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Lucha Villa: La ASQUEROSA Traición… El Galán que la DESTRUYÓ y Nadie se Atrevió a Nombrar

El padre trabajó en la construcción, la madre lavó ropa ajena. Las hermanas mayores encontraron trabajo en una fábrica de ropa en la misma colonia y Luz Elena, que en Camargo había sido la niña con la voz extraordinaria, en la Ciudad de México era simplemente otra migrante norteña, alta y callada, que tomaba el camión de las 6 de la mañana para llegar a tiempo al turno de la fábrica textil, donde ganaba 22 pesos a la semana.

Pero por las noches, cuando la fábrica cerraba y el cuarto rentado se llenaba del cansancio de los demás, Luz Elena ponía el radio al volumen más bajo posible y escuchaba. Escuchaba a Lola Beltrán, escuchaba a Pedro Infante, escuchaba a Jorge Negrete y ensayaba en la oscuridad, sin público, sin micrófono, sin nadie que le dijera que valía la pena.

Solo ella y su voz y la certeza de que el destino no era esa fábrica. El destino era el escenario y esa certeza que en cualquier otra persona habría sido solo un sueño de migrante, en Luz Elena Ruiz Bejarano, era una profecía que esperaba pacientemente su momento de cumplirse. El momento llegó en 1958 y llegó de la manera más fortuita e improbable, como suelen llegar los momentos que cambian una vida entera.

Luz Elena tenía 21 años cuando supo de un empresario llamado Luis G. Don, que estaba reclutando mujeres jóvenes altas y con presencia para un conjunto artístico que él llamaría las dianas de Dylon. El proyecto era una combinación de espectáculo de variedades, baile y música en vivo, el tipo de entretenimiento que llenaba los salones de la capital en aquella época dorada en que la televisión apenas comenzaba a disputarle el público a los teatros de revista.

Lucelena tenía 21 años, medía 1,75 m y cargaba consigo esa presencia particular de quien ha aprendido a ocupar el espacio que le corresponde sin disculparse por ello. La contrataron como figura de presencia, como elemento visual del conjunto. Nadie la contrató para cantar. Nadie sabía todavía lo que esa garganta guardaba.

Pero la historia que se activó dentro del grupo de las dianas de Dylon no fue la de una modelo de escenario. Fue la historia de una cantante que esperaba su momento con la paciencia absoluta del que sabe, con una certeza que no necesita demostración, que el momento va a llegar. Y llegó una noche de marzo de 1958 en un salón de la colonia Santa María la Rivera, frente a un público de 300 personas que habían pagado su entrada y esperaban el espectáculo prometido.

La cantante ranchera que Dylon había seleccionado para ser la voz femenina de su proyecto no apareció. No hubo explicación, no hubo llamada. Hubo un vacío en el escenario, un empresario furioso con una sala llena y ninguna voz para llenarla y un silencio incómodo que se extendía por cada segundo que pasaba sin que nadie hiciera nada.

Fue entonces cuando Luz Elena caminó desde los bastidores hacia donde estaba Dylon y le dijo tres palabras que cambiarían el curso de su vida. Yo puedo cantar. Dylon la miró. vio a esa mujer alta, serena, con una mandíbula firme y unos ojos que no pedían permiso ni perdón. Le dijo que necesitaba un vestido apropiado para salir al escenario.

Ella pidió prestado uno a una de sus compañeras. Le quedaba corto en los tobillos y algo justo en los hombros, pero se lo puso con la misma naturalidad con que se pone una corona quien nació para usarla. Salió al escenario, tomó el micrófono, abrió la boca y todo cambió. El sonido que salió de esa garganta aquella noche de marzo no era el de una aficionada nerviosa que improvisaba por necesidad.

Era el de alguien que llevaba años, toda una vida en realidad esperando ese momento exacto. Una voz grave, ancha, cargada de tierra del norte y de noches de radio en la oscuridad, de fábricas textiles y cuartos rentados y certezas silenciosas. La sala enmudeció durante los primeros 4 segundos, luego estalló. Luis G.

Dillon, parado entre bambalinas con los brazos cruzados y la mandíbula ligeramente caída, entendió en ese instante que lo que tenía frente a él no era una solución de emergencia, era un fenómeno. Esa misma noche la bautizó. Lucha, diminutivo cariñoso de Luz Elena y Villa como Pancho Villa, porque según sus propias palabras era lo más mexicano que se podía hacer.

Así nació Lucha Villa con un vestido prestado, una sala de 300 personas y una voz que no necesitaba presentación. Dylon la conectó con el compositor José Ángel Espinoza, conocido en toda la industria como Ferrusquilla, uno de los grandes letristas del género ranchero de aquella época, hombre de relaciones amplias y olfato certero para el talento.

A través de Ferrusquilla, lucha entró a la XEW, la radiodifusora más poderosa de México, la llamada La voz de la América Latina desde México, que en 1959 era el centro nervioso del espectáculo nacional. estar en la X o era existir en el imaginario colectivo de todo un país, era ser real de una manera que ningún otro medio podía garantizar.

Y Lucha Villa no solo existió en la XW, la habitó con una autoridad que sorprendió a veteranos que llevaban décadas en el medio. Fue en ese contexto radiofónico donde Lucha conoció a José Alfredo Jiménez, el compositor guanajuatense, que ya era para ese entonces la figura más importante de la canción ranchera mexicana.

José Alfredo era un hombre de instintos extraordinarios cuando se trataba de reconocer voces y reconoció la de Lucha Villa desde la primera vez que la escuchó en los pasillos de la XW. Se acercó a ella con esa familiaridad desarmante que tenía, esa manera de hablarle a la gente como si la conociera de toda la vida y le dijo algo que Lucha recordaría durante décadas.

Esa voz necesita canciones a su medida y yo las tengo. No era vanidad, era diagnóstico. José Alfredo le entregó la media vuelta, una canción que él había compuesto pensando en la voz específica de una mujer que pudiera sostener esa letra sin quebrarse, sin sentimentalizarla en exceso, con la dignidad seca y absoluta que exige una canción sobre el desamor cuando se canta de verdad.

Lucha la grabó y la canción se convirtió en un éxito que la colocó de manera definitiva en el mapa de la música ranchera nacional. La relación artística entre Lucha Villa y José Alfredo Jiménez fue uno de los pilares más sólidos de su carrera. José Alfredo le escribió después: “La mano de Dios, que se me acabe la vida.

Amanecí en tus brazos y varias otras canciones que se convirtieron en parte del canon de la música popular mexicana. Eran dos norteños en el fondo, aunque José Alfredo era de Guanajuato, dos personas que entendían el dolor sin necesidad de adornarlo, que sabían que la mejor canción es la que duele en el lugar exacto donde ya duele.

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