Este video no es la historia que ya conoces de Brigit Bardau, la que aparece en cualquier biografía superficial. Niña bonita, actriz famosa, símbolo sexual, activista. Esta es la historia completa, la que conecta todas esas etapas con algo que ella misma reconoció, sin filtros, sin pedir disculpas, que jamás quiso ser madre, que vivió esa maternidad como una condena y que ese conflicto terminó costándole literalmente una demanda judicial y una multa de un tribunal de París para entender cómo una mujer que el mundo entero deseaba pudo al mismo tiempo
describir a su propio hijo como el objeto de mi desgracia. Hay que mirar su vida completa, no solamente la parte bonita que aparece en las postales. Brigit Ann Marie Bardod nació el 28 de septiembre de 1934 en el distrito 15 de París. Hija de Louis Bardot y Ann Marie Musel, una familia acomodada, católica, de las que en ese momento se consideraban de buena sociedad parisina.
No hubo pobreza en su infancia, no hubo orfanatos ni hogares de acogida, como en tantas otras historias de estrellas que terminan trágicamente. Todo lo contrario. Brigit fue una niña con acceso a una educación de élite criada bajo una disciplina familiar estricta que, según ella misma, reconocería décadas más tarde, le causó sufrimiento en su momento, aunque con el tiempo llegó a sentirse agradecida por esa formación.
Desde pequeña mostró talento para el ballet, llegando a conseguir un lugar en el prestigioso Conservatorio Nacional Superior de Música y Danza de París. Si alguien hubiera apostado en ese momento sobre el futuro de esa niña, lo más probable es que hubiera apostado por una carrera de bailarina clásica, no por lo que realmente terminó ocurriendo.
A los 15 años, mientras todavía estudiaba danza, Brigit apareció en la portada de la revista. Esa imagen llegó a las manos de un joven guionista y futuro director de cine llamado Roger Badim, 6 años mayor que ella, que quedó fascinado de inmediato. Empezaron una relación en secreto y cuando los padres de Brigit se enteraron de ese romance con un hombre mucho mayor, intentaron separarlos, llegando incluso a amenazar con enviarla a Inglaterra para alejarla de él.
Según ha documentado la prensa a lo largo de los años, fue en ese momento con apenas 16 años cuando Brigit Bardod intentó quitarse la vida por primera vez, metiendo la cabeza dentro de un horno de gas. Sus padres llegaron a tiempo para encontrarla. Sería lamentablemente la primera de varias veces a lo largo de su vida en las que recurriría a un gesto similar.
En 1952, ya con los 18 años necesarios para casarse sin autorización paterna en la Francia de esa época, se convirtió en su esposa. Lo que vino después no fue un ascenso gradual, fue una explosión. En 1956, Badim escribió y dirigió una película llamada Y Dios creó a la mujer con Brigit como protagonista, interpretando a una joven completamente libre de las culpas sexuales que la Sociedad Católica Francesa de la Época imponía sobre las mujeres.
La película escandalizó a la prensa conservadora, escandalizó a la iglesia y precisamente por eso se convirtió en un fenómeno mundial. De la noche a la mañana, Brigitte Bardot dejó de ser una joven actriz francesa más para convertirse en la mujer que, según muchos historiadores del cine, redefinió lo que el mundo entendía por Sex symbol durante toda la segunda mitad del siglo XX.
Incluso una intelectual tan seria como Simón de Boboar, la gran referente del feminismo francés de esa época, escribió sobre ella con una mezcla de fascinación y respeto, describiéndola como una fuerza de la naturaleza peligrosa mientras siguiera sin domesticar. Pero aquí está el primer giro de esta historia, el que casi nadie cuenta con suficiente detalle.
Mientras el mundo entero empezaba a admirar ataca a esa joven rubia como el ideal de libertad y deseo, en la vida real de Brigit Bardot las cosas no eran tan luminosas. La presión de la fama repentina, las críticas frecuentemente machistas sobre su talento actoral y la exposición constante a la que se vio sometida desde muy joven le provocaron, según ella misma confesaría décadas después en su autobiografía, episodios de depresión severa e incluso un intento de suicidio. Eso fue apenas el comienzo.
Porque mientras Brigit Bardó se convertía película tras película, en la fantasía erótica de medio planeta, en su vida privada se estaba gestando algo que ella jamás había deseado y que terminaría definiendo una de las relaciones más documentadas y más dolorosas de toda su existencia, el nacimiento de su único hijo, en enero de 1960 en pleno matrimonio con su segundo esposo, el actor Jack Sharier.
