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Dolores del Río, la mexicana que le dijo NO a Hollywood, a Welles y al FBI.

 Para entender por qué aprendió a decir no tan pronto, hay que entender  de dónde venía. y de dónde venía no era un sitio cualquiera. Su padre, Jesús Asúnsolo, era el director del Banco  de Durango, uno de los hombres más ricos del norte de México. Su madre, Antonia López Negrete,  descendía de la nobleza colonial y era prima en segundo grado de Francisco  Madero, el presidente que iba a desencadenar la Revolución Mexicana.

 La familia vivía en una hacienda enorme en las afueras de Durango, con servicio, caballos, biblioteca y todos los  lujos que el porfiriato repartió entre los suyos durante 30 años. Dolores nació allí en el verano de 1904. La llamaban Lolita. Era hija única y los primeros 5 años de su vida los pasó como las niñas de su clase.

  Vestidos de encaje, clases particulares en casa, una nana indígena que la dormía cantándole en nawatl y la certeza absoluta de  que el mundo estaba ordenado. Y entonces estalló la revolución. Cuando Pancho Villa entró en Durango en 1911, las haciendas de los ricos eran objetivo prioritario. Villa odiaba a los terratenientes, los expropiaba, los humillaba, a veces los fusilaba.

La familia Asuno lo supo demasiado tarde. Una noche, Jesús reunió a su mujer y a su hija en el salón principal  y les dijo que tenían 2 horas para hacer las maletas. Lo dejaban todo,  la hacienda, los caballos, los muebles, la biblioteca, solo lo que  cupiera en un baúl. Antonia subió a Dolores a un tren con destino a Ciudad de México.

 Padre  e hija no iban a volver a verse hasta meses después. Madre hija viajaron tres días  durmiendo sentadas, comiendo lo que la gente les pasaba, escondiéndose cuando el tren paraba en una estación tomada por los  villistas. Dolores tenía 5 años. Y aunque ella nunca habló mucho de aquel  viaje, una de sus secretarias contó décadas más tarde que Dolores no podía oír el silvato de un tren sin ponerse tensa.

 Llegaron a la capital con poco  más que una maleta. La hacienda la habían quemado, el banco había sido confiscado y los Asunzolo,  que en Durango eran reyes, en Ciudad de México eran solo una familia más de refugiados con apellido ilustre y los bolsillos vacíos. Dolores entró interna en el colegio francés San José.

 Allí pasó  los siguientes 10 años. Aprendió francés con acento perfecto, a tocar el  piano, a montar a caballo. Las monjas la describían como una niña callada y observadora que sus compañeras se encontraban demasiado seria. Y aquí viene  un detalle que cambia todo lo que viene después. Dolores creció convencida de que era  fea.

 Lo dijo ella en una entrevista para la revista Novedades en 1976. Contó que las otras niñas del internado la llamaban la flaca de los ojos raros. que cuando se miraba al espejo veía una nariz demasiado grande, una boca demasiado ancha,  unos pómulos demasiado marcados y contó algo más que casi nadie ha repetido, que su madre le decía a menudo que tenía suerte de ser de buena familia  porque con su cara nunca se habría casado.

 Esa frase se la dijo su madre durante años y a Dolores se le quedó dentro. Cuando cumplió  15, Antonia decidió que ya estaba lista. empezaron a presentarle pretendientes y entre todos los nombres que pasaron por el salón de los Asún solo en aquellos meses, hubo uno que le interesó especialmente a la madre.

 Un hombre culto,  rico, abogado titulado, escritor aficionado, viajero. Un hombre que cuando la conoció le hizo una reverencia y le besó la mano como se hacía en las cortes europeas. Un hombre que tenía 33 años, Dolores tenía 15. Sus padres no lo dudaron ni un segundo.  Era el partido perfecto.

 La pidieron en matrimonio. Ella dijo que sí, pero ese sí no fue  de Dolores. Fue de la niña a la que su madre le había repetido durante 10 años que con esa cara tenía suerte de tener apellido. Y lo que ni la madre ni el novio sabían entonces era que esa niña tardaría exactamente 5 años en aprender a decir lo contrario.

El matrimonio de oro y la tarde  del té. Aquel hombre se llamaba Jaime Martínez del Río y Viñet. Era abogado, escritor.  Había estudiado en Inglaterra. Hablaba cuatro idiomas. Conocía a media aristocracia europea. Entre sus bienes estaba el rancho La Hormiga, una finca enorme en las afueras de Ciudad de México  que décadas más tarde se convertiría en la residencia oficial de Los Pinos.

La boda se celebró el 11 de abril de 1921. Dolores tenía 16 años recién cumplidos. Jaime 34. Y al cuarto  día, los novios subieron a un barco con destino a Europa para empezar una luna de miel que iba a durar dos años enteros. Dos años. Eso te dice  todo lo que necesitas saber sobre la fortuna de los Martínes del Río en aquel momento.

Recorrieron Francia, Inglaterra,  Italia y España. Jaime le enseñó cómo se comportaba la nobleza europea de verdad.  la llevó a la ópera, le compró ropa en las casas de costura más caras del momento y en una parada en Madrid, en el verano de 1922 pasó  algo que merece la pena contar despacio.

 A los Reyes de España, Alfonso XI y Victoria Eugenia, les llegó el rumor de que en la ciudad había una pareja mexicana exquisita  y de que la esposa sabía bailar danza española como pocas. Los invitaron a una recepción privada en el Palacio  Real. Después de la cena, alguien le pidió a Dolores que bailara. Dolores se levantó,  pidió un mantón y se arrancó por seguidillas.

Bailó delante del rey y la reina  con una compostura que dejó a los presentes en silencio. Y al terminar, Alfonso X se levantó  y pidió una segunda función para los soldados heridos en la guerra de Marruecos. Era una niña de 17 años. Había tardado dos años de matrimonio en empezar a entender el efecto que tenía sobre la gente.

 Pero la luna de miel terminó y cuando volvieron a México, la realidad les esperaba con los brazos cruzados. Jaime quiso hacerse cargo del negocio familiar,  pero en 1923 una sequía arrasó los campos. En 1924 los precios del algodón se desplomaron en Nueva York. En menos de 2 años, Jaime pasó de hacendado rico a hombre con tierras improductivas  y deudas crecientes.

 Vendieron parte de la hacienda, despidieron al servicio, se mudaron a Ciudad de México, a un piso modesto y Jaime se  inventó que iba a ser escritor. Escribía guiones que nadie montaba, novelas que nadie publicaba.  Dolores lo vio venirse abajo durante meses y como hacían las mujeres de su clase y de su época no dijo nada hasta que llegó la tarde de un sábado de febrero de 1925.

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