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La India María y El Magnate: La Hija Que REGALARON a la Sirvienta Acaba de Hablar

Viendo a la India María llegar al foro, abrazar al herito, decirle, “Mi rey, hacerlo reír.” Y la niña que nadie podía ver detrás de la pantalla, la niña la que regalaron de bebé, sentada en su sala de los ángeles, escuchando a la única mujer del mundo que podía haberla nombrado y que prefirió no hacerlo. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre la India María y el magnate de Televisa.

Primero, ¿cómo empezó realmente la relación entre María Elena Velasco y Raúl Velasco? El momento exacto, el lugar, las circunstancias que ninguna revista de espectáculos publicó en 50 años. Segundo, el día que Mirna fue entregada a la empleada doméstica de la casa, ¿quién tomó la decisión? ¿Quién se hizo cargo? ¿Qué cambió de manos? ¿Y quién más en esa casa? lo supo desde el primer momento.

Tercero, lo que Mirna le dijo a su madre cara a cara cuando finalmente la encontró y la respuesta que María Elena Velasco le dio. La frase que Mirna ha repetido en cada testimonio público desde 2019. Y cuarto, lo que pasó con Mirna después de la muerte de su madre en 2015. La historia de su hijo, el marín de Estados Unidos, que apareció una madrugada en la costa de Okinuwa, Japón, sin que nadie pudiera explicar por qué.

Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que las hizo ambos. Porque esta historia no empieza el día que Mirna nació, empieza mucho antes. Empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión, un domingo cualquiera, sin imaginarte lo que estaba pasando detrás de esas cámaras.

 ¿Tú te acuerdas de ese programa? Tú lo veías. Llegabas del trabajo, te quitabas los zapatos, ponías la cena en la mesa y prendías la tele. Era domingo, eran las 7 de la noche y ahí estaba el herito de los lentes con el micrófono en la mano y esa sonrisa de maestro de ceremonias que te decía, “Aú hay más.” Lo veías tú, lo veía tu mamá, lo veía tu vecina, lo veía tu prima en Estados Unidos a la misma hora porque lo transmitían en 40 y tantos países al mismo tiempo.

350 millones de espectadores los domingos, una cifra que hoy ningún programa de televisión vuelve a tocar. Y a las 9, a las 10, a veces a las 11 de la noche llegaba el momento que tú esperabas. El momento en que entraba ella. Trenza larga, rebozo cruzado, falda de cuadros, una canasta, un acento que ella inventó porque no era de ninguna parte real.

 Y esa risa contagiosa que te hacía reír antes de que ella dijera nada. La india María llegaba al foro de siempre en domingo y todo se detenía. Raúl Velasco la recibía como si fuera de la realeza. Le tendía la mano, la presentaba con cariño. A veces hacían sketches juntos. Ella lo correteaba, él se hacía el ofendido. El público se moría de risa.

“Miguerito”, le decía ella en cámara. “Mi india”, le respondía él. La gente que estaba en casa pensaba que era una relación profesional bonita, una amistad de televisión, pero los maquillistas en los camerinos lo comentaban. Los reporteros de espectáculos lo sabían y no escribían. Los productores cerraban filas cuando alguien preguntaba de más.

Porque dentro de los pasillos de Televisa Chapultepec y de Televisa San Ángel después había un secreto que todos manejaban con cuidado. Un secreto que tenía nombre y apellido y que vivía a varios miles de kilómetros en una casa modesta del este de Los Ángeles. Una niña a la que sus padres habían regalado de bebé.

Esa niña no podía existir. Para entender por qué esa niña no podía existir, hay que entender quiénes eran esas dos personas que cada domingo aparecían en tu pantalla. Y hay que entender, sobre todo, la maquinaria que los puso a trabajar juntos. Esa maquinaria es la verdadera protagonista oculta de toda esta historia, más que cualquiera de los dos.

María Elena Velasco Fragoso nació en Puebla el 17 de diciembre de 1940. Su padre, Tomás Velasco Saavedra, era mecánico ferroviario. Murió cuando ella era todavía una niña. Su madre, María Elena Fragosopeón, se quedó sola con cuatro hijos, sin estudios, sin marido, con la cocina como única herramienta para mantenerlos.

María Elena, la segunda, soñaba con ser actriz desde niña. Estudió teatro con Carlos Ancira, con Dimitrio Sarras, con Ludwig Margules, con Xavier Robles. Profesores serios, escuela seria, ambiciones serias. Quería ser una gran actriz dramática, quería hacer Shakespeare. Quería hacer Lorca y nadie. la contrataba.

A finales de los años 60 sobrevivía como vedet en teatros de revista de la ciudad de México. Carpas, cabarets, espacios donde se cantaba albures y se enseñaba pierna. Era guapa, era flexible, era graciosa cuando se le permitía hablar, pero no era estrella. En esos teatros conocí a un hombre 30 años mayor que ella.

Vladimir Lipkis, Chazán, ruso, actor, coreógrafo, llegado a México en los años 40 huyendo de Europa. Su nombre artístico era Julián de Meriche. Se enamoraron, se casaron, tuvieron tres hijos, Iván y Bet Eugenia y Goretti. Y María Elena se inventó un personaje que acabaría convirtiéndose en su prisión y en su salvación al mismo tiempo.

El personaje de la India María nació por accidente en un sketch en la televisión a finales de los 60. Una indígena recién llegada del campo a la ciudad, que se confundía con todo, que hablaba mucho, que se reía de los poderosos sin que ellos se dieran cuenta. Funcionó. Funcionó tanto que se le pegó, se le pegó tanto que ya no se la pudo quitar.

María Elena Velasco, la mujer real, dejó de existir para el público. Solo quedó la India María con su trenza, su rebozo, su burro y su acento, una cárcel hecha de aplausos. A finales de los 70 y principios de los 80, María Elena ya era una de las actrices más taquilleras del cine mexicano.

 Producía sus propias películas, las dirigía, las protagonizaba, las distribuía. Una mujer empresaria en una industria de hombres. Lo que pocos sabían es que María Elena Velasco hablaba inglés perfecto. Tenía una biblioteca enorme en su casa. era cultísima, no se parecía en nada al personaje, pero el personaje era el que pagaba la renta.

Y mientras ella construía ese imperio modesto desde la marginalidad del cine de comedia, en otro despacho de la ciudad, en otro foro, en otro horario, había un hombre que estaba construyendo algo mucho más grande, un imperio hecho con la carrera de otras personas, decidir quién cantaba, quién aparecía. ¿Quién subía? ¿Quién se quedaba? Raúl Velasco Ramírez nació en Celaya, Guanajuato, el 24 de abril de 1933.

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