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La CAÓTICA historia detrás de EL CHAVO DEL 8

 Lo apodaban Chespirito, el pequeño Shakespeare, por la profundidad inesperada que escondían sus comedias. Creía en el humor simple, humano, en que no hacía falta burlarse de nadie para hacer reír. ¿Cuántos son 8 por 8? 64. No, [Música] correcto. Le ponemos 10. A ver, usted. Suponiendo que las acciones de una compañía desciendan cuatro puntos en relación al balance anterior y considerando que cada obrero trabaja 8 horas diarias con un salario equivalente al 8% mensual de las liquidaciones extraordinarias.

Dígame usted, ¿cuántos años tengo yo? Pero su carrera parecía condenada a la invisibilidad hasta que en 1970 el destino le abrió una pequeña rendija, un espacio de 10 minutos en un programa llamado Sábados de la fortuna, que salía en vivo. En ese espacio de apenas 10 minutos, Roberto no solo tenía que hacer reír, tenía que crear algo distinto.

 Fue entonces cuando se le ocurrió un sketch que parodiaba los programas de debates televisivos tan de moda en aquel momento. lo llamó los supergenios de la Mesa Cuadrada, una sátira de los paneles de expertos donde cada personaje tenía una opinión absurda sobre temas importantes de la actualidad. Era una crítica social, pero disfrazada de tontería y funcionaba.

 Para darle vida, Chepirito llamó a algunos conocidos. Primero a Rubén Aguirre, un actor alto con una presencia imponente y un sentido del humor refinado. El profesor don Rubén Aguirre y Olivares, viudo de Castillo. Ta ta ta. ¿Qué es eso, hombre? ¿Qué es eso, hombre? Ni soy Olivares ni viudo de Castillo, soy Jirafales y Pando del Morrillo.

Se conocían desde hace años y Roberto sabía que ese físico particular sumado a su talento actoral podía ser oro en pantalla. Después sumó a Ramón Valdés, a quien había conocido filmando una película llamada El cuerpazo del delito. En aquel rodaje no le llamó la atención por lo que decía, sino por lo que callaba con gracia.

 Ramón tenía algo que no se puede enseñar, carisma natural, picardía sin esfuerzo, era auténtico. Y Roberto lo supo de inmediato. Él tenía que estar. Nadie me hacía reír tanto como Ramón Valdés. Ramón tenía una gracia. superior, nada más que era, no le interesaba, él no quería figurar, él quería ganar su dinerito seguro para esto, el otro y nada más.

 No, no tenía ambiciones artísticas, pero pero era excelente. Con ustedes aquí está el ingeniero don Ramón Valdés y tirado a la Bueno, pues no le aunque caiga perdido. Yo voy a brindar por el fajador Rubén Olivares, porque perdió fajándose y porque se entrenó fajando y porque le encanta el faje imponos fajes de Necleps los acompañaba una jovencita que leía las supuestas preguntas del público, pero un día esa joven se fue por una mejor oportunidad y entonces sin buscarlo demasiado, apareció una nueva figura, María Antonieta de las Nieves.

Amigos televisiosos del mundo entero, tienen ustedes la dicha de ver y escuchar el programa cultural más mejor y menos peor de Toditita, la televisión universal, los super genios de la mesa cuadrada. Llegó como un reemplazo temporal con el sueño de ser actriz de drama. Ella quería lágrimas, tragedia, intensidad, pero Roberto vio algo más, una chispa, una elasticidad emocional, una voz que podía volverse icónica.

 Roberto le dijo una frase que jamás olvidaría. A veces, “Hacer reír es más difícil que hacer llorar. Ese pequeño grupo armado por accidente iba a cambiar la historia, solo que no lo sabían todavía. Los supergenios de la mesa cuadrada comenzó como un experimento, pero pronto se volvió un fenómeno. La gente no solo se reía, esperaba esos 10 minutos como si fueran el plato fuerte del programa.

Chespirito aparecía caracterizado como un viejo cascarrabias, gruñón pero entrañable que respondía con frases ridículas a preguntas supuestamente serias. Ese personaje, sin saberlo, sería el primer paso hacia lo que luego sería el doctor Chapatín. A su lado, Ramón Valdés se convertía en el ingeniebrio con su picardía, su estilo callejero y Rubén Aguirre con su porte elegante, su voz pausada daba vida a una primera versión del profesor Jirafales.

El sketch era un delirio, pero conectaba porque en el fondo se estaban riendo de todo lo que no tenía sentido en la sociedad, pero con ternura. Y fue tal el impacto que Canal 8 le hizo una propuesta que parecía un sueño, convertir ese pequeño segmento en un programa completo con su nombre, su visión y sus personajes.

 Cheperito no lo podía creer. Después de años escribiendo en la sombra, por fin le estaban dando las luces. Después de tanto apostar al humor limpio, sin burlas ni vulgaridades, la televisión le abría una puerta que él creía cerrada para siempre. El éxito del programa fue tan grande que para el año siguiente lo llamaron Chespirito y los supergenios de la mesa cuadrada porque el sketch original seguía allí.

 Pero Roberto no quería quedarse solo con eso. No estaba cómodo haciendo lo mismo todas las semanas. Él quería contar historias nuevas, inventar personajes, crear mundos. Y así poco a poco los genios de la mesa fueron desapareciendo del nombre y también del programa. Ese formato de debate basado en noticias del momento ya no le funcionaba, era grabado y para cuando salía al aire muchas veces ya no hacía reír.

 La comedia necesitaba timing y Roberto tenía algo mucho más valioso, visión. Fue entonces cuando comenzó a probar nuevos caminos, uno de ellos inesperado y muy arriesgado. Fue un superhéroe, pero no uno como Superman o Batman. No, este era torpe, pequeño, se asustaba fácil, pero tenía algo que los otros no. Valentía, incluso con miedo.

Cuéntame un poco, ¿qué es el chapulín para ti? Un héroe. Un un auténtico héroe. No es un antihéroe. No, un antihéroe es Batman o Superman que no tienen miedo, son todopoderosos. Pero un personaje que tiene tanto miedo como el Chapulín Colorado, que es débil, que es torpe y que a pesar de eso se enfrenta al peligro, es un auténtico héroe, ¿no? Más veloz que una montaña, más ági que un refrigerador, más astuto que un aguacate.

¿Qué es un cuaderno cuadriculado? No, es el Chapulín Colorado. Así nació el Chapulín Colorado. Este personaje fue el primer gran éxito de Chespirito. Sus frases ya eran parte del día a día. muchos hogares. Yo, el Chapulín Colorado. Síganme los buenas. No contaban con mi astucia. Los chicos lo adoraban, los adultos también y el programa crecía cada semana, pero no era lo único que funcionaba.

 También estaban Los Chifladitos, otro sketch que mostraba el humor absurdo que Roberto tanto amaba. Allí compartía escenas con Rubén Aguirre, quien hacía de su compañero de aventuras. Pero entonces pasó lo inevitable. En 1972, otra señal de televisión vio el fenómeno que estaban generando y le hizo a Rubén una oferta que no podía rechazar.

 Era una oportunidad única, más dinero, más protagonismo, más futuro. Chpirito todo entendió. Eran amigos y los amigos no se atan, se apoyan. Así que Rubén se fue con la promesa de volver cuando pudiera, pero ahora sin él lo chifladito ya no podía seguir. Y una vez más Roberto se encontró con algo que en realidad conocía muy bien, la necesidad de empezar de nuevo.

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