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TESTIMONIO CATÓLICO: Hijo del pastor con una fortuna esperándole: la Eucaristía lo cambió todo

 Y yo era su hijo mayor, el que iba a continuar el ministerio, el que desde los 12 años ya daba el sermón juvenil los viernes por la noche, el que a los 16 años dirigía al grupo de alabanza, el que a los 20 años era el copastor de facto de una congregación de 600 personas mientras estudiaba teología en el seminario que mi padre había ayudado a fundar.

 No me quejo de esa vida. Sería deshonesto hacerlo. Tuve una infancia con todos los recursos, una educación excelente, un entorno de valores claros y el amor genuino de un padre que a su manera me amaba con todo lo que tenía. El problema no era que mi padre fuera un mal hombre, el problema era que su amor tenía una condición que yo tardé muchos años en ver con claridad.

 Era un amor que requería que yo fuera exactamente quien él había decidido que yo iba a ser. Cuando terminé el seminario a los 24 años, mi padre me sentó frente a ese escritorio suyo de madera oscura que olía a cedro y a libros viejos, y me habló de los planes, el ministerio de jóvenes, la segunda sede que queríamos abrir en el norte de la ciudad, [música] la radio que se podía expandir y la herencia, la casa familiar en el barrio Cabecera del Llano, el apartamento que él había comprado como inversión para cuando yo me casara y la participación

mayoritaria en el colegio cristiano. Todo esperándome, todo mío, siempre y cuando yo siguiera siendo quien él esperaba que yo fuera. A los 26 me casé con Natalia. A los 27 nació Emilio. A los 30 nació Isabela. Teníamos una vida ordenada, cómoda, predecible. Yo predicaba dos domingos al mes, dirigía el estudio bíblico de los miércoles, viajaba con mi padre a las conferencias, hacía lo que se suponía que debía hacer, pero había algo que no le decía a nadie, algo que llevaba años callando incluso frente a Natalia, una inquietud que

empezó como un susurro y que con los años fue creciendo hasta que ya no podía ignorarla. Cada vez que lideraba la cena del Señor en nuestra iglesia, que hacíamos trimestralmente con jugo de uva y pan de molde, sentía que faltaba algo. No era solo una sensación subjetiva, era algo más concreto, más incómodo.

 Yo leía Juan 6, donde Jesús dice que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida. y no lograba entender por qué en nuestra tradición lo interpretábamos como una metáfora pura cuando el texto mismo leído literalmente no parecía dejar mucho margen para eso. Yo leía a los discípulos escandalizarse.

 Me leía a Jesús no retractarse. Me lo leía decir que sin comer su carne y beber su sangre no había vida. Y luego miraba el vasito de jugo y el trocito de pan de molde sobre la mesa y pensaba, ¿esto es lo que él estaba describiendo? No le dije nada a nadie. No podía. No había nadie en mi mundo a quien pudiera decirle eso sin que fuera inmediatamente un escándalo.

En junio de 2022, un sábado por la mañana, estaba caminando por el centro de Bucaramanga buscando una librería. Tomé una calle equivocada y me encontré frente a la parroquia Cristo Rey, que quedaba a tres cuadras de donde yo quería llegar. Era una iglesia de fachada colonial con las puertas de madera abiertas de par en par.

 Adentro se escuchaba silencio. No el silencio vacío de un edificio cerrado, sino otro tipo de silencio. Un silencio que tenía peso. Entré. No sé bien por qué entré. No había ninguna razón práctica para hacerlo. Entré como entra uno a veces a los lugares que necesita, sin saber todavía que los necesita.

 El interior de la parroquia Cristo Rey era sencillo. Bancos de madera oscura, [música] ventanas altas con luz que caía en ángulos amplios sobre el piso de Baldosa. Al fondo, en el centro del altar, había una estructura dorada que yo reconocí porque la había visto en fotografías, un sagrario. Y frente al altar, en los primeros tres bancos, había unas ocho o 10 personas sentadas en silencio.

 No estaban haciendo nada visible, solo estaban ahí. en un silencio voluntario, concentrado, dirigido hacia algo que yo no entendía todavía. Me senté en el último banco. Me quedé mirando hacia el frente durante 15 minutos sin moverme. No ocurrió nada espectacular. No hubo una luz, no hubo una voz, no hubo ninguno de esos momentos cinematográficos que uno imagina cuando piensa en una conversión religiosa.

 Lo que ocurrió fue mucho más sencillo y mucho más desconcertante. Me sentí en paz. Una paz que no tenía relación directa con nada que yo hubiera hecho o dejado de hacer. una paz que estaba simplemente ahí esperando como si llevara tiempo ahí y yo fuera la última persona en enterarse. Salí de esa iglesia más confundido que cuando entré, pero la confusión era diferente a la de antes.

 Antes era la confusión de quien no entiende un texto. Ahora era la confusión de quien acaba de encontrar algo y no sabe qué hacer con ello. Esa noche con Natalia y los niños dormidos me senté a leer. Busqué en internet todo lo que pude encontrar sobre lo que los católicos creían sobre la Eucaristía. No los argumentos anticatólicos que yo conocía de memoria desde el seminario.

Los argumentos católicos directos en sus propias palabras. encontré el texto del catecismo, encontré los documentos del concilio de Trento y encontré algo que cambió la dirección de toda mi investigación posterior. Las cartas de San Ignacio de Antioquía escritas en el año 107 después de Cristo, donde él llama la Eucaristía la carne de Cristo que padeció por nuestros pecados.

 San Ignacio de Antioquía era discípulo del apóstol Juan. Escribió eso en el año 107, no en la Edad Media. No, en el Concilio de Trento, en el año 107, 17 años después del fallecimiento del último apóstol. Me quedé mirando esa fecha durante un rato largo. En el seminario me habían enseñado que la doctrina de la presencia real era una invención medieval, una corrupción tardía de la fe original.

 Pero San Ignacio de Antioquía no era medieval, era contemporáneo de los apóstoles y estaba describiendo exactamente lo mismo que los católicos describían hoy. Empecé a leer más. Leí a San Justino Mártir, que en el año 155 describía la celebración de la Eucaristía dominical con una precisión que era idéntica a la misa católica actual.

 Leí a San Ireneo de Lion, leí a Tertuliano, leí los textos de la Didagé, el documento cristiano más antiguo que se conoce después del Nuevo Testamento. Todos decían lo mismo. Todos hablaban de la Eucaristía como el cuerpo y la sangre de Cristo. Todos describían una estructura de obispos, presbíteros y diáconos.

 Todos hablaban de la iglesia de Roma con una autoridad particular. Durante se meses, entre junio y diciembre de 2022, leí en secreto. Leí por las noches cuando los niños dormían. Leí en el carro antes de entrar a la oficina. Leía en los descansos del trabajo. Llevaba una vida completamente doble. De día el copastor de la Iglesia Bautista El camino de Vida.

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