Lo que pasó con ese hijo, lo que Brigit Barda escribió sobre él más tarde y lo que un tribunal francés terminó decidiendo al respecto es la parte de esta historia que la convierte en algo mucho más complicado que la simple leyenda de una diosa del cine francés. Miré mi vientre plano y delgado en el espejo como a un amigo querido sobre el cual estaba a punto de cerrar la tapa de un ataú.
Brigitte Bardau, iniciales bebé. En 1959, Brigitte Bardau ya se había divorciado de Roger Badim y estaba casada con su segundo esposo, el actor francés Jack Sharier. Ese mismo año quedó embarazada y lo que escribió años después sobre esos meses de espera no se parece en nada a lo que cualquier revista de la época hubiera podido imaginar sobre la vida íntima de la mujer más deseada de Francia.
En su autobiografía titulada Iniciales bebé, publicada décadas más tarde, Brigitte de Bardot describió ese embarazo con palabras que incluso hoy generan incomodidad. Escribió que miraba su propio vientre plano y delgado hasta entonces, como quien mira a un amigo querido sobre el cual estaba a punto de cerrar la tapa de un ataúd.
No fue una metáfora aislada. En otro pasaje del mismo libro, comparó lo que crecía dentro de ella con un tumor canceroso. Según relató ella misma, intentó terminar ese embarazo. El aborto era ilegal en Francia en esa época, así que no tuvo acceso a un procedimiento médico seguro. De acuerdo a su propio testimonio, llegó a golpearse el abdomen con los puños, buscando provocar una pérdida y trató de conseguir morfina sin éxito.
También escribió que había tenido antes de ese embarazo que sí llegó a término, otros dos embarazos que terminaron en aborto, uno de los cuales, según sus propias palabras, casi le costó la vida. Hay otro dato que distintos relatos biográficos sobre este periodo no dejan de mencionar, aunque conviene precisar el momento exacto.
Durante el rodaje de la película La verdad, en 1960, ya con Nicolás nacido, Brigit Bardau intentó quitarse la vida el día de su cumpleaños número 26, tomando una cantidad excesiva de pastillas para dormir y cortándose las muñecas. No fue la primera vez que lo intentaba y tampoco sería la última. Según ha documentado la prensa a lo largo de los años, Brigit Bardau atravesó al menos cuatro episodios de este tipo en distintos momentos de su vida, desde los 16 años cuando sus padres se opusieron a su relación con Roger Badim hasta los 58 ya
en su última etapa. Lo que esto deja claro es que detrás de la imagen de mujer todopoderosa y dueña absoluta de su destino que el público veía en pantalla, había una persona que cargaba desde muy joven con un sufrimiento profundo que la fama no hizo más que intensificar. Hay otro dato igual de perturbador que aparece en esas mismas memorias y que rara vez se menciona junto a las frases más citadas.
Brigitte Bardot también escribió en ese mismo libro que había sido víctima de maltrato físico por parte de Jack Sharier durante los años en que estuvieron casados. Es un dato que complica todavía más cualquier intento de entender esa relación de manera simple, porque no se trata únicamente de una mujer que rechazaba la maternidad, sino de un matrimonio que, según su propio testimonio, combinaba el rechazo hacia el embarazo con violencia dentro de la propia pareja.
El 11 de enero de 1960, Brigit Bardot dio a luz en su propio departamento de París, en un parto domiciliario, a un niño que pesaría poco más de 3 kg. Lo llamaron Nicolás Jack Sharier. Jack Sharier, el padre, convocó una conferencia de prensa para anunciar el nacimiento como correspondía al nivel de fama de la pareja.
Para el público francés y para el mundo entero era una noticia maravillosa. La diosa del cine francés se había convertido en madre. Lo que el público no sabía en ese momento, lo que solamente se conocería años después, gracias al propio testimonio de Brigit, era que ella estaba viviendo ese nacimiento de una manera radicalmente distinta a como cualquiera hubiera podido imaginar.
En su autobiografía llegó a escribir sobre su hijo recién nacido usando la expresión el objeto de mi desgracia y en una declaración pública, en una conferencia de prensa llegó a decir que hubiera preferido dar a luz a un perrito antes que a un niño. Es importante detenerse en esto, ¿no? Para juzgar a una mujer que vivió hace más de 60 años una experiencia que hoy entendemos de manera muy distinta, sino para entender la magnitud real de lo que estaba pasando dentro de esa familia que desde afuera parecía
perfecto. Brigit Bardot, en sus propias palabras, no escondió jamás que la maternidad le resultaba ajena, que sentía que no estaba hecha para ese papel. Y a diferencia de tantas otras figuras públicas que disimulan ese tipo de sentimientos durante toda su vida, ella terminó escribiéndolo con total claridad en un libro que millones de personas leerían.
