De noche, un hombre que estaba descubriendo que la fe que había heredado tenía una historia que nadie le había contado completa. En diciembre de 2022 le dije a Natalia, “La conversación fue la más difícil que habíamos tenido en 11 años de matrimonio. No porque ella fuera hostil. Natalia es una mujer inteligente y honesta que siempre ha escuchado antes de juzgar.
” Pero lo que yo le estaba diciendo tenía implicaciones que los dos entendíamos perfectamente. [música] No era solo un cambio de opiniones teológicas, era un cambio que iba a sacudir cada parte de nuestra vida. El ministerio de mi Padre, la herencia, las amistades, la reputación en el círculo evangélico de Bucaramanga, donde nos conocía todo el mundo.
Natalia me escuchó durante 2 horas. [música] Luego me dijo, “Sastián, si esto es lo que encontraste, yo quiero entenderlo también.” No me dijo que sí de inmediato. Me dijo que necesitaba tiempo y que quería leer lo que yo había leído. Eso fue todo lo que pedí. En enero de 2023 fui por primera vez a hablar con el padre Ignacio Salcedo, el párroco de la parroquia Cristo Rey.
El padre Ignacio tenía unos 58 años con ese aire tranquilo y un poco irónico que tienen algunos sacerdotes que llevan décadas viendo pasar de todo. Cuando le dije que era hijo de un pastor bautista y copastor de una iglesia de 600 personas, me miró por encima de la taza de café que sostenía y me dijo, “Eso sí es raro.” ¿Y qué lo trajo? Le conté todo.
Los textos, las fechas, Juan 6, San Ignacio, [música] la inquietud de años. El padre Ignacio me escuchó sin interrumpirme y cuando terminé me dijo algo que me pareció al mismo tiempo muy simple y muy profundo. Lo que usted está describiendo no es una crisis de fe, es una fe que está creciendo más que el recipiente donde la pusieron.
Eso es incómodo, pero es buena señal. El padre Ignacio Salcedo fue el guía de todo mi proceso. Nos reuníamos cada dos semanas en la sacristía de Cristo Rey con cafés que él preparaba con una cafetera italiana pequeña que tenía sobre un mueble lateral. Nunca me presionó, nunca me apuró. Cuando yo llegaba con un argumento bautista que quería discutir, él lo tomaba en serio, lo estudiaba conmigo y me respondía con fuentes que yo pudiera verificar.
Cuando yo llegaba con dudas genuinas sobre algo de la doctrina católica, me decía con total tranquilidad, “Esa es una buena pregunta. Miremos qué dice la iglesia sobre eso y por qué.” Yo nunca le había visto esa actitud en ningún contexto ministerial. En el mundo donde yo crecí, las dudas eran señal de debilidad espiritual.
Las preguntas difíciles se respondían con versículos citados fuera de contexto y con la autoridad de quien tiene el micrófono. El padre Ignacio no tenía micrófono en esas conversaciones, solo tenía paciencia y los [música] textos. La primera vez que asistí a la misa completa en la parroquia Cristo Rey fue un domingo de marzo de 2023.
Me senté en el penúltimo banco, que era donde los que todavía no comulgaban se sentaban para no generar confusión. Observé todo, la liturgia, las lecturas, el silencio después de cada lectura, la homilía del padre Ignacio que duró 12 minutos y que fue la más densa y mejor estructurada que yo había escuchado en años.
Y luego llegó el momento de la consagración. El padre Ignacio elevó la y pronunció las palabras, “Esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes.” Yo las había escuchado en grabaciones, las había leído en textos, pero escucharlas ahí en ese espacio, con ese silencio que descendió sobre la congregación en el momento en que el Padre elevó la fue completamente diferente a cualquier cosa que yo hubiera anticipado.

No fue una emoción sentimental, [música] fue algo más parecido al reconocimiento, como cuando uno ve algo por primera vez y al mismo tiempo tiene la certeza de que lo conoce desde siempre. No pude comulgar ese día. [música] Sabía que no podía todavía. Pero cuando la fila de los fieles fue pasando frente al altar y el padre Ignacio les entregaba la con esas palabras, [música] el cuerpo de Cristo. Y ellos respondían, “Amén.
” y se llevaban eso a la boca con un gesto que no era hábito, sino convicción. Yo me pregunté qué había estado haciendo durante todos esos años con un vasito de jugo de uva y un trocito de pan de molde sobre una mesa. En agosto de 2023 empecé el proceso de RCIA formal. Le dije a mi padre que estaba tomando un tiempo de descanso del ministerio por razones personales.
Fue la primera vez en mi vida que le mentí directamente. Todavía me pesa eso. Natalia empezó a venir a la misa conmigo en octubre de 2023. No dijo nada al principio. Venía, observaba, escuchaba. Una noche de noviembre, después de que los niños se durmieron, me dijo, “Sastián, yo entiendo lo que encontraste. Yo lo estoy sintiendo también.
