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Julio Verne — El genio que viajó por todo el mundo sin salir de su escritorio

Durante meses vivió desgarrado entre la gratitud filial y el impulso irresistible de su vocación. Hubo un episodio que precipitó la decisión. Aunque obtuvo finalmente el título de derecho, satisfaciendo así la letra de la voluntad paterna, el joven no regresó a Nante para ejercer. En una carta valiente y sincera, abrió su corazón a su padre y le confesó la verdad de su alma.

le dijo que estaba convencido de que su camino era la literatura y le aseguró que solo en ella podría llegar a hacer algo. Llegó a escribir que en el bufete sería siempre un abogado mediocre, mientras que como escritor sentía que podía aspirar a algo grande. Aquella confesión equivalía a una declaración de independencia pronunciada con respeto, pero con firmeza inquebrantable.

La respuesta del padre no fue de ruptura total, aunque sí de profunda decepción. Pierre Bern, hombre prudente, no desheredó a su hijo ni lo abandonó a su suerte, pero le retiró progresivamente su apoyo económico. El joven quedó así librado a sus propias fuerzas, obligado a ganarse la vida en una ciudad cara y exigente.

Comenzaron para él los verdaderos años de Bohemia, marcados por la estrechez, los pequeños empleos y la incertidumbre constante. Compartía habitación con otro joven músico para abaratar gastos. Comía mal y trabajaba mucho, pero por primera vez vivía conforme a su elección. Había resuelto el dilema que lo atormentaba y lo había resuelto a favor del sueño.

Mirando aquella etapa con la perspectiva del tiempo, se advierte que la elección no fue solo entre dos profesiones, sino entre dos maneras de existir. El derecho representaba el orden heredado, la repetición segura de un destino ya escrito por otros. La literatura representaba el riesgo, la aventura, la posibilidad de crear algo nuevo y propio.

Aquel joven pobre y testarudo no podía saber todavía que su decisión cambiaría no solo su vida, sino la historia misma de un género literario aún por nacer. Lo único que sabía con certeza era que prefería fracasar persiguiendo su pasión antes que triunfar traicionándola. Y con esa convicción a cuestas se adentró en los años difíciles que habrían de forjar lentamente al escritor que llevaba dentro.

Cada mañana, mucho antes de que la ciudad despertara del todo, un hombre joven recorría a paso vivo las calles aún en Penumbra de París en dirección a la bolsa. Vestía con la corrección que exigía su oficio, llevaba bajo el brazo los papeles de su trabajo y se disponía a sumergirse en el estrépito de las transacciones financieras.

Pero su rostro, atento solo en apariencia, escondía una distancia secreta. Mientras a su alrededor los hombres gritaban cifras y agitaban valores, su mente vagaba muy lejos de allí, por mares todavía sin nombre y por continentes que ningún mapa registraba aún. Aquel corredor de bolsa parecía estar en su puesto y, sin embargo, no estaba en ninguna parte que el dinero pudiera comprar.

La estampa encierra una de las paradojas más reveladoras de toda su biografía. Por las mañanas y a lo largo de la jornada, aquel hombre desempeñaba un trabajo prosaico hecho de números, de operaciones y de intereses materiales. En aquel ambiente febril, nadie habría imaginado que el discreto empleado escondía la fantasía más desbordante de su generación.

Vivía dividido entre dos mundos que no podían ser más opuestos: el cálculo frío de las finanzas y la libertad infinita de la imaginación. Y esa división, lejos de paralizarlo, iba a convertirse en el terreno donde germinaría su obra futura. Para comprender cómo llegó a aquel destino, conviene retroceder unos años y observar los cambios de su vida personal.

Tras los duros tiempos de Bohemia, el joven escritor había alcanzado cierta estabilidad sentimental. En el año 1857 contrajo matrimonio con una joven viuda llamada Honorín, madre de dos niñas pequeñas de un matrimonio anterior. El enlace transformó por completo su situación, pues de pronto pasaba de ser un soltero bohemio a convertirse en cabeza de familia con responsabilidades concretas.

Y poco después, en 1861, nació su único hijo de sangre, un varón al que pusieron por nombre Michelle. La paternidad y el matrimonio exigían algo que las comedias en verso no proporcionaban, un ingreso seguro. Fue entonces cuando la realidad impuso sus condiciones. Las obras teatrales del joven autor obtenían éxitos modestos e irregulares, insuficientes para mantener un hogar.

El padre de su esposa, hombre práctico, y ayudó a entrar en el mundo de las finanzas. Y así nuestro protagonista se convirtió en agente de cambio en la bolsa de París. El trabajo le aseguraba unos ingresos razonables y le permitía sostener a su familia con dignidad. Para muchos, aquel empleo habría significado la rendición definitiva del soñador ante las exigencias de la vida adulta.

Para él, en cambio, fue una solución provisional que jamás aceptó del todo en su fuo interno, porque el verdadero bernea, sino en otro lugar de París, mucho más silencioso y mucho más luminoso para su espíritu. Antes del amanecer, cuando todavía reinaba la oscuridad y el resto de la ciudad dormía, el joven se levantaba y se dirigía a la Biblioteca Nacional.

Allí, entre estanterías colmadas de volúmenes, devoraba libros de geografía, de física, de astronomía, de historia natural y de relatos de viajes. Tomaba notas incansablemente, llenaba fichas y cuadernos con datos, cifras y descripciones de tierras lejanas. Aquellas horas robadas a la madrugada eran su verdadero alimento, el espacio donde su imaginación se nutría de ciencia real.

En aquella época, el conocimiento científico avanzaba a un ritmo vertiginoso y Europa vivía fascinada por el progreso. Las exploraciones geográficas descubrían los últimos rincones desconocidos del planeta. Los inventos se sucedían a velocidad asombrosa y la fe en el poder de la ciencia impregnaba el ambiente.

El ferrocarril acortaba distancias, el telégrafo abolía la lejanía, la industria transformaba el rostro de las ciudades. En medio de aquel entusiasmo colectivo por el saber, el joven Berne acumulaba materiales con una constancia casi obsesiva. reunía un tesoro de información rigurosa, sin saber todavía con exactitud qué forma tomaría, pero presintiendo que algo nuevo se estaba gestando en su interior.

Y aquí surge el misterio que rodea aquellos años de aparente rutina. Quienes lo veían en la bolsa o lo cruzaban por la calle no podían sospechar la idea singular que maduraba en sus cuadernos. El joven anotaba, comparaba, ordenaba como si preparara una empresa enorme cuyo contorno aún no se distinguía. Sus amigos lo escuchaban hablar con entusiasmo de un proyecto literario distinto de todo lo conocido, pero pocos comprendían a qué se refería exactamente.

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