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Verónica Castro: El ASQUEROSO Secreto que Negó Durante 30 Años

Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a esta mujer. Porque esta historia no empieza en aquel viaje del que todos hablan. No empieza con el retiro ni con la enfermedad. Empieza mucho antes en una casa de la Ciudad de México donde el dinero no alcanzaba y empieza con algo que tú probablemente viste con tus propios ojos en tu propia televisión.

Esa casa era la de doña Socorro Castro, una mujer que sacaba adelante a cuatro hijos prácticamente  sola porque el padre, el ingeniero Fausto Sainz, se apartó de la familia cuando los niños todavía eran pequeños y se fue sin dejar mucho rastro. Ahí, el 19  de octubre de 1952, en la colonia San Rafael nació una niña a la que registraron como Verónica Judith Sainz Castro.

Y fíjate en un detalle que casi nadie nota, porque ese detalle lo explica todo. El apellido con el que el mundo entero la conoce, Castro es el apellido de su madre. El del padre Saint desapareció de las marquesinas para siempre. Antes de cumplir 15 años, esa niña ya había tomado, sin saberlo, la decisión más definitiva de su vida.

 El hombre que se fue no merecía ni el crédito  del nombre y la hija mayor entendió muy pronto cuál iba a ser su papel en esa familia. Ella iba a mantenerlos y la herramienta para lograrlo iba a ser su propia cara. A los 14 años ya posaba para fotonovelas, cobraba poco, aguantaba jornadas eternas y  entregaba el sobre completo en su casa.

Quienes la conocieron en esa época cuentan a una adolescente  que sonreía para el lente, aunque viniera de dormir 4 horas. Esa sonrisa, la sonrisa más famosa que ha dado la televisión de este país, nació como una herramienta de trabajo. Era el escudo de una niña que no podía darse el lujo de verse cansada, porque del brillo de esos dientes dependía la renta de su madre y la comida de sus hermanos.

Conviene que te imagines esos años porque explican a la mujer entera. Una adolescente  que en lugar de salir con amigas pasaba las tardes posando bajo lámparas calientes, repitiendo la misma pose hasta que el fotógrafo quedaba contento, que entregaba el sobre con el pago en la mesa de la cocina y veía a su madre estirarlo para que llegara a fin de mes.

¿Qué aprendió? muy pronto que en esa casa nadie iba a rescatarla, que si ella no producía, no se comía. Esa clase de infancia deja una marca que no se borra con la fama ni  con los millones. Deja a una mujer que asocia el cariño  con el trabajo y el descanso con el peligro. Una mujer que medio siglo después seguirá creyendo en lo más hondo, que el día que deje de sonreír y producir, el mundo entero la va a abandonar, como abandonó su padre por aquella puerta.

Guárdate ese detalle. La mujer que aprendió a sonreír para esconder el cansancio va a repetir ese mismo gesto 50 años después. frente a millones de personas para esconder algo mucho más grande que el cansancio. De las fotonovelas saltó a la televisión como edecán y modelo. Y ahí, en los pasillos de los estudios, una jovencita de 15 años se cruzó con el hombre que iba a marcarle la primera gran herida de su vida adulta.

Manuel Valdés,  el loco, hermano de Tin Tan, estrella absoluta de la comedia mexicana, encantador, famoso y con una fama muy concreta, la de no quedarse nunca con una sola mujer. Verónica se enamoró como se enamora una muchacha que creció sin padre, por completo, sin defensa. La relación avanzó entre camerinos y giras, siempre a media luz, porque él tenía otros compromisos y otras parejas.

Y en 1974,  con 21 años, Verónica quedó embarazada. Cuando se lo dijo, la puerta se cerró. La misma puerta que ella conocía desde niña, la que solo servía para ver irse a la gente. México,  1974. Una actriz soltera, embarazada de un hombre que no iba a responder. Hoy eso apenas levantaría una ceja.

 En aquel país, en aquella década, era una condena social. Las revistas la señalaban, los productores dudaban en contratarla y Verónica tenía dos caminos: esconderse  o trabajar. Eligió trabajar con la barriga  creciéndole bajo los vestidos. El 8 de diciembre de 1974 nació su hijo Cristian. Ella tenía 22 años, una familia  que mantener, un bebé sin padre presente y una industria entera esperando verla caer.

Recuerda a ese niño, recuerda esa fecha, porque ese vínculo entre esa madre y ese hijo  es el que 50 años después, según el testimonio de la mujer que se está muriendo, va a terminar en una sala de urgencias. Pero la industria que la había sentenciado se equivocó en grande. En 1979, Televisa le entregó el protagónico de una telenovela que iba a cambiar la historia de la televisión en el planeta entero. Los ricos también lloran.

El melodrama se vendió  a más de 100 países. Se tradujo al ruso, al chino, al árabe y cuando llegó a la Unión Soviética, las calles  de Moscú se vaciaban a la hora del capítulo. Verónica Castro  se convirtió en el rostro mexicano más reconocido del mundo por encima de presidentes y futbolistas.

Y aquí viene la ironía que duele. En esa telenovela, Verónica interpretaba a una madre separada de su hijo, una mujer que se pasa años buscando al niño que perdió. Millones de personas lloraban viéndola actuar ese drama en la pantalla, y nadie sospechaba que la actriz volvía cada noche a su casa a criar sola a un hijo de verdad al que le ocultaba el nombre de su padre.

Tú que estás  escuchando esto, tú que la viste en tu sala todas las noches, dime la verdad. ¿Alguna vez te imaginaste que la mujer que te hacía llorar en la pantalla estaba cargando en silencio un dolor parecido al tuyo? Los años 80 la volvieron todavía más grande. Rosa Salvaje repitió el fenómeno mundial en 1987.

  La historia de la muchacha pobre que se enamora del millonario se vio en decenas de países y volvió a poner a Verónica en boca de gente que ni siquiera hablaba español. Y un año después, Televisa le entregó las llaves de la madrugada, un programa en vivo que empezaba a medianoche y terminaba cuando ella quería, a veces al  amanecer.

Ahí mandaba. Ella elegía invitados, improvisaba horas, cantaba, lloraba, confesaba. Imagínatela a las 2 de la mañana en ese foro con el país entero desvelado del otro lado, políticos que le  temían, estrellas que pedían sentarse en su sillón, ejecutivos que no se atrevían a cortarle la señal, aunque el programa se pasara horas del horario.

Ninguna mujer había tenido jamás ese poder dentro de la empresa más machista del continente y las carreras que ella tocaba florecían. Conviene que recuerdes ese detalle, porque años después una joven de Sinaloa iba a recibir exactamente ese toque. Y conviene que recuerdes también lo que ella era para ti en aquellos años.

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