Lo que vino después la manera en la que se resolvió la crianza de ese niño después de la separación de sus padres y lo que ese niño tuvo que enfrentar al crecer sabiendo en algún momento de su vida lo que su madre había escrito sobre él. Es la parte de esta historia que convierte a Brigit Bardot en una figura mucho más compleja que la simple sexua, no pude ser las raíces de Nicolas porque yo misma estaba completamente desarraigada, desequilibrada, perdida en ese mundo enloquecido. Brigit Bardot.
Mientras las revistas de cine de 1960 publicaban fotografías de Brigit Bardau, sonriendo con su bebé en brazos, vendiendo al público la imagen de una nueva madre radiante, dentro de ese matrimonio, las cosas se estaban desmoronando a una velocidad que ninguna revista podía mostrar todavía.
Brigitte y Jackie Charrier se divorciaron en 1962, cuando Nicolás tenía apenas 2 años. Y aquí aparece uno de los detalles que más sorprenden a quien investiga esta historia con cuidado. En ese divorcio fue Jackie Sharrier quien se quedó con la custodia del niño.
No fue una batalla legal larga y dolorosa como las que estamos acostumbrados a ver en otros casos de separaciones de figuras públicas. Según múltiples fuentes biográficas, Brigit Bardau prácticamente no disputó esa custodia. El niño terminó viviendo en la práctica principalmente con los abuelos paternos, los padres de Jack Sharier, mientras su padre continuaba con su propia carrera como actor y artista.
Brigitte explicaría años más tarde, en una de las pocas declaraciones directas que hizo sobre el tema, las razones de esa decisión. dijo que ella no tenía las herramientas internas para criar a Nicolas, que necesitaba raíces, estabilidad, algo que ella sentía que no podía ofrecerle porque en sus propias palabras ella misma estaba completamente desarraigada, desequilibrada, perdida en ese mundo enloquecido en el que se había convertido su vida después de y Dios creó a la mujer.
No es una excusa que busque maquillar lo que pasó, es literalmente lo que ella mismo dijo sobre su propia incapacidad emocional en ese momento de su vida. Pongamos esto en contexto porque es la clave para entender lo que viene después. Mientras Nicolas crecía siendo criado principalmente por sus abuelos paternos, viendo a su madre en pantallas de cine y en portadas de revistas, en lugar de en la mesa todos los días, Brigit Bardot estaba viviendo en paralelo una de las décadas más intensas de fama que haya vivido
cualquier actriz europea en toda la historia del cine. Se casó por tercera vez en 1966 con el millonario alemán Gunter Sax, matrimonio que duró hasta 1969, aunque la pareja ya estaba separada desde el año anterior. Filmó algunas de las películas que definirían su legado artístico, entre ellas El desprecio de Jean-Luke Godart, considerada hoy una obra maestra del cine europeo y Viva María, la aventurera comedia de Luis Male, donde compartió pantalla con otra leyenda del cine francés, Jan Morrowe. Su rostro, su
figura, su manera de caminar y de hablar frente a una cámara se convirtieron en referencia obligatoria para toda una generación de directores y de actrices que vinieron después. En esos mismos años, Brigit Bardot también construyó una carrera como cantante, grabando álbumes como Brigit Bardot Sings en 1960 y colaborando ya ya hacia el final de la década con el compositor y cantante Serge Gainesborg, con quien además mantuvo una relación amorosa breve pero intensa.
En su autobiografía, ella misma escribiría sin ningún pudor que había tenido cuatro esposos y más de 100 amantes a lo largo de su vida, describiendo una necesidad casi visceral de sentirse amada, deseada, de pertenecer en cuerpo y alma al hombre que admiraba en cada momento. Entre esos amantes mencionó, además de Gaminesburg al actor estadounidense Warren Betty.
Para el público de esa época, Brigit Bardot era sinónimo de libertad absoluta, de una mujer que vivía exactamente como quería, sin pedirle permiso a nadie. Lo que ese público no podía ver porque sucedía completamente fuera de los reflectores, era que esa misma libertad tenía un costado oscuro, un hijo que crecía sabiendo que su madre era al mismo tiempo la mujer más deseada del planeta y alguien con quien él prácticamente no compartía la vida cotidiana.
