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Lalo Mora: Lo Que Le Hacía a Sus Fans Era ASQUEROSO

Primero, que lo de Pico Rivera se repitió muchas veces en distintas ciudades, en distintos países, durante años. grabado frente a multitudes que aplaudían. Segundo, te voy a decir el nombre del único hombre con poder que se atrevió a denunciarlo formalmente ante la justicia y lo que le pasó a ese hombre pocos meses después.

Tercero, vas a escuchar lo que el propio Lalo Mora respondió cuando le preguntaron con sus palabras exactas, palabras que están grabadas. Y vas a entender por qué esas palabras duelen más que los videos. Y cuarto, te voy a explicar por qué después de todo esto, hoy sigue llenando plazas, sigue recibiendo homenajes y ninguna de esas mujeres tuvo nunca justicia.

Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera delante de todos durante tanto tiempo, tienes que conocer el mundo que construyó a este hombre. Porque esta historia no empieza en aquel estacionamiento de California, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión o escuchaste en tu propio radio.

Hay una frase que él dijo después, cuando ya no pudo seguir negándolo. Una frase corta, casi de chiste, que se volvió famosa. Ojitos sí, manitas no. Guarda esa frase, la vas a necesitar para entender el final. Para esto tienes que regresar conmigo a los años 70, a un Monterrey de fundiciones, de calor pegajoso, de calles obreras donde la música norteña salía de cada cantina como salía el humo de las fábricas.

En ese Monterrey, un muchacho del municipio de Los Ramones, Nuevo León, con una garganta que cortaba el ruido de los tractores, se ganaba la vida cantando. Eduardo Mora, hijo de tierra seca, de los que aprendían los versos de las cantinas antes que las tablas de multiplicar. Primero anduvo en un dueto.

 Lupe y Lalo le decían. Él y un cantante llamado Guadalupe Mendoza grabaron temas como Frontera Chiquita de la propia autoría del Alo. Aquello daba para comer, para sostenerse, para soñar con algo más grande. Hasta que en 1979 Lupe Mendoza decidió dejarlo todo. Se convirtió al cristianismo y se apartó de los escenarios. Lo sostuvo hasta su muerte ya en 2021.

Pero esa es otra historia. Lo que importa es lo que pasó después. En aquellos años, una estación de radio de Monterrey, la XCKTR, lanzó un concurso entre sus radioescuchas. Buscaban nombre para un grupo que apenas empezaba. La gente mandó tarjetas escritas a mano con lápiz sugiriendo títulos y el nombre que ganó, el que eligió el pueblo, fue Los Invasores de Nuevo León.

Fíjate en este detalle porque importa. Ese nombre no nació en una oficina de publicistas, nació de la gente, de las mismas personas comunes que después llenarían los salones de baile, de mujeres como las que un día harían fila para una foto. El grupo despegó rápido. A finales de los años 70 y principios de los 80, los invasores se volvieron una escuela del norteño moderno.

 Un pulso más ágil, canciones que contaban historias, esa mezcla de tragedia y baile que define al género. En 1982 llegó mi casa nueva y los puso en lo más alto de las listas regionales. Luego vinieron Aguanta Corazón, el preso de Nuevo León y sobre todas Laurita Garza. Detente un segundo en Laurita Garza porque hay una ironía en esa canción que vas a entender mejor al final.

Laurita Garza cuenta la historia de una mujer traicionada por el hombre que amaba. Una mujer a la que engañaron, a la que humillaron y que al final tomó la justicia en sus propias manos. porque nadie más se la iba a dar. Esa fue la canción que convirtió a Lalo Mora en leyenda, una canción sobre una mujer que no tuvo a nadie que la defendiera.

Recuerda eso también. Déjame ponerte en aquella época porque tú la viviste. Imagínate una tarde de los años 80. Tú llegabas cansada de trabajar o de cuidar a los niños o de la fábrica o de la casa ajena que limpiabas. Prendías el radio y ahí estaba esa voz, esa voz rasposa de hombre de campo cantándote de amores que se acababan, de cárceles, de mujeres que se iban.

 Y por un momento, mientras pelabas papas o tendías la ropa, esa voz te acompañaba como si te entendiera. Eso era Lalo Mora en tu vida, no un artista en una pantalla, una compañía. El grupo nunca fue solo de él. A su lado estuvieron desde el principio nombres que la gente del norteño todavía recuerda. Javier Ríos en el acordeón.

que venía de tocar con otro grupo grande, Eliud López, Homero de León. Entre todos armaron ese sonido ágil, bailable que cambió el norteño para siempre. Pero el que se llevaba los reflectores, el que firmaba las fotos, el que salía primero en los carteles era Lalo, siempre Lalo. La canción Mi casa nueva los disparó al estrellato y de ahí ya no bajaron en toda la década.

Grababan disco tras disco, giraban sin parar, cruzaban a Texas, a California, a todo el suroeste de los Estados Unidos, donde los paisanos que se habían ido a trabajar la tierra los esperaban como quien espera un pedazo de su pueblo. Los jornaleros que recogían cosechas en los valles fronterizos llamaban a las estaciones de radio pidiendo sus temas una y otra vez, como si oír Laurita Garza en una bocina lejana los acercara un poquito a casa.

Y en 1993, cuando ya era leyenda, Lalo Mora tomó una decisión. Se separó que había fundado para irse de solista. firmó con una disquera grande. Grabó sus propios discos. Sacó temas como El preso de Nuevo León, Amor de Paso, el canto de un vaquero y se quedó para siempre con la corona. El rey de mil coronas, ya completamente solo en el centro del escenario, sin nadie que le hiciera sombra.

Guarda esa imagen. Un hombre acostumbrado a que todo el escenario fuera suyo, a que nadie le dijera que no, a que el público le perdonara todo con tal de oírlo cantar. Para entonces, Lalo Mora ya era el rostro y la voz del grupo. Le decían el rey de mil coronas. Y el apodo le quedaba porque en el mundo del norteño él mandaba.

Cantaba a ambos lados de la frontera, llenaba palenques en Texas, en California, en todo el noreste mexicano. Las familias que cruzaban el desierto buscando trabajo en las cosechas llamaban a las estaciones de radio para pedir sus canciones tres veces por turno. Y aquí es donde tú entras en la historia, porque tú no lo conociste como una figura lejana de la farándula.

 Tú lo conociste de cerca. A lo mejor lo pusiste en una fiesta de 15 años. A lo mejor lo bailaste con tu esposo cuando todavía eran novios. A lo mejor su voz salía de la cocina de tu mamá un domingo cualquiera mientras el sol entraba por la ventana y olía a café. Para ti, Lalo Mora era casi de la familia. Su voz vivía en tu casa como vive la de un pariente querido.

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