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“EL CABALLO BLANCO NUNCA EXISTIÓ: LA MENTIRA MÁS GRANDE DE MÉXICO”

Pero José Alfredo nunca habló de un caballo. Habló de lo único que lo salvó cuando todo el mundo le dio la espalda. Para entender qué convirtió a El Caballo Blanco en un corrido inmortal, necesitas conocer quién era José Alfredo Jiménez antes de ese viaje que lo cambió todo. Porque la historia no empieza en Guadalajara un domingo de 1960. empieza 10 años antes, cuando un compa de 24 años llegó a la ciudad de México sin palancas, sin lana, sin saber que llevaba en la cabeza las canciones que definirían la identidad musical de todo un país. 19 de enero de 1926, Dolores

Hidalgo, Guanajuato. Nace José Alfredo Jiménez Sandoval, hijo de un boticario de pueblo. Su papá vendía remedios para la tos y aspirinas en una farmacia que olía a alcohol y hierbas secas. La familia no era rica, pero tampoco pasaba hambre. Tenían lo suficiente para vivir con dignidad en un pueblo donde todo el mundo se conocía y las noticias viajaban más rápido que los caballos.

José Alfredo creció escuchando corridos en la radio de la botica. Su papá dejaba el aparato prendido todo el día mientras atendía a los clientes. Y entre recetas y jarabes, el chamaco memorizaba las letras completas de canciones que escuchaba una sola vez. tenía esa habilidad rara, esa que no se aprende, esa que simplemente traes o no traes.

Podía escuchar una melodía y repetirla perfecta, como si lo hubiera compuesto él mismo. Pero aquí viene lo que todos creen saber de él y resulta que es cierto. El compositor que escribiría más de 300 canciones que México canta hasta hoy, al principio no sabía tocar ni un solo instrumento, ni guitarra, ni piano, nada.

Sus primeras composiciones las creó de silvidito. Silvaba la melodía que escuchaba en su cabeza y otros músicos la traducían a guitarra. Y cuando le preguntaban cómo le hacía, José Alfredo respondía siempre lo mismo. Las canciones ya están escritas en algún lugar. Yo no más las escucho y las bajo. Esa forma de componer pura e instintiva se convertiría en su marca.

Pero en Dolores Hidalgo, en los años 40 eso no significaba nada. Un chamaco que siluaba canciones pero no sabía tocar. Era un soñador, [música] no un músico y los soñadores no comían. En 1950 con 24 años, José Alfredo tomó una decisión que su papá nunca entendió. Le dijo, “Me voy a México. Voy a ser compositor.

” Su papá le respondió, “Compositor de qué si ni siquiera sabes tocar la guitarra.” José Alfredo no tuvo respuesta, pero se fue de todas formas. Llegó a la ciudad de México en un autobús de segunda clase que tardó 8 horas en cubrir un trayecto que ahora se hace en tres. Traía una maleta con dos mudas de ropa, 30 pesos que su mamá le había dado escondidas y un cuaderno lleno de letras de canciones que nadie había escuchado todavía.

No tenía palancas, no conocía a nadie en la industria musical, no sabía ni por dónde empezar. Los primeros meses fueron una  Consiguió trabajo como cantinero en un bar de la colonia Guerrero. El dueño, un señor gordo que sudaba aunque hiciera frío, le dijo, “Te pago 3 pesos el turno.

Si cantas y a los borrachos les gusta, te quedas con las propinas. Si no les gusta, te largas.” José Alfredo aceptó, no tenía de otra. El bar se llamaba La Sirena, pero no tenía nada de sirena. Era un cuarto oscuro que olía cerveza rancia y orines mal lavados. Las mesas cojeaban, el piso estaba pegajoso. Los clientes eran trabajadores que llegaban después de 12 horas de jale buscando olvidar, aunque fuera por un rato, que la vida les había tocado cabrona.

José Alfredo servía copas durante las primeras horas de la noche, limpiaba mesas, barría colillas y cuando el dueño le daba permiso, se paraba en una esquina con una guitarra prestada que tenía dos cuerdas rotas y cantaba sus composiciones. Las primeras noches nadie lo pelaba realmente. Los borrachos seguían hablando entre ellos.

Algunos le gritaban que se callara, otros ni siquiera volteaban a verlo. Pero había algo en las letras de José Alfredo que empezaba a calar. Canciones sobre dignidad cuando todo está perdido, sobre amor cuando ya no queda nada, sobre seguir adelante aunque el camino esté lleno de espinas. Esas no eran canciones alegres, eran canciones de sobrevivencia.

[música] Y los que las escuchaban, los trabajadores fundidos que llegaban a la sirena buscando un respiro, entendían cada palabra porque estaban viviendo exactamente eso. Un día, después de terminar de cantar yo, uno de los borrachos se le acercó. era un hombre mayor con las manos callosas de quien había trabajado con pico y pala toda su vida.

Le dijo a José Alfredo, “Esa canción que cantaste la escribiste tú.” José Alfredo asintió. El hombre sacó 5 pesos arrugados de su bolsillo y se los puso en la mano. Toma. Esa canción vale más que todo lo que hay en este bar. Fueron los primeros 5 pesos que José Alfredo ganó como compositor. Los guardó, no los gastó, los metió en un sobre con la fecha escrita 12 de marzo de 1950.

Primeros 5 pesos por una canción. Ese sobre lo conservó hasta el día que murió, pero 5 pesos no eran suficientes para vivir. Dormía en un cuarto rentado en la azotea de un edificio en la colonia Doctores, un cuarto donde el agua corría por las paredes cuando llovía y donde el frío en las madrugadas era tan cabrón que José Alfredo dormía con toda la ropa puesta.

Compartía el cuarto con otros dos compas que también andaban buscando chamba en la ciudad. Uno era albañil, el otro vendía periódicos en las esquinas. Los tres se repartían del gasto del cuarto, 10 pes por semana cada uno. Cuando alguno no tenía para pagar, los otros dos lo cubrían sin decir nada. Así era la raza en ese entonces.

Te cuidaban las espaldas porque sabían que mañana podían ser ellos los que necesitaran ayuda. José Alfredo pasó 3 años así, trabajando de cantinero de noche, componiendo canciones de vía, durmiendo cuatro o 5 horas cuando mucho, comiendo una vez al día si había suerte, dos veces si había sido buena semana.

Y todo ese tiempo cada peso que sobraba lo guardaba, no para darse lujos, para grabar un demo, para conseguir que alguien importante escuchara sus canciones. En 1953 pasó algo que cambió todo. Un productor musical entró por casualidad a la sirena. Andaba buscando un bar donde tomar tranquilo después de una junta que había salido mal.

Ese productor se llamaba Rubén Fuentes y Rubén Fuentes no era cualquier productor. Era el arreglista de Javier Solís, de Pedro Infante, de las estrellas más grandes de la música ranchera. Esa noche José Alfredo estaba cantando El Rey. Rubén Fuentes se sentó en una mesa del fondo, pidió un tequila y escuchó. No dijo nada durante toda la canción.

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