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PASCUAL PÉREZ: De la GLORIA al INFIERNO del PENAL… La PUDRE que el boxeo mexicano OCULTÓ

El deporte lo descubrió por casualidad, como casi siempre ocurre con las verdaderas leyendas que emergen de la nada. A finales de la década de los 30, siendo todavía un adolescente que trabajaba de sol a sol, Pascual participó en improvisados combates de pueblo. En esas peleas clandestinas y sin reglas claras, el niño pequeño que todos subestimaban y del que [música] muchos se burlaban terminaba dejando inconscientes a hombres adultos que le sacaban 20 kg de ventaja.

El impacto [música] de sus puños sonaba diferente. Era un golpe seco, pesado, definitivo. Esa pegada inusual para un hombre tan pequeño empezó a llamar la atención de los promotores locales que vieron en él un talento en bruto listo para ser [música] explotado. A principios de los años 40 comenzó a pelear oficialmente en el circuito amateur.

Los números [música] que registró en esa etapa comenzaron a hablar por sí solos y a aterrorizar a sus oponentes. No estamos hablando de una carrera inflada con rivales a modo. Estamos hablando de un talento puro, salvaje y arrollador que el sistema boxístico argentino empezó a pulir con urgencia. En 1944, con apenas 18 años de edad, se consagró campeón argentino de novicios amateur.

Quienes asistieron a ese torneo no podían creer lo que estaban presenciando. El león mendoino, como pronto empezarían a llamarlo, no solo ganaba sus combates, sino que destrozaba la voluntad y el físico de sus rivales. Su estilo no era el de un estilista conservador que sumaba puntos bailando por el ring y evitando el intercambio.

Pascual iba hacia adelante como un animal de casa. Acortaba la distancia con movimientos rápidos de cintura, metía la cabeza en el pecho del rival y soltaba verdaderas bombas que no pertenecían a la categoría mosca. Pegaba con la fuerza de un peso mediano atrapada en el cuerpo de un peso pluma. Pasó de cosechar uvas por unos pocos centavos miserables a viajar por toda Argentina.

llenando recintos y ganando torneos regionales. En 1946 y 1947 ganó los campeonatos mendocino, argentino [música] y latinoamericano amater de forma consecutiva. Literalmente barrió con toda la competencia que existía en el hemisferio sur. registró la absurda cantidad de 125 peleas en el campo aficionado. 125 combates a sangre y sudor donde puló su instinto asesino dentro del cuadrilátero, aprendiendo a medir los tiempos, a cortar el ring y a saber exactamente en qué fracción de segundo debía soltar la mano de poder para apagarle las luces al oponente. Y fue

entonces cuando el destino [música] le puso delante la oportunidad que le cambiaría la vida para siempre. Llegó el año 1948. Los Juegos Olímpicos de Londres. Europa todavía estaba limpiando la sangre y recogiendo los escombros de la Segunda Guerra Mundial. Y el mundo entero necesitaba héroes deportivos, narrativas de superación para volver a creer en el ser humano.

En Argentina el contexto político era determinante. El gobierno nacional había decidido invertir fuertemente en el deporte, financiando a los atletas de alto rendimiento que iban a representar al país en la cita olímpica, buscando proyectar una imagen de potencia internacional. Pascual Pérez triunfó sin objeciones en el torneo de selección nacional.

Era el elegido indiscutible, el chico que medía 1,52 m, el humilde trabajador de los viñedos, se subía a un transatlántico rumbo a Europa para pelear por la bandera de su nación. Escucha esto [música] con mucha atención. La presión psicológica sobre esos atletas era absolutamente brutal. Argentina tenía una historia rica y pesada en el boxeo olímpico, habiendo ganado 15 medallas en los juegos de 1924, 28, 32 [música] y 36.

La prensa, los políticos y el pueblo esperaban que los peleadores trajeran metal a casa. No había margen para el fracaso, pero nadie, absolutamente nadie fuera del cerrado círculo del equipo argentino, apostaba un solo centavo por ese joven diminuto en la categoría de peso mosca. [música] Los experimentados peleadores europeos se reían en secreto de su estatura.

Los norteamericanos lo miraban por encima del hombro, considerándolo un rival de trámite. Y entonces llegó el 12 de agosto de 1948. Esa fecha es un punto de inflexión absoluto en la historia del deporte sudamericano. Fue el día que Pascual Pérez silenció a todo el continente europeo y demostró al mundo entero que el tamaño físico jamás mide el corazón ni la capacidad destructiva de un peleador.

Durante todo el desarrollo del torneo olímpico, Pascual fue demoliendo rivales uno tras otro. No avanzaba ganando por puntos ajustados, no corría por el ring buscando sobrevivir. Avanzaba imponiendo un terror físico con las manos pesadas que había forjado en Mendoza. Así llegó a la gran final olímpica.

Frente a él se paraba el italiano Espartaco Bandinelli, un peleador exquisitamente técnico, fuerte, alto para la división y representante de la escuela clásica europea. El público en Londres esperaba una lección de boxeo por parte del europeo sobre el salvaje sudamericano. La campana sonó y Pascual hizo lo único que sabía hacer desde que era un niño, ir al frente sin importarle el dolor.

Sus movimientos eran frenéticos. Su velocidad resultaba inalcanzable para los ojos del italiano, pero lo que realmente quebró el espíritu de Bandinelli fue la violencia pura de los impactos. Cada vez que Pascual conectaba un gancho al hígado o un cruzado al rostro, el estadio entero se quedaba en un silencio sepulcral.

[música] El sonido del cuero golpeando la carne era seco, violento, definitivo. Al terminar los asaltos reglamentarios, no había ninguna duda en ninguna tarjeta. La decisión de los jueces fue unánime. [música] Pascual Nicolás Pérez, el niño pobre que cargaba cajones de uva, [música] se colgaba la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres, se convertía en una leyenda instantánea.

regresó a su país no como un boxeador prometedor, sino como un ídolo absoluto e indiscutible. Fue recibido por multitudes que bloquearon las calles de Buenos Aires. De repente, su rostro estaba impreso en las portadas de todos los periódicos del país. El gobierno lo premió públicamente. La gente lo aclamaba hasta enloquecer por las calles de Mendoza.

Lo alzaban en hombros como si fuera un semidió intocable. Pasó de la invisibilidad rural, de ser un campesino [música] sin futuro a ser la superestrella deportiva más importante y respetada del país en cuestión de semanas. Pero grábate este detalle en la memoria porque [música] es exactamente aquí donde comienzan a sembrarse de manera invisible y silenciosa las semillas venenosas de su propia destrucción.

Cuando un hombre humilde que nunca ha visto dinero de verdad en toda su vida, que no sabe leer la letra pequeña de los contratos, es arrojado de golpe al centro deslumbrante de la fama, el poder y la adoración pública, se convierte inmediatamente en el blanco perfecto para los peores depredadores.

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