No existen demasiados registros públicos de cómo fueron exactamente esos años de infancia de Nicolas. En parte porque como veremos más adelante en este video, Brigit Bard mantuvo durante décadas un pacto de silencio sobre la vida privada de su hijo, negándose sistemáticamente a hablar de él en entrevistas. Lo que sí sabemos gracias al propio testimonio de Nicolas Jack Sharier, publicado años después en su propio libro de respuesta a las memorias de su madre, es que esa infancia distante dejó marcas que duraron el resto de su vida. Pero antes
de llegar a ese momento, al choque directo entre madre e hijo a través de dos libros publicados con años de diferencia, hay que entender algo más sobre Brigit Bardot, qué fue exactamente lo que la llevó en la cima absoluta de su fama a tomar una decisión que sorprendió a toda Francia y que terminó de definir para siempre la distancia entre la mujer que el mundo admiraba y la persona real detrás de esa imagen.
La locura que me rodeaba siempre me pareció irreal. Nunca estuve verdaderamente preparada para la vida de una estrella. Brigitte Bardot, The Guardian, 1996. En 1973, cuando Brigit Bardot tenía 39 años, hizo algo que prácticamente ninguna estrella de su nivel de fama hace. jamás anunció que dejaba la actuación por completo.

No fue una pausa, no fue un año sabático del que regresaría con un papel sorpresa. 5 años después filmó una última película titulada La edificante y alegre historia de Colinot y después de eso cerró esa puerta para siempre, sin retrospectivas, sin papeles de aniversario, sin reinvenciones nostálgicas como las que hacen tantas otras estrellas cuando necesitan dinero o atención.
¿Por qué alguien que tenía el mundo entero a sus pies decidiría apagar las luces justo en ese momento? La respuesta que ella misma dio en distintas entrevistas a lo largo de los años fue consistente. La fama la había asfixiado. En una entrevista con The Guardian en 1996, describió la locura que la rodeaba durante esos años como algo que nunca terminó de sentir real, algo para lo que, según sus propias palabras, nunca estuvo verdaderamente preparada.
Lo que está detrás de esa frase, lo que su autobiografía revela con mucho más detalle, es bastante más oscuro que un simple cansancio de la fama. Como ya vimos en este video, Brigit Bardau atravesó varios episodios de profunda angustia psicológica a lo largo de los años.
Varios de ellos en plena cima de su carrera, llegando a varios intentos de quitarse la vida en momentos distintos de su existencia. Incluso su primer matrimonio, el que la había lanzado a la fama mundial, terminó en 1957, apenas un año después de y Dios creó a la mujer, cuando Brigit comenzó una relación con su coprotagonista de esa misma película, el actor Jean Louis Trintiñan, que en ese momento estaba casado con la actriz Stefan Audrang.
La prensa de espectáculos de esos años ocupada en fotografiar su próximo romance o su próximo escándalo, no tenía ni el interés ni las herramientas para hablar de salud mental de una manera seria. Así que mientras el mundo seguía viendo a la mujer más deseada del planeta, esa misma mujer estaba atravesando en privado episodios mucho más oscuros de los que cualquier titular de revista podía capturar.
Hubo además otro factor que ella misma señaló como parte de su decisión de retirarse. Las críticas constantes, frecuentemente cargadas de un machismo evidente, incluso para los estándares de esa época, sobre su talento actoral. A Brigite Bardó se le permitía ser deseada, se le permitía ser fotografiada, se le permitía vender millones de entradas de cine.
En 1958, de hecho, se había convertido en la actriz mejor pagada de toda Francia y llegó a figurar entre las 10 estrellas más taquilleras de Norteamérica, basándose únicamente en películas francesas, algo que ninguna otra actriz había logrado hasta ese momento. Lo que muchos críticos de la época no estaban dispuestos a darle a pesar de esos números, era reconocimiento serio como actriz, reduciendo su trabajo una y otra vez a su físico y a su sensualidad, sin importar la complejidad real de papeles como el que interpretó en El
desprecio de Godher o en vida privada de Luis Mal, una película inspirada directamente en su propia vida como mujer perseguida constantemente por la prensa y por el público. En 1974, ya retirada del cine, Brigit Bardau apareció desnuda en una sesión de fotos para la revista Playboy para celebrar sus 40 años.