Empezó su propio proceso de RCIA al mismo tiempo que el mío. En febrero de 2024 le dije a mi padre, le pedí una reunión a solas sin mi madre, sin nadie más. Llegué a la casa familiar un miércoles por la tarde. Mi padre estaba en su estudio detrás de ese escritorio de madera oscura que olía a cedro y a libros viejos, que siempre me había parecido el símbolo de su autoridad más que cualquier otra cosa de esa casa.
Me senté frente a él como me había sentado cientos de veces y le dije lo que tenía que decir. Le hablé con respeto y con honestidad. Le dije que llevaba casi dos años investigando, que había leído los textos de los primeros siglos del cristianismo, que lo que había encontrado en ellos no concordaba con lo que me había enseñado y que había llegado a la convicción de que la Iglesia Católica era la iglesia que Cristo había fundado.
Le dije que me iba a convertir, que iba a recibir los sacramentos en la vigilia pascual de 2025, que Natalia también. Mi padre me escuchó en silencio durante todo el tiempo que hablé. No me interrumpió. Cuando terminé, hubo un silencio de varios segundos que se sintió muy largo. Luego me dijo, “¿Estás seguro de lo que estás haciendo?” Le dije que sí.
Me dijo, “¿Sabes lo que significa esto para este ministerio, para esta familia, para los 600 personas que te conocen desde niño y que te van a ver entrar a una parroquia?” Le dije que lo sabía. Mi padre se levantó del escritorio, caminó hasta la ventana, estuvo de espaldas a mí durante un momento que no supe bien cómo medir. Luego se dio vuelta y me miró con esa calma fría que era peor que cualquier grito y me dijo las palabras que yo había temido escuchar y que al mismo tiempo sabía que estaban esperando ser dichas desde el momento en que entré por
esa puerta. Sebastián, si entras a esa iglesia, no solo pierdes mi bendición, pierdes tu herencia, pierdes esta casa y pierdes el derecho de representar este apellido. No lo dijo con crueldad, lo dijo como quien pronuncia una consecuencia natural, como la gravedad, como quien ha construido toda su vida sobre una convicción y no puede imaginar que esa convicción tenga excepciones, ni siquiera cuando la excepción es su hijo mayor.
Respondí, “Papá, te amo y precisamente porque te amo, no puedo quedarme callado ni puedo quedarme donde estoy. No por rebeldía, por honestidad.” Salí de esa casa. No portazo, no gritos, solo la puerta cerrándose detrás de mí con ese sonido suave que tienen las puertas bien puestas y el ruido de mis propios pasos en el corredor, que sonaron como los de alguien que acaba de soltar algo muy pesado y al mismo tiempo se ha quedado con las manos vacías.
Las semanas siguientes fueron las más difíciles de mi vida adulta. [música] Mi padre cumplió su palabra con una precisión que no me sorprendió, pero que me dolió de todas maneras. me quitó del testamento, me pidió que devolviera las llaves del apartamento que él había comprado para nuestra familia. Le comunicó a los líderes de la congregación que yo había tomado la decisión de apartarme de la fe y que ya no tenía ningún rol en el ministerio.
No mintió sobre los hechos, solo omitió los por qué. Amigos de toda la vida me llamaron con la intención de reconducirme, algunos con amor genuino, otros con un tono que yo reconocí porque lo había usado yo mismo en otras épocas con otras personas. [música] El tono del que sabe la verdad y está desconcertado de que tú no la veas.
Las llamadas fueron disminuyendo y luego pararon. Mi madre, Donia Rosa, me llamó a escondidas de mi padre tres semanas después. lloraba. Me dijo, “Sastián, no me lo puedo creer. Tú que fuiste siempre el más firme en la fe.” Le dije, “Mamá, sigo siendo firme en la fe, solo que la fe me llevó a otro lugar del que esperaba.
” Ella no me entendió, pero me dijo que me amaba. Eso me importó más de lo que soy capaz de expresar. El 30 de marzo de 2025, sábado santo, en la vigilia pascual de la parroquia Cristo Rey de Bucaramanga, Natalia y yo fuimos recibidos en la Iglesia Católica. Éramos parte de un grupo de 12 personas. Había una mujer que venía del Islam, un matrimonio joven que nunca había tenido ninguna fe, una señora mayor que había sido testigo de Jehová durante 20 años.
Y nosotros dos con nuestros hijos Emilio y Isabela, sentados en el tercer banco con esa seriedad que tienen los niños cuando saben que están en algo importante. El padre Ignacio Salcedo presidió la vigilia. Cuando llegó el momento de mi bautismo condicional, me acerqué a la pila con el corazón en un estado que no soy capaz de describir con exactitud.
No era nerviosismo, no era emoción sentimental, era algo más parecido a la quietud que hay en el ojo de una tormenta. Todo había ocurrido. Todo el costo estaba pagado y lo que quedaba era simplemente recibir lo que había buscado. El agua fría cayó sobre mi cabeza. El padre Ignacio dijo mi nombre, las palabras del bautismo.
Y yo respondí, amén, con una convicción que no había tenido en mis años de predicación cuando decía amén desde el púlpito de mi padre. Luego la confirmación y luego por primera vez la Eucaristía. Me acerqué al altar. El padre Ignacio me miró a los ojos un momento con esa expresión suya que mezcla la ironía con la ternura y me entregó la diciendo, “El cuerpo de Cristo.
