Posted in

Vicente Fernández Llegó a Subasta del Rancho de una Viuda en Jalisco en 1974, Entonces Ganó al Banco

El problema era que doña Guadalupe no tenía forma de pagar. Había intentado vender ganado, rentar parcelas, pedir préstamos a familiares. Nada alcanzaba. Roberto había enviado tres notificaciones. La última llevaba el sello del juez y la fecha de remate. 15 de octubre de 1974 11 de la mañana en la notaría pública número 7 de Tlajomulco.

Según las reglas, cualquier persona podía presentarse a ofertar. Pero Roberto sabía que en un pueblo donde todos se conocían, nadie iba a competir contra el banco por un rancho que la viuda ya había perdido. Eso habría sido visto como traición, como falta de respeto a la memoria de don Ernesto Márquez, un hombre querido en la región Law que Roberto no sabía era que doña Guadalupe había hecho algo que ninguna otra persona en su situación habría hecho, algo que iba a cambiar todo el remate.

Todavía no sabes qué fue, pero cuando lo descubras vas a entender por qué Vicente Fernández se enteró de esa subasta cuando ningún otro comprador fuera de Tlajomulco lo sabía. Y hay algo más, algo que Roberto Salinas descubrió 3 horas antes del remate y que lo hizo dudar por primera vez en 12 años de carrera si estaba haciendo lo correcto.

Algo relacionado con una carta que doña Guadalupe le había enviado dos semanas atrás y que él había guardado en el cajón de su escritorio sin abrirla. Esa carta contenía información que Roberto no quería enfrentar, pero lo que viene ahora es todavía más grave, porque Vicente Fernández no llegó solo a esa subasta, llegó con algo que nadie esperaba.

Y cuando Roberto vio lo que traía, supo que el remate más simple de su carrera se había convertido en el momento más complicado que había enfrentado jamás. La mañana del 15 de octubre amaneció nublada en Guadalajara. Roberto salió de su casa en la colonia americana a las 7:15. Se tomó un café parado en la cocina mientras revisaba los documentos por quinta vez y manejó hacia Tlajomulco con la seguridad de quien sabe que todo está bajo control.

Llevaba en el portafolio la orden judicial, el avalúo del rancho hecho por un perito certificado y la oferta base del banco, 11,000 pesos, exactamente la cantidad que doña Guadalupe debía. Si alguien ofrecía más, el banco podía subir hasta 18,000. Pero Roberto estaba convencido de que no iba a ser necesario. Llegó a la notaría a las 10:27.

El notario, un hombre de apellido Ugalde, que llevaba 30 años en el cargo, ya estaba ahí. También estaba doña Guadalupe sentada en una silla de madera junto a la ventana con un vestido negro que le quedaba grande y las manos cruzadas sobre el regazo. No levantó la vista cuando Roberto entró.

Él la saludó con un movimiento de cabeza. Ella no respondió. Roberto se sentó frente al escritorio del notario y sacó los documentos. Ugalde los revisó con lentitud, ajustándose los lentes cada dos líneas. Afuera se escuchaba el tráfico ligero de la mañana, algún claxon lejano, el ladrido de un perro. Adentro. El silencio pesaba como algo físico.

A las 10:53, el notario miró el reloj de pared y dijo, “Faltan 7 minutos. Si no llega nadie más, procedemos con la oferta del banco.” Roberto asintió. Doña Guadalupe seguía sin levantar la vista. Entonces se escucharon pasos afuera, pasos firmes de botas sobre el pavimento. La puerta se abrió y entró Vicente Fernández.

Llevaba puesto un traje de charro completo, negro con botonadura de plata, el sombrero en la mano y esa presencia que llenaba cualquier habitación donde entraba. Roberto lo reconoció de inmediato. Todo México lo conocía en 1974. Acababa de grabar. Volver. Volver. Estaba en todas las radiodifusoras. Llenaba auditorios y palenques de Tijuana a Mérida, pero Roberto no entendía hacía ahí.

Vicente saludó al notario con un apretón de manos. Luego se acercó a doña Guadalupe, se quitó el sombrero y le dijo algo en voz baja que Roberto no alcanzó a escuchar. Ella asintió. Por primera vez en toda la mañana levantó la vista y en sus ojos había algo que antes no estaba. Esperanza tal vez o simplemente la certeza de que no estaba sola.

Vicente se volteó hacia Roberto y extendió la mano. Buenos días, Vicente Fernández. Roberto se la estrechó sintiendo que la situación se le estaba escapando de las manos sin que hubiera pasado nada todavía. Roberto Salinas, Banco Agrícola de Jalisco. Vicente asintió y se sentó en una silla junto a la de Doña Guadalupe. El notario carraspeó.

Bueno, son las 11 en punto, vamos a proceder. El remate del Rancho San Miguel, propiedad de la señora Guadalupe Márquez, viuda de Ernesto Márquez, con una deuda pendiente de 11,000 pesos con el Banco Agrícola de Jalisco. La oferta base es de 11,000 pesos. ¿Alguien desea ofertar? Roberto levantó la mano.

El notario escribió en el libro de actas, 11,000 pesos por parte del banco. ¿Alguien más? Vicente levantó la mano. 12000. [música] Roberto sintió algo frío recorrerle la espalda. Miró a Vicente. Esperaba ver desafío, arrogancia, la actitud de alguien que venía a demostrar algo. Pero Vicente solo lo miraba con calma esperando.

Roberto levantó la mano otra vez. 13,000. 14,000, dijo Vicente sin dudar. El notario seguía escribiendo. Roberto hizo números rápidos en su cabeza. Tenía autorización hasta 18,000. Podía seguir, pero algo no le cerraba. ¿Por qué Vicente Fernández estaba pujando por un rancho en Tlajomulco? ¿Qué le importaba a él esa tierra? ¿Qué le importaba esa viuda? 15,000, dijo Roberto.

16,000, respondió Vicente. Roberto apretó los dedos contra el borde del escritorio. 17,000. Vicente lo miró directo a los ojos y entonces dijo algo que Roberto no esperaba. 18,500. El notario dejó de escribir. Esa cantidad superaba lo que Roberto tenía autorizado. Necesitaba llamar a la ciudad de cifra mayor y eso iba a tomar tiempo, tiempo que no tenía.

Porque según las reglas de la subasta, si pasaban más de 3 minutos sin una nueva oferta, el remate se cerraba con la última cantidad propuesta. Roberto se puso de pie. Necesito hacer una llamada. El notario asintió. Tiene 3 minutos desde la última oferta. Roberto salió de la oficina hacia el pasillo. Marcó el número de la oficina central en Guadalajara.

Contestó la secretaria. Pidió hablar con el subdirector. Le dijeron que estaba en junta. Roberto insistió. Era urgente. Lo pusieron en espera. El tiempo corría. Podía escuchar el segundero del reloj de pared desde el pasillo. Pasaron 2 minutos. Finalmente el subdirector contestó. Roberto explicó la situación.

Read More