Fue, en cierto modo, su última gran aparición pública bajo los términos del mundo del espectáculo que estaba dejando atrás. A partir de ahí se instaló de manera permanente en su propiedad de San Tropé, la Madrag, el mismo lugar donde años antes se había fotografiado junto a su entonces esposo Jack Sharier y al pequeño Nicolás.
Lo que pasó después es la parte de la historia de Brigit Bardot, que muy pocas personas fuera de Francia conocen con detalle y que contradice por completo la imagen que el mundo entero tenía de ella. La mujer que había sido durante dos décadas el símbolo máximo del glamour, el deseo y la frivolidad del star system europeo, estaba a punto de encontrar lo que ella misma describiría años más tarde como su verdadera vocación, no en un escenario, no frente a una cámara, sino al lado de animales que no tenían
absolutamente ninguna voz para defenderse a sí mismos. Le di mi belleza y mi juventud a los hombres. Ahora doy mi sabiduría y mi experiencia a los animales. Brigit Bardot. 1997. En medio de los hielos del Atlántico canadiense, un pequeño grupo de activistas estaba documentando una de las prácticas más brutales de la industria peletera de la época, la matanza masiva de crías de foca, animales recién nacidos casados por su piel, mientras todavía conservaban su característico pelaje blanco. El hombre que lideraba esa
operación se llamaba Paul Watson y ese mismo año había fundado una organización que se volvería mundialmente conocida con los años, la Sea Sheff Conservation Society. Watson tuvo una idea que vista desde la lógica de campañas mediáticas resultó genial. invitar a Brigitte Bardot, la mujer más fotografiada de Europa, retirada del cine desde hacía 4 años, a viajar hasta esos hielos para ver con sus propios ojos lo que estaba pasando.
Ella aceptó y las fotografías que se tomaron ese día de Brigit Bardau, tendida sobre el hielo, abrazando a una cría de foca de pelaje blanco como si fuera un bebé humano, se distribuyeron a periódicos de todo el mundo. El impacto fue inmediato y enorme. La misma mujer que durante 20 años había sido sinónimo de glamour, de fiestas, de portadas de revistas dedicadas a su vida amorosa, aparecía ahora en hielo en abrigo de campaña, defendiendo a una cría de animal que no tenía
absolutamente ninguna manera de defenderse a sí misma. Para gran parte del público mundial fue la primera señal real de que la retirada de Brigit Bardot del cine no había sido un capricho ni una pose, sino el comienzo de algo completamente distinto. Paul Watson años después escribiría que estaría eternamente en deuda con ella por su papel en ayudar a frenar la matanza comercial de Focas bebé, recordando cómo ella había decidido alejarse de la adoración y del estrellato para enfrentar, en cambio, la
crueldad que se ejercía contra los animales. Esa imagen sobre el hielo no fue un gesto aislado de relaciones públicas. Fue el inicio de un patrón que Brigit Bardó sostendría durante el resto de su vida, usar su fama, ya no para vender películas, sino para presionar a gobiernos, industrias completas y opinión pública internacional.
En 1986 fundó oficialmente la Fundación Brigit Bardau, dedicada al bienestar y la protección animal, financiando su lanzamiento subastando buena parte de sus propias joyas y pertenencias personales hasta reunir el equivalente a varios millones de francos de la época. 6 años después, el Estado francés reconoció oficialmente a esa fundación como entidad de utilidad pública, otorgándole una permanencia legal que muy pocas organizaciones benéficas fundadas por celebridades logran alcanzar jamás.
A partir de ahí, la lista de causas que Brigit Bardau defendió, a veces a un costo personal considerable, se volvió larguísima. se convirtió en una de las voces más fuertes contra el comercio de carne de caballo en Francia, llegando a recibir amenazas de muerte en 1994.
Después de pedir públicamente que la población francesa boicoteara ese tipo de carne, escribió cartas de protesta a jefes de estado de todo el mundo, a la reina Margarita II de Dinamarca, pidiéndole que detuviera la matanza de delfines en las Islas Feroe al ministro de cultura francés, después de que se incluyera oficialmente a las corridas de toros como parte del patrimonio cultural del país, a gobiernos enteros por el exterminio de perros callejeros o por la matanza de gatos en distintas partes del mundo. Su fundación llegó a
operar refugios para osos rescatados de circos en Europa del Este, para elefantes y grandes felinos retirados de espectáculos circenses y campañas masivas de esterilización para perros y gatos callejeros en distintas regiones del planeta. Hubo incluso episodios que mostraban hasta dónde estaba dispuesta a llegar por causas que vistas desde afuera podían parecer menores.
