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Juan Gabriel: A Los 13 Un Sacerdote Le Hizo Lo Peor y su Madre lo Abandonó

Juan Gabriel fue abandonado a los 5 años. A los 13, un sacerdote abusó de él. A los 20 lo encarcelaron por un crimen que no cometió. Le escribió cartas a su madre desde la celda. Nunca contestó ni una. se hizo millonario y le compró la casa donde ella trabajó de sirvienta. Le dijo que no la quería, llenó estadios, compuso 18 canciones, ganó 160 millones de dólares  y murió solo en el piso de un baño en California.

Amor eterno es la canción que más suena en los funerales de México. Todos creen que es un homenaje a su madre, pero un día Juan Gabriel vio una foto de Victoria en su chimenea. ¿Saben qué dijo? ¿Qué hace ahí esa señora? Quítala, no la quiero ver. Eso dijo de su madre, el hombre que compuso  amor eterno, de la mujer que lo abandonó.

Hoy vas a saber qué pasó realmente entre ellos. Vas a saber lo que un sacerdote le hizo cuando tenía 13 años. Lo que Netflix reveló en noviembre de 2025, lo que él nunca contó en vida. Vas a saber qué decían las cartas que le escribió a Victoria desde Lecumberry y por qué ella nunca respondió ni una. Vas a saber  cómo el hombre que ganó 160 millones de dólares murió debiendo más de 100 millones y vas a saber qué está pasando ahora mismo con su herencia.

 Los seis hijos peleando, las 13 propiedades desaparecidas, el heredero que podría perderlo todo. Te voy a avisar cuando llegue cada parte, pero antes tienes que entender algo. Nadie nace siendo Juan Gabriel. Alguien lo convirtió en eso y ese alguien fue victoria. Alberto Aguilera Baladez nació siendo un estorbo.

 Esas fueron sus palabras, no las mías. En medio de dolores, gritos y llanto, llegué a este mundo como todos, dijo en una entrevista grabada semanas antes de morir en 2016, solo que con su servidor llegaron los problemas y las tristezas. 7 de enero de 1950. Parácuaro, Michoacán, un pueblo  pequeño enclavado en la sierra, donde las calles eran de tierra y las casas de adobe, donde la pobreza no era circunstancia, sino destino hereditario, que pasaba de padres a hijos, como una maldición que nadie sabía cómo romper.

Alberto fue el último de 10 hijos, el décimo, el que llegó cuando ya no había recursos para nadie más, el que nació cuando su familia ya estaba rota. Piensa en eso un momento. 10 hijos en un  pueblo donde no había trabajo, donde no había futuro, donde lo único que crecía era la miseria. Su padre, Gabriel Aguilera Rodríguez, era campesino.

  Manos callosas. Espalda doblada por el trabajo. El tipo de hombre que se levanta  antes del amanecer y se acuesta después del anochecer. El tipo de hombre que trabaja de sol a sol y nunca tiene suficiente para dar de comer a todos los que dependen de él. Su madre, Victoria Baladez Rojas, también era del campo.

 Otra vida marcada por el trabajo sin fin. Otra existencia reducida a sobrevivir con lo mínimo. Otra mujer que no eligió su destino, pero tuvo que cargarlo hasta el final. Pero Gabriel no duró mucho. Hirió a un hombre en una pelea de cantina. Una discusión que se salió de control, un cuchillo, sangre, consecuencias. Lo metieron preso y cuando salió las amenazas de la familia del herido lo persiguieron hasta quebrarlo.

Literalmente tuvo una crisis nerviosa tan severa que terminó internado en un hospital psiquiátrico en la Ciudad de México. Nunca volvió a ser el mismo. Victoria  se quedó sola. 10 hijos, ningún ingreso. Un marido que ya no existía,  aunque seguía vivo en algún cuarto blanco de la capital, hizo lo que pudo.

 Se mudó con los niños a Ciudad Juárez buscando trabajo. La frontera, el lugar donde terminaba México y empezaban las promesas de algo mejor. encontró empleo como sirvienta en una casa grande, limpiando pisos que no eran suyos, lavando ropa que no era suya, cocinando comida que no se iba a comer, pero no podía con todos.

 No había manera de mantener a 10 bocas con lo que pagaban por ser sirvienta y tuvo que elegir. Alberto tenía 5 años cuando su madre tomó una decisión. 5 años. La edad en que un niño todavía cree que su mamá es lo más importante del universo. La edad en que todavía no entiende que el mundo puede ser cruel. La edad en que un abrazo materno lo cura todo.

 Victoria lo llevó a la escuela de mejoramiento social para menores. Un orfanato, un reformatorio, un lugar donde dejabas a los niños que no podías criar. Paredes grises, dormitorios colectivos, camas de metal alineadas como en un cuartel, niños que llegaban llorando y aprendían a dejar de llorar porque nadie venía cuando lloraban. Victoria lo dejó ahí, lo soltó de la mano y se fue.

 El niño la vio alejarse,  la vio cruzar la puerta, la vio desaparecer y esperó. Esperó que regresara esa tarde. No regresó. Esperó que regresara al día siguiente. No regresó. Esperó semanas, meses, años y ella no regresaba. El niño no  entendía qué estaba pasando. No entendía por qué lo dejaban. No entendía que había hecho mal para que su madre lo abandonara. Así.

 ¿Fue algo que dijo? ¿Fue algo que hizo? ¿Era el menor y sobraba, era porque no había suficiente comida? ¿Era lo quería? Lo que sí entendió muy pronto fue que  ella no iba a volver por él. Mi mamá no podía conmigo,” diría Juan Gabriel décadas después  en la serie biográfica que autorizó antes de morir. Pienso que por eso me llevó al internado. Pienso.

 Después de 50 años todavía no estaba seguro de por qué su madre lo abandonó. Solo sabía que lo hizo y eso lo marcó para siempre. Victoria lo visitó una sola vez, una. En todos los años que estuvo ahí, una tarde apareció unas palabras cortas y luego se fue. No volvió nunca más. Eso hace algo adentro de un niño, algo que no se arregla con terapia, algo que no se arregla con éxito, algo que no se arregla con millones de dólares, algo que se queda para siempre, como una herida que sangra en los momentos menos esperados.

Pero había alguien que sí lo quería, su hermana  Virginia. Virginia era la mayor, había cuidado a Alberto desde que nació. lo cargaba, lo alimentaba, lo protegía cuando su madre no estaba. “Mi hermana siempre me dio todo su amor”, confesó Juan Gabriel en el documental de Netflix que se estrenó en 2025.

Yo inclusive, pues, pensaba que ella era mi mamá. Pensaba que Virginia era su madre, porque Victoria nunca se comportó como una. Nunca  le dio el cariño que un niño necesita. Nunca le dijo que lo quería, nunca lo hizo sentir que pertenecía a algún lugar. Alberto intentó  escapar del orfanato.

Lo logró una vez. Salió a la calle sin saber a dónde ir, sin dinero,  sin nadie que lo esperara. Una mujer lo encontró. Una mujer  pobre que vivía de pedir limosna. Lo recogió. le pintaba la cara  de payaso para que la ayudara a conseguir dinero en las calles de Ciudad Juárez. No era una vida, era supervivencia.

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