” Dije, “Amén y me la llevé a la boca.” No voy a tratar de describir lo que sentí en ese momento porque no tengo palabras que sean exactas y no quiero usar palabras inexactas para algo así. Solo diré lo siguiente. Todos los textos que había leído, todas las cartas de los padres de la Iglesia, todas las páginas del catecismo, todas las conversaciones con el padre Ignacio en la sacristía, con el café de la cafetera italiana, todo ese conocimiento acumulado durante 3 años se convirtió en ese momento en algo completamente diferente al conocimiento.

se convirtió en experiencia en certeza que no viene de los libros, sino de algo más dentro. Volví al banco, me arrodillé. Natalia estaba a mi lado, también arrodillada, con la cabeza inclinada. Emilio tenía la mano de Isabela tomada [música] y yo pensé en ese silencio de la parroquia Cristo Rey con las velas pascuales todavía ardiendo.
He perdido una herencia, pero acabo de recibir algo que no está en ningún testamento. Los meses que siguieron a la vigilia pascual no fueron fáciles. Mentir sobre eso sería hacerles un flaco favor a quienes están pasando por algo similar. Perdimos la comodidad económica que el entorno familiar de mi padre nos había garantizado durante años.
Tuvimos que ajustar muchas cosas. Hubo momentos de cansancio, de preguntarme si las consecuencias prácticas valían lo que habíamos decidido. [música] En esos momentos yo iba a la capilla de adoración eucarística de Cristo Rey, que el padre Ignacio había abierto los martes y jueves por la noche para la comunidad.
Me sentaba frente al sagrario, no rezaba con palabras elaboradas, solo estaba ahí. Y lo que encontraba en ese estar ahí era suficiente para levantarme y seguir. Emilio, que tenía 9 años cuando nos convertimos, empezó a pedirme que lo llevara los martes a la adoración. Me lo pedí a él sin que yo le propusiera nada. se sentaba junto a mí en silencio durante 40 minutos con una quietud que ninguno de sus amigos de 9 años hubiera tolerado.
Una noche, caminando de regreso a casa, me preguntó, “Papá, ¿por qué el abuelo Héctor no viene con nosotros?” Le dije la verdad con las palabras que puede entender un niño de 9 años, que el abuelo tenía una manera diferente de creer en Dios, que lo amábamos de todas formas y que la oración más importante que podíamos hacer era pedirle a Dios que algún día todos pudiéramos sentarnos en la misma mesa.
Emilio lo pensó un momento y me dijo, “Yo le voy a rezar a la Virgen por el abuelo.” Y desde entonces lo hace. Todas las noches antes de dormirse, Emilio le reza a la Virgen por su abuelo. Mi padre y yo no hemos vuelto a tener una conversación larga desde febrero de 2024. Nos hemos cruzado en dos reuniones familiares obligadas con el silencio educado y doloroso de dos personas que se aman y no saben todavía cómo atravesar lo que hay entre ellas.
Mi madre me llama de vez en cuando a escondidas todavía. Me pregunta por los niños, le cuento, es poco, pero es algo. No sé si mi padre y yo llegaremos algún día a una reconciliación real. No lo doy por imposible. Dios ha sorprendido a gente mucho más obstinada que mi padre en ambas direcciones. Lo que sí sé es que mientras espero ese momento, no voy a desperdiciar lo que tengo ahora, pretendiendo que no lo tengo.
Tengo la Eucaristía, [música] tengo la confesión, que es la experiencia más liberadora que he conocido en 41 años. Tengo un matrimonio que se fortaleció en lugar de fracturarse bajo el peso de todo lo que vivimos. Tengo a Emilio rezándole a la Virgen por su abuelo. Cada noche. Tengo la parroquia Cristo Rey, donde el padre Ignacio me sigue recibiendo con esa mezcla de ironía y ternura suyas y donde me siento por primera vez en mi vida, no como el hijo de alguien, sino como yo mismo.
Y tengo algo más que quiero decirles antes de terminar. [música] A los que están escuchando esto y reconocen algo de su propia historia en la mía. A los que están en una fe prestada, heredada, que les queda chica, pero que tienen miedo de examinar porque saben que el examen puede costar mucho. El costo es real. No voy a mentirle sobre eso.
Perder la aprobación de su padre es un dolor que no tiene comparación con casi ningún otro. Perder amistades de décadas duele de una manera específica y duradera. Perder la comodidad económica a los 38 años con dos hijos pequeños es un estrés que no es pequeño. Pero hay algo que ningún padre humano puede quitarle a otro. Lo que Dios pone en el alma cuando uno finalmente llega a donde debe estar.
Eso no está en ningún testamento. Eso no se hereda ni se desheredan. Eso es lo único que encontré que es verdaderamente mío. Mi nombre es Sebastián Alejandro Siifuentes Pedraza. Tengo 41 años y estoy agradecido de haberme convertido al catolicismo. Elegí la Eucaristía sobre la herencia y no me arrepiento de ninguna de las dos cosas que perdí.
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