En 1989, mientras cuidaba temporalmente al burro de un vecino llamado Jean Pierre Manibet, notó que ese animal mostraba un interés excesivo hacia su propia burra, ya mayor, y decidió hacer castrar al burro del vecino, preocupada de que un apareamiento pudiera resultar fatal para su animal. El vecino la demandó.
Bard ganó el juicio y el tribunal ordenó a Manibet pagar una multa por generar lo que la sentencia describió como un escándalo falso. En 2018, ya con más de 80 años, todavía estaba destinando fondos propios como una contribución de 350,000 € para un santuario de retiro destinado a elefantes utilizados durante décadas en circos.
Brigitte Bard misma explicaría en su libro de memorias de 2018 titulado Lágrimas de combate, que sin los animales probablemente se habría quitado la vida y que precisamente porque ellos en cierto modo la habían salvado a ella, decidió dedicar el resto de su existencia a luchar por la de ellos. Es una declaración fuerte, casi literal.
La misma mujer que había sido el ideal erótico de media generación de hombres en todo el mundo, terminó encontrando sentido a su vida en una causa que no tenía absolutamente nada que ver con el glamur que la había hecho famosa. Pero sería un error pintar esta etapa de su vida como una simple historia de redención sin matices.
que mientras Brigit Bard construía ese legado admirable en defensa de los animales, en paralelo estaba desarrollando posiciones políticas y declaraciones públicas que con el paso de los años terminarían generando un tipo de controversia completamente distinto. Uno que todavía hoy divide profundamente la manera en que Francia y el mundo recuerdan a esta mujer.
Dando mi propia versión de los hechos, en realidad le hago un gran favor a Brigit. Jack Shari, mi respuesta a Brigit Bardau. 1997. En 1996, Brigitte Bardot publicó su autobiografía Iniciales bebé. Para sus millones de admiradores en todo el mundo, fue la oportunidad de finalmente escuchar en sus propias palabras la historia completa de la mujer detrás del mito.
Para su hijo Nicolas y para su exesoso Jack Sharier fue una experiencia completamente distinta. la publicación de detalles íntimos y dolorosos sobre su familia que ninguno de los dos había autorizado a compartir con el mundo. Antes de que el libro llegara a las librerías, Nicolas y su padre intentaron sin éxito censurar los pasajes que hablaban de ellos.
No lograron impedir su publicación. Y los fragmentos que generaron mayor controversia, los que la prensa francesa más citó en ese momento, fueron exactamente los que ya hemos mencionado en este video. La comparación del embarazo con un tumor, la frase sobre preferir dar a luz a un perro y la descripción de su propio hijo como el objeto de mi desgracia.
La respuesta de Jackie Sharrier llegó al año siguiente, en 1997, con la publicación de su propio libro titulado Mi respuesta a Brigit Bard. En él, Charrier ofreció su versión de los hechos defendiendo tanto a sí mismo como a su hijo. Dijo, según fue citado por The Telegraph, que al dar su propia versión de los hechos, en realidad le estaba haciendo un favor a Brigit, que la realidad de su amor por Nicolas, confirmada por las cartas que él mismo había conservado durante años, hablaba mucho mejor de ella que los horrores que
ella misma había escrito en su libro. Es una frase notable viniendo de un hombre que tenía motivos de sobra para sentir resentimiento. En lugar de simplemente atacarla, eligió señalar que existía evidencia, en forma de cartas guardadas durante décadas de que el vínculo entre madre e hijo había sido más complejo y más cálido de lo que el propio libro de Brigit dejaba ver.
Pero la respuesta de Nicolas y de su padre no se quedó solamente en la publicación de un libro. Ese mismo año ambos demandaron a Brigit Bardot por invasión a la privacidad, alegando que las afirmaciones contenidas en sus memorias, incluyendo descripciones de presunto abuso y los relatos sobre el embarazo, habían cruzado límites legales claros.
Un tribunal de París falló a favor de Nicolas y de Jack Sharier. Brigit Bardot fue condenada a pagar 17,000 libras esterlinas a Shari y 11,000 libras esterlinas a Nicolás, una cifra que en conjunto equivale a aproximadamente $40,000 de la época. Piensa en la magnitud de ese momento.
Una madre condenada judicialmente por lo que escribió sobre su propio hijo en un libro de memorias. No es un dato menor en la biografía de cualquier figura pública y mucho menos en la de alguien que durante décadas había sido presentada al mundo como un icono de glamour sin sombras. Después de ese proceso judicial, algo parece haberse movido en la relación entre madre e hijo, aunque de manera lenta y siempre a distancia.
