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FERNANDO VALENZUELA: El engaño del TORO… Lo que los DODGERS ocultaron y lo dejó sin NADA

No era todavía el toro, no era todavía Fernando Manía, era un adolescente intentando demostrar que no estaba ahí por lástima, que la edad no importaba, que el brazo izquierdo tenía algo que valía. Esto que te voy a contar ahora nadie lo suele poner al frente cuando habla de él. [música] Fernando no fue descubierto porque un estadio entero lo estuviera esperando.

Fue descubierto casi por accidente. El scout cubano Mike Brito, famoso por su sombrero Panamá y su radar, fue a México a observar a otro jugador. No iba por Fernando como objetivo principal, pero en ese juego entró un zurdo que lanzó de una forma que no se parecía a lo que Brito esperaba. Y cuando un scout veterano deja de mirar al jugador por el que viajó para concentrarse en un lanzador que supuestamente era secundario, algo está pasando.

Los Dodgers terminaron comprando su contrato en 1979. La cifra 120. 100,000 fueron para el equipo mexicano, 20,000 para Fernando. Piensa en eso un momento. Un muchacho de un pueblo agrícola con una familia que conocía la dureza del campo entra al sistema de una de las franquicias más famosas de Estados Unidos por una operación que para los Dodgers era inversión, pero para su vida era terremoto.

Pasó de la tierra de Sonora a una organización que no solo buscaba talento, buscaba activos. Y ahí aparece una pieza clave, el tirabuzón, [música] la scrubble. Los Dodgers veían que Fernando no tenía una recta demoledora. Su velocidad no iba a destruir a los bateadores por intimidación. [música] Necesitaba un arma.

Bobby Castillo le enseñó ese lanzamiento raro, peligroso, casi extinto, que rompe al revés de lo que el bateador espera. [música] Un zurdo con Screwball puede hacer que un derecho se sienta fuera de lugar. Puede hacer que un swing parezca torpe, puede convertir la anticipación en vergüenza. Pero también hay una [música] pregunta que siempre queda flotando alrededor de ese picheo.

¿Qué precio paga el brazo por repetirlo cientos miles de veces? No estoy diciendo que el tirabuzón destruyó a Fernando por sí solo. Eso sería una simplificación fácil, pero sí hay algo claro. [música] Fernando construyó su grandeza sobre un repertorio que dependía de tacto, torsión, repetición y resistencia. [música] Y cuando a un lanzador así le pides no solo que gane, sino que termine juegos, que cargue series, que sostenga giras, que sea espectáculo, que sea identidad cultural y que además lo haga desde los 20 años, el cuerpo empieza a acumular

facturas silenciosas. [música] En 1980, Fernando subió a las Grandes Ligas como relevista. 10 apariciones, cero carreras limpias permitidas, 17 entradas y fracción sin que nadie le descifrara del todo el misterio. No era todavía el dueño de la ciudad, pero ya había algo en el aire. Los Dodgers tenían un brazo joven que no se quebraba ante el ruido.

Y eso en una organización con hambre de campeonato es una tentación. Abril de 1981, los Dodgers [música] iban a empezar la temporada contra Houston. Jerry Reus, el abridor previsto, se lesionó. Bur Hutton no estaba listo. Tommy la sorda miró al muchacho mexicano y le dio la pelota. Así empieza la primera revelación que te prometí.

Aquí viene lo primero que te prometí. Fernando no entró a 1981 como estrella. Entró como emergencia, como solución improvisada, como plan B. Y ese plan B terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos más violentos que ha visto el béisbol moderno. El 9 de abril de 1981, Valenzuela abrió el día inaugural contra los Astros. Tenía 20 años.

Lanzó juego completo. [música] Blanqueó a Houston 2 hasta0. No fue una salida bonita para una historia de superación, fue una declaración. Los bateadores no podían acomodarse. El wineup era extraño. Levantaba la pierna, miraba hacia arriba como si por un instante buscara una señal en el techo del estadio y luego [música] la pelota salía con vida propia.

La gente no sabía si estaba viendo una rareza o un milagro. En realidad estaba viendo las dos cosas. Después vino [música] otra salida y otra y otra. Fernando empezó 8 hasta cer. En esas primeras ocho aperturas lanzó 72 entradas, siete juegos completos, cinco blanqueadas, [música] 68 ponches, 17 boletos, cuatro carreras limpias, efectividad de 0.5.

Escucha esto, no estamos hablando de un veterano administrando su reputación. Estamos hablando de un novato de 20 años en una ciudad que [música] apenas estaba descubriendo que su nombre podía convocar multitudes. La palabra Fernando Manía empezó a quedarse corta. En Los Ángeles cada salida suya era evento.

Los aficionados latinos, especialmente mexicanos y mexicoamericanos, llenaban el estadio con una emoción que iba más allá del deporte. No era solo ganar, era verse. Era escuchar un apellido mexicano pronunciado [canto] en transmisiones nacionales. Era ver a un muchacho de Sonora ocupar un lugar que durante décadas se les había negado simbólicamente a muchos.

En una ciudad con heridas viejas alrededor de Chávez Rabine, con comunidades mexicanas desplazadas y una relación compleja con los Dodgers desde su llegada a Los Ángeles, Fernando no solo lanzaba strikes, cerraba una brecha emocional que la franquicia necesitaba cerrar. Y aquí aparece el negocio. Porque cuando se dice que Fernando reconcilió a los Dodgers con buena parte de la comunidad latina, eso suena bonito, pero también significa algo más frío.

[música] Llenó asientos. vendió mercancía, aumentó atención mediática, hizo que personas que no se sentían invitadas al estadio compraran boletos, llevaran a sus hijos, encendieran la radio en español, vistieran el número 34 como si fuera un escudo. Fernando se convirtió en puente cultural, sí, pero para la franquicia también fue una mina.

grábate ese detalle, porque el amor de la grada era real, la emoción de los niños era real, la importancia cultural era real, pero la empresa que administraba ese fenómeno no era una institución sentimental, era una franquicia de grandes ligas. Y las franquicias de grandes ligas pueden amar tu leyenda y contar tus ingresos al mismo tiempo.

En la temporada de 1981, recortada por la huelga de peloteros, Fernando terminó con 13 victorias y siete derrotas. efectividad de 2.48, 25 aperturas, 190 y dos entradas y un tercio, 180 ponches, 11 juegos completos y ocho blanqueadas. Léelo como lo leería un gerente, un novato que lidera la liga en entradas, ponches, juegos completos y blanqueadas durante una campaña recortada.

Léelo como lo leería un aficionado, un héroe. Ahora léelo como lo leería un brazo humano, una carga salvaje. Ese año también fue titular en el juego de estrellas de la Liga Nacional. Y en octubre, cuando los Dodgers cayeron er hasta dos contra los Yankees en la Serie Mundial, Fernando apareció en el juego tres. No fue una salida perfecta.

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