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José López Portillo: El Presidente que SAQUEÓ a México y Lo Confesó Llorando

José López Portillo lloró frente a todo México el día que  ya no pudo esconder que había saqueado el país y lo había dejado en la ruina. Primero de septiembre de 1982, Palacio Legislativo de San Lázaro.  Un presidente golpea el atril con el puño cerrado, levanta la voz, se le quiebra el gesto  y convierte su último informe de gobierno en algo que se parecía más a una confesión que a un discurso.

Y desde esa misma tribuna, con la cara mojada, dijo una frase que todavía hoy suena a burla.  dijo, “Ya nos saquearon. México no se ha acabado. No nos volverán a saquear.” Escucha bien esas palabras. Las dijo el hombre que durante 6 años  había convertido al Estado mexicano en un palacio familiar.

Las dijo desde el centro del poder, no desde una fila de banco,  no desde una casa humilde, no desde la cocina de una madre que esa semana descubrió que el dinero de toda su vida ya no valía nada. Las dijo el mismo hombre que mientras el país  hacía cola para proteger sus ahorros, mandaba levantar para él y para sus hijos un conjunto de  mansiones en lo alto de una colina.

El gran saqueador hablaba de saqueo y  lloraba. Tú lo recuerdas. Tú estabas ahí frente a la televisión  ese día. Tal vez tenías 20 años, tal vez 30, tal vez acababas de casarte y estabas empezando a juntar para una casa  y viste a ese hombre llorar. Algunos lo creyeron, muchos sintieron lástima y casi nadie  sabía todavía lo que de verdad había pasado detrás de esas lágrimas.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie te contó completas. Primero,  como el petróleo de Campeche le hizo creer que México era suyo y cómo esa fantasía terminó costándote a ti los ahorros de una vida entera.  Segundo, cómo metió a su propia familia en el corazón del gobierno hasta que una hermana suya  puesta a cuidar la cultura del país, quedó ligada a la noche en que ardió la memoria del cine mexicano y murió gente que tenía  nombre.

Tercero, como su amigo de la infancia, Arturo Durazo, convirtió a la policía de la capital en un imperio de miedo y levantó un palacio griego frente al mar, mientras el país se hundía. Y cuarto, como una colina con cuatro mansiones se volvió la imagen más brutal de un país saqueado desde arriba. ¿Y qué pasó con esa fortuna cuando él  murió? Te voy a avisar cuando llegue cada una, porque esta no es solo la historia de un presidente que lloró, es la historia de un sistema entero que  aprendió a pedir perdón con una mano mientras con la otra cerraba la

caja fuerte. Pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera delante de todos, hay que volver al principio. A cuando López Portillo todavía sonreía, a cuando todavía creía que el petróleo lo iba a convertir en el dueño del destino de México. Pero antes de que fuera presidente, antes del petróleo y de las lágrimas, conviene que sepas quién era este hombre, porque no llegó al poder desde la nada.

José López Portillo había nacido en 1920 en la ciudad de México  dentro de una familia de abolengo con apellido conocido, con historia. Era cualquier cosa menos un improvisado. Abogado de formación, profesor de derecho en la universidad, un hombre culto que leía, que escribía,  que se sentía cómodo entre las ideas. Hasta publicó libros, ensayos, relatos.

Se veía a sí mismo como algo más que un político.  Se veía como un pensador, como un hombre destinado a cosas grandes. Y ahí quizá empezó el problema, porque un hombre que se cree destinado a la grandeza tiene un punto débil peligroso. Le cuesta aceptar que se equivoca.  Le cuesta escuchar al que le dice que frene.

Cuando uno se mira al espejo y ve a un elegido, las advertencias suena a envidia  y la prudencia suena a cobardía. Su amistad con Arturo Durazo, el que sería su jefe de policía, venía de muy atrás,  de dos años de juventud. Era una de esas lealtades que se forjan cuando dos hombres son jóvenes y nadie es todavía nadie.

Esa clase de lealtad, la de toda la vida,  fue la que después brindó a Durazo. Y en el camino hacia el poder, López Portillo fue subiendo escalones dentro del sistema hasta llegar a manejar las finanzas del país en el gobierno anterior, el de Luis Echeverría. Desde ahí, desde la Secretaría de Hacienda, dio el salto  final.

El sistema lo eligió, el dedo señaló y el abogado oculto que escribía libros se convirtió en el hombre más poderoso de México.  Imagina por un momento el cóctel, un hombre que se cree destinado a la grandeza, un país que de pronto descubre que está sentado sobre un océano de petróleo y un sistema que no le pone un solo freno, que le aplaude todo que le acomoda a los hijos y a los amigos.

Junta esas tres cosas: soberbia personal, riqueza inesperada y poder sin contrapeso. Esa mezcla rara vez construye estadistas.  Lo que suele dejar son monarcas que confunden el país con su casa. Y eso, exactamente eso, fue lo que México tuvo durante 6  años. Todo empezó en 1976. Ese año José López Portillo no llegó al poder como llega un hombre cualquiera a un cargo público.

Llegó como llegaban los elegidos del viejo sistema, envuelto  por una maquinaria casi perfecta, protegido por un partido que parecía más grande que el propio estado. El país venía herido. Venía de una crisis,  de una devaluación del cansancio que había dejado el gobierno anterior. Y entonces apareció él, el abogado  culto, el de las frases solemnes, el que prometía orden después del ruido y futuro después del miedo.

Y había algo más. Debajo del Golfo de México en Campeche,  la Tierra estaba escondiendo una promesa enorme y peligrosa. Petróleo,  mucho petróleo. De pronto, el país que había aprendido a vivir administrando carencias empezó a imaginarse como una potencia. Los discursos se inflaron. Los mapas del subsuelo parecían mapas de salvación.

Pemex  se volvió la palabra mágica que lo explicaba todo. Riqueza, modernidad, orgullo nacional. Y López Portillo creyó en esa fantasía con una fe casi religiosa. En vez de pedir prudencia o de hablar de cuidar la oportunidad,  hizo lo contrario. En su primer informe de gobierno en 1977, dijo una frase que iba a perseguirlo hasta la tumba.

Dijo que los mexicanos teníamos que acostumbrarnos a administrar la abundancia. Administrar la abundancia. Guarda esa frase, la vas a necesitar para entender el final,  porque ahí, en esas tres palabras, empieza la grieta. Como si México ya hubiera vencido a la pobreza. Como si el dinero del futuro ya estuviera depositado en las cuentas del presente, como si el petróleo ya fuera suyo, una corona puesta sobre su cabeza  y no apenas una posibilidad por trabajar.

Entre 1977 y 1981,  la apuesta por Pemex alcanzó cifras descomunales. Miles de millones de dólares destinados a explotar y a vender crudo. Carreteras, créditos, proyectos, promesas. Todo empezó a crecer al ritmo de una abundancia que todavía no estaba asegurada.  El precio del petróleo subía y con él subía el ánimo de un presidente que ya hablaba como si el país le perteneciera.

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