Según contó años más tarde Bernardo Ormale, el cuarto esposo de Brigit Bardot, con quien ella se casó en 1992 cerca de Noruega, donde Nicolas ya se había instalado con su propia familia, Brigit lo llamó por teléfono apenas dos semanas después de conocerlo porque quería que Nicolas lo conociera en persona. Fueron juntos a visitarlo a Noruega.
Fue en cierto modo el primer gesto concreto de acercamiento documentado entre ellos en años. Mientras esa relación familiar intentaba con dificultad encontrar algún tipo de paz, Brigit Bardod estaba protagonizando en paralelo otro tipo de controversia completamente distinta. En ese mismo libro de 1996, donde habló de su hijo, también declaró públicamente su apoyo al líder de extrema derecha, Jean Marie Le Pen.
No fue una declaración aislada. A lo largo de los años siguientes, Brigit Bardot fue multada en repetidas ocasiones, tanto por insultos públicos como hasta cinco veces por incitación al odio racial, principalmente por sus críticas hacia la comunidad musulmana en Francia y por comentarios despectivos sobre los habitantes de la isla de reunión a quienes llegó a calificar como salvajes.
Ella respondió en su momento que nunca había querido herir a nadie de manera consciente, que entre los musulmanes, en sus propias palabras, había algunos muy buenos y algunos maleantes, como en todas partes. En 2018, en plena efervescencia del movimiento Meu, Bardo volvió a generar polémica al calificar ese movimiento de hipócrita y ridículo, afirmando que muchas actrices que denunciaban acoso sexual en la industria del cine habían en algún momento jugado el juego de la seducción con productores para conseguir papeles.
Ella misma dijo que jamás había sido víctima de acoso sexual y que encontraba encantador que la consideraran hermosa. Es una declaración que generó un contraste incómodo con su propia historia. La misma mujer que había escrito sobre maltrato dentro de su matrimonio, que había documentado episodios de profunda angustia psicológica relacionados directamente con la presión y la exposición que sufrió como símbolo sexual desde muy joven, terminaba restando legitimidad décadas después a denuncias
de acoso hechas por otras mujeres de la industria. Esta es la parte de la historia de Brigit Bardau que resulta más incómoda de contar porque no encaja con ninguna narrativa simple. No es la historia de una víctima perfecta ni la de una villana sin matices. Es la historia de una mujer que defendió causas genuinamente admirables, especialmente en relación a los animales, mientras al mismo tiempo sostenía posiciones que dañaron profundamente su imagen pública y que la convirtieron, especialmente fuera de
Francia, en una figura mucho más controvertida de lo que su leyenda cinematográfica sugiere a primera vista. Sus películas, su voz, su deslumbrante fama, sus iniciales, sus penas, su generosa pasión por los animales. Brigit Barda encarnó una vida de libertad. Emmanuel Macron, presidente de Francia.
Para 2018, según relató de Independent, Brigit Bardot visitaba a su hijo Nicolas al menos una vez al año en Noruega, donde él se había instalado de manera permanente desde hacía décadas, alejado por completo del mundo del espectáculo que había definido la vida de su madre. Nicolas se había casado en 1984 con la modelo noruega Anneline Vierkan, una boda a la que según múltiples fuentes, Brigit ni siquiera fue invitada.
Con ella tuvo dos hijas, Thea y Ana, que con los años le darían a Brigite tres bisnietos. “Sí, soy bisabuela de tres pequeños noruegos que no hablan francés y a quienes veo muy poco”, le confesó la propia Brigit a la revista Lepuant en una de las pocas ocasiones en las que accedió a hablar de su familia. Porque eso es algo que hay que subrayar.
Durante buena parte de sus últimos años, Brigit Bardau prácticamente dejó de mencionar a su hijo en entrevistas. en una nota de 2024 para Paris Match explicó por qué le había prometido a Nicolas que jamás volvería a hablar de él públicamente. Es un detalle revelador viniendo de una mujer que durante décadas no tuvo ningún problema en hablar de absolutamente cualquier tema sin filtro, sin medir el costo.
El silencio sobre su hijo en los últimos años de su vida parece haber sido a su manera, un gesto de respeto hacia la única relación que ella misma había dañado con sus propias palabras. Nicolas, por su parte, construyó una vida completamente alejada de los reflectores. Estudió economía en la Universidad de París. Se interesó por la música, aprendió piano y llegó a componer canciones.
