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El Mayo Zambada: 50 Años Libre y Hoy Solo en una Celda

 

Hay un hombre encerrado en este preciso momento en una celda de un edificio gris en Brooklyn, Nueva York. Tiene 76 años. Le tiembla el pulso. No puede salir cuando quiere. No puede hablar con quien quiere. No puede decidir a qué hora se apaga la luz ni qué va a comer mañana. Pasa casi todo el día solo entre cuatro paredes que miden menos que la cocina de cualquier casa normal.

 Ese mismo hombre hace apenas dos años controlaba uno de los imperios criminales más poderosos que ha existido sobre la faz de la Tierra. Un imperio que movía toneladas de droga cada mes hacia Estados Unidos, que tenía a sus servicios sicarios, pilotos, contadores y políticos. Ese hombre vivía como un fantasma en las montañas de Sinaloa, donde nadie podía tocarlo.

 Durante 50 años fue el individuo más buscado de México y durante esos mismos 50 años no pisó un solo día la cárcel, ni uno. Ese hombre es Ismael Zambada García, el mayo Zambada, cofundador del cártel de Sinaloa, el capo que sobrevivió a todos sus enemigos y enterró a casi todos sus socios y que hoy duerme en una de las prisiones más frías y [música] más temidas del sistema federal estadounidense.

Una cárcel célebre por sus inviernos sin calefacción, por sus encierros de 24 horas seguidas, por dejar a los presos a oscuras durante días enteros. El hombre que mandaba sobre montañas enteras ahora pide permiso hasta para ir al baño. Lo que vas a escuchar a continuación fue reconstruido a partir de transcripciones oficiales de cortes federales, registros de la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos citados bajo juramento, reportajes de investigación publicados en México sobre las circunstancias de su entrega y el testimonio de las personas

que lo conocían mejor que nadie, incluyendo a [música] su propia familia. Porque la historia de cómo este hombre pasó de ser intocable a contar los días en una celda no es solo la historia de una caída, es la historia de una traición de sangre, de una guerra que estalló en el momento en que él faltó y de un secreto que el mayo guarda dentro de esa celda.

 Un secreto por [música] el que mucha gente poderosa a este lado y al otro de la frontera hoy no puede dormir tranquila. Y al final vas a entender por qué el hombre que nunca en medio siglo dejó que nadie supiera dónde estaba, terminó pidiendo algo que jamás imaginó que tendría que pedir. Empecemos por donde está ahora, porque ese contraste lo es todo.

 El Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn no es una cárcel cualquiera. Es un edificio que ha salido en los periódicos por las peores razones posibles. Hubo un invierno entero en que se quedó sin calefacción durante días. con los presos golpeando las ventanas para que alguien los escuchara desde la calle mientras afuera nevaba y la temperatura caía bajo cero.

 Es un lugar donde los encierros pueden durar 24 horas seguidas, donde la comida llega fría, donde el agua a veces no corre, donde la luz del sol es un lujo que se mide en minutos contados. Ahí está el mayo. Imagina su día. Despierta antes del amanecer, no porque quiera, sino porque a esa hora hay un conteo. Una voz grita números por un pasillo metálico.

 Él tiene que estar de pie, visible, contado como una res. El hombre que durante medio siglo decidió a qué hora se levantaba el mundo a su alrededor, ahora se levanta cuando una alarma lo ordena. Desayuna lo que le pasan por una ranura en la puerta. una bandeja de plástico con comida tibia, sin sabor, medida al gramo. El mismo hombre que se sentaba [música] a manteles largos con gobernadores, que tenía cocineros que le preparaban lo que se le antojara, que comía pescado fresco traído desde la costa de Sinaloa en avioneta, ahora come lo que le dan

cuando se lo dan y da las gracias por no pasar hambre. tiene problemas de salud, presión alta, un cuerpo de más de 70 años castigado por décadas de vivir huyendo, de dormir mal, de mirar siempre por encima del hombro. El mismo cuerpo que trepaba por la sierra para escapar de los operativos militares, ahora apenas se mueve entre unos pocos metros cuadrados de concreto. Le cuesta dormir.

El ruido de la cárcel no para nunca. Puertas, gritos, golpes en las paredes, el zumbido de las luces fluorescentes [música] que casi nunca se apagan del todo y está solo. Por su perfil, por su edad, por lo que representa, pasa buena parte del tiempo en aislamiento. No tiene con quién hablar.

 Y cuando alguien le habla, muchas veces es en inglés un idioma que no domina. El hombre que con una sola palabra movía millones de dólares, ahora a veces no entiende lo que le dicen los guardias. Piensa en lo que eso significa para alguien como él. El mayo construyó toda su vida alrededor de una sola cosa.

 El control, control sobre su entorno, control sobre su información, control sobre su propia desaparición. Y el castigo más siniestro que el destino podía inventarle no era el dolor físico, era quitarle precisamente eso. Hoy no controla nada, ni la hora, ni la comida, ni la luz, ni quién entra a verlo, ni cuándo se muere. No le quitaron solo la libertad, le quitaron lo único que de verdad le importaba, que era la capacidad de decidir.

 [música] Y para un hombre que fue Dios en su tierra durante medio siglo, vivir reducido a un número en una lista es una forma de infierno de hormigón que ningún corrido va a cantar jamás. Pero, ¿cómo llegó aquí el hombre que parecía imposible de atrapar? Para entenderlo, hay que retroceder. Hay que volver 50 años atrás y recorrer el camino completo, porque la historia que sigue tiene un giro que muy poca gente conoce de principio a fin.

 Durante 50 años, el mayo fue una leyenda precisamente porque casi no existía. Nació a finales de los años 40 en un pueblo pequeño de la sierra de Sinaloa, en el corazón mismo de la tierra donde el narcotráfico mexicano echó sus primeras raíces. Creció entre la siembra y la pobreza, aprendiendo desde niño a leer el terreno, a conocer cada vereda, cada barranca, cada cerro que más tarde se convertiría en su fortaleza natural y en su refugio permanente.

 Empezó desde abajo y fue subiendo despacio, sin prisa y sin ruido, mientras a su alrededor nacía y moría una generación entera de capos. Porque esa es la primera cosa que tienes [música] que entender del mayo. Él no es un narco moderno. Él vio empezar todo esto. Vio el nacimiento del gran consorcio criminal que dominó México en los años 80, cuando un puñado de hombres de Sinaloa y Jalisco controlaban casi todo el tráfico de droga que salía del país hacia el norte.

vio caer al jefe máximo de aquella época, encarcelado tras el asesinato de un agente antidrogas estadounidense que cambió para siempre la relación entre México y Estados Unidos en materia de seguridad. Vio como ese primer imperio se partió en pedazos y como cada pedazo se convirtió en un cártel distinto con sus propios territorios, sus propias reglas y sus propias guerras.

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