rural fueron rápidamente disipadas por su rendimiento. Los entrenadores descubrieron en Eduardo un perfil único: un jugador ambidiestro, capaz de utilizar ambas piernas con precisión quirúrgica, con una visión de juego que le permitía anticipar situaciones antes que sus rivales. Lo que comenzó como una labor de delantero centro se transformó, gracias a su inteligencia táctica, en un rol de volante creativo. En esa posición, De la Peña podía orquestar el juego, recuperar balones y, fundamentalmente, aparecer en el área rival para definir.
1980: El Año de la Gloria y el Dolor
Si hay un año que define la carrera de Eduardo de la Peña, es 1980. Fue una temporada en la que Nacional, bajo la dirección técnica de Juan Mojica, alcanzó un nivel de excelencia competitiva extraordinario. Para Eduardo, fue el escenario donde su nombre se inscribió en letras doradas en la historia del club.
La Copa Libertadores de 1980 es, probablemente, el hito más recordado. La semifinal frente a Olimpia de Paraguay no fue solo un partido; fue el momento en que Eduardo de la Peña se volvió eterno. Cuando recibió un balón en una posición favorable y ejecutó una volea perfecta, no solo anotó un gol; creó un símbolo. La narración de Víctor Hugo Morales, que inmortalizó aquel momento, sigue resonando en la memoria de los aficionados. Ese gol fue la confirmación de años de sacrificio, el punto de unión entre el niño que soñaba en Lavalleja y el profesional que conquistaba el continente.
Sin embargo, el éxito deportivo trajo consigo el lado oscuro de la alta competencia. El fútbol de esa época era brutalmente físico, y el cuerpo de De la Peña comenzó a pasar factura. Las lesiones, esas compañeras indeseadas de cualquier deportista de élite, se hicieron presentes en los momentos más inoportunos. En la Copa de Oro de Campeones Mundiales (el Mundialito) de 1980, una lesión en los meniscos de su rodilla derecha le impidió celebrar plenamente la conquista ante Brasil. Más tarde, una lesión en el tobillo lo dejaría fuera de la final de la Copa Intercontinental en Tokio. Estos episodios no fueron derrotas, sino pruebas de carácter; cada vez que el cuerpo decía “no”, la disciplina forjada en su infancia le obligaba a levantarse.
La Experiencia Internacional y el Regreso
La búsqueda de nuevos desafíos llevó a De la Peña fuera de las fronteras uruguayas. Su paso por México (Tecos de Guadalajara), Colombia (Deportivo Cali) y Argentina (Huracán) enriqueció su visión del deporte, pero también lo enfrentó a realidades complejas: crisis económicas que afectaron a los jugadores extranjeros, trabas en los derechos deportivos y, por supuesto, la persistencia de las lesiones.
A pesar de los retos, estos años en el exterior le permitieron comprender la dimensión internacional del fútbol profesional y valorar, aún más, el sentido de pertenencia. El deseo de regresar a casa, a Nacional, comenzó a cobrar fuerza, marcando el inicio de una etapa final que, lejos de ser un ocaso, fue una transición hacia la sabiduría.

La Vida Después de la Cancha: El Retiro y los Valores
Cuando llegó el momento del retiro, Eduardo tomó una decisión que lo distinguía de muchos de sus pares: decidió explorar el mundo empresarial en lugar de permanecer en el fútbol como entrenador o dirigente. Emprendió negocios en Montevideo, demostrando que las herramientas que aprendió en el campo —disciplina, puntualidad y trabajo en equipo— eran perfectamente transferibles a la gestión comercial.
En esta etapa, su refugio se convirtió en La Floresta. Allí, rodeado de la brisa marina y el calor de su familia —sus hijos Diego, Marcela y Martina, y sus seis nietos—, Eduardo encontró el equilibrio que el fútbol profesional, con su vorágine, muchas veces le negó. Su vida, hoy, es un testimonio de sencillez. No vive de la fama pasada ni busca protagonismo. Quienes tienen la oportunidad de conversar con él destacan su humildad, la claridad de sus opiniones y, sobre todo, su gratitud por el camino recorrido.
Un Legado que Trasciende las Estadísticas