Y trabajó como modelo durante un tiempo antes de asentarse en Noruega como ingeniero de sistemas. Su hija Ana se convirtió en abogada en Oslo. Su hija Tea, según quienes la han visto en persona, conserva un parecido físico notable con la abuela que apenas conoció durante su infancia.
El 3 de septiembre de 2025, Jack Sharier, el padre de Nicolás y segundo esposo de Brigit, murió apenas unos meses después, en octubre, Brigit Bardot fue sometida a lo que su propio equipo describió ante la agencia AFP como una cirugía menor por una dolencia no especificada. Ella misma, fiel a su carácter combativo hasta el final, salió a desmentir en su cuenta de la red social X los rumores que ya circulaban sobre su supuesta muerte.
Escribió que no sabía qué imbécil había lanzado esa noticia falsa sobre su desaparición. pero que se encontraba bien y no tenía ninguna intención de retirarse de este mundo todavía. Un mes más tarde, en noviembre de 2025, fue hospitalizada nuevamente, esta vez por lo que la prensa francesa describió como un problema de salud serio.
Y finalmente, el 28 de diciembre de 2025, Brigit Bardod murió en su casa del sur de Francia a los 91 años. Bruno Jacqueline, representante de la Fundación Brigitte Bardott, confirmó la noticia ante la agencia Associate Press, sin precisar la causa exacta de la muerte, ni adelantar detalles sobre un funeral o un servicio conmemorativo.
Las reacciones llegaron de inmediato y reflejaron exactamente la complejidad de la mujer que acababa de morir. El presidente francés Emmanuel Macron escribió que sus películas, su voz, su deslumbrante fama, sus iniciales, sus penas, su generosa pasión por los animales, su rostro convertido en el de Mariá, símbolo de la propia República Francesa, hacían de Brigit Bard encarnación de una vida de libertad.
Al mismo tiempo, Jordan Bardela, líder del partido de extrema derecha que ella había apoyado públicamente en sus últimos años, también le rindió homenaje recordando su respaldo político. Ingrid Newker, fundadora de la Organización de Defensa Animal PETA, la llamó un ángel para los animales, señalando que Bardot había vendido sus propias pertenencias, soportado el ridículo público y pasado décadas en tribunales y reuniones de campaña en lugar de en alfombras rojas.
Su propia fundación, al anunciar la noticia, la describió como una mujer excepcional que dio todo y renunció a todo por un mundo más respetuoso con los animales. La Se Sheff Conservation Society, la misma organización que en 1977 le había invitado aquellos a aquellos hielos canadienses donde nació su segunda vida pública, ya le había rendido un homenaje en vida años antes.
En 2011, rebautizó una de sus embarcaciones de intercepción con el nombre MV Brigit Bardot en agradecimiento por décadas de apoyo a sus campañas. Nadie en ninguno de esos homenajes oficiales mencionó la frase sobre el perrito. Nadie citó la comparación con el tumor. Nadie recordó en los discursos de despedida la condena judicial de 1997.
Y es comprensible, los homenajes públicos rara vez tienen espacio para las contradicciones más incómodas de una vida, pero esas contradicciones existieron, fueron documentadas por la propia Brigit Bardot en sus libros y definieron tanto como cualquier película que protagonizó quién fue realmente esta mujer.
Brigitte Bardot fue al mismo tiempo la persona que redefinió la libertad sexual femenina en el cine europeo del siglo XX. Una mujer que sufrió depresión y pensó en quitarse la vida en la cima absoluta de su fama. Una madre que documentó por escrito su propio rechazo hacia la maternidad y que pagó por ello ante un tribunal.
Una activista que arriesgó su reputación y su fortuna personal por animales que jamás podrían darle las gracias y una figura política que en sus últimos años defendió posiciones que dividieron profundamente la opinión pública francesa e internacional. Lo que queda después de todo esto es una pregunta que ninguna biografía oficial ni ningún discurso presidencial puede responder del todo.

¿Qué tipo de paz logró encontrar antes de morir con el único hijo al que llamó por escrito el objeto de su desgracia? Según todo lo que sabemos, fue una paz parcial hecha de visitas anuales a Noruega, de silencios prometidos y respetados, de bisnietos que apenas conoció y que ni siquiera hablaban su idioma.
No fue la reconciliación perfecta que cualquier guion de cine hubiera escrito para ella. fue probablemente la única reconciliación posible entre dos personas que desde el día en que él nació jamás lograron encontrarse del todo.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.