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El Último Concierto de Juan Gabriel Duró 3 Horas y Dejó a 18 Mil Personas Sin Palabras

 

El 26 de agosto de 2016, el de Forum de Ingelwood, California, abrió sus puertas a las 7 de la noche con una fila que daba vuelta a la manzana desde las 4 de la tarde. No era un concierto ordinario, era Juan Gabriel. Y eso para quienes crecieron escuchando su voz salir de las radios en las cocinas de sus madres, en los patios de las vecindades, en los camiones que cruzaban el desierto hacia el norte.

significaba algo que no cabía en el precio de un boleto ni en el nombre de un recinto. Significaba una promesa cumplida. La promesa de que esa noche, durante unas horas, el mundo iba a ordenarse de una manera específica. Iba a ver una voz, iba a haber canciones que uno conocía desde antes de saber que las conocía y todo lo demás, el trabajo, el cansancio, los años acumulados.

Iba a quedar afuera en la acera junto con el ruido de la ciudad. Había familias completas en esa fila, abuelas con nietas, hombres que no lloraban en ningún otro contexto, pero que sabían perfectamente que esa noche era posible que lloraran y habían decidido que estaba bien. Había personas que habían manejado desde San Diego, desde Las Vegas, desde Fénix, desde lugares donde vivir en los Estados Unidos significaba cargar con una distancia que no siempre se medía en kilómetros.

Para ellos, Juan Gabriel no era solo un cantante, era una coordenada emocional, un punto fijo en el mapa de quiénes eran y de dónde venían. Lo que nadie en esa fila sabía mientras esperaba bajo el cielo todavía claro de agosto era que adentro del recinto, en el área reservada para el artista, algo no estaba bien.

 Llevaba meses sin estar bien. El cuerpo de Alberto Aguilera Baladés, que el mundo conocía como Juan Gabriel, estaba enviando señales que él llevaba tiempo interpretando a su manera, que era la manera de alguien que había convertido la negación de los propios límites en una forma de vida y en una forma de arte. Tenía 66 años y llevaba más de cuatro décadas subiendo escenarios.

Había cantado enfermo antes. Había cantado con fiebre, con la voz lastimada, con el cuerpo pidiendo descanso en momentos en que el descanso no era una opción que él se permitiera. Había una frase que le gustaba repetir en entrevistas  y que sus músicos conocían de memoria porque la habían escuchado en camerinos de todo el mundo antes de salir al escenario.

 El show  debe continuar. No como cliché, como convicción. Esa noche el show iba a continuar. Lo que nadie podía saber todavía, ni las 17,500 personas que llenaban el recinto, ni los músicos que afinaban en el escenario, ni los técnicos que ajustaban las luces. era que ese show no iba a hacer solo un concierto más en una carrera de miles de noches, iba a ser el último y que el adiós que Juan Gabriel daría esa noche no sería pronunciado con esa palabra, sino con tres horas de música, con el cuerpo entregado más allá de lo que el

cuerpo podía dar, con canciones que el público conocía de memoria y que esa noche iban a sonar de una manera que algunos, solo algunos, recordarían después con una claridad diferente, con la claridad incómoda de quien entiende demasiado tarde. de lo que estaba viendo. Las luces del recinto comenzaron a bajar a las 9 de la noche.

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 Cuando las luces se apagaron y el primer acorde resonó en el de Forum, las 17,500 personas que llenaban el recinto respondieron con un sonido que no era exactamente un grito ni exactamente un llanto, sino algo entre las dos cosas. El tipo de sonido que produce la emoción cuando no cabe en una sola forma y tiene que salir  por donde puede.

 Juan Gabriel apareció en el escenario con un traje blanco que captó toda la luz del recinto  en el momento en que pisó las tablas. Y por un segundo, solo un segundo, el lugar entero se quedó suspendido en ese instante antes de que el ruido volviera con una fuerza que se sentía física, como una presión en el pecho.

 Tenía el mismo porte de siempre, la misma manera de ocupar un escenario que no tenía que ver con el tamaño del cuerpo, sino con algo más difícil de nombrar, una autoridad natural sobre el espacio. La certeza absoluta de quién sabe que ese lugar le pertenece, no porque alguien se lo haya dado, sino porque lo ha ganado noche tras noche durante cuatro décadas.

 Abrió los brazos hacia el público con un gesto que era saludo y era abrazo, era también algo más parecido a un reconocimiento mutuo. Yo sé que están aquí, ustedes saben que estoy aquí. Todo lo demás puede esperar. Lo que el público no podía ver desde sus asientos era lo que sus músicos más cercanos ya sabían desde semanas atrás.

Juan Gabriel había llegado a Los Ángeles con el cuerpo en un estado que preocupaba a quienes lo rodeaban. Padecía hipertensión, diabetes y tenía los pulmones comprometidos por una neumonía que no había terminado de resolverse. Había tenido episodios de fatiga intensa en las semanas previas. Había momentos en que el esfuerzo de moverse de un punto a otro del camerino era visible de una manera que él mismo intentaba minimizar con humor o con el cambio rápido de tema que usaba cuando no quería hablar de algo. Sus

colaboradores más cercanos habían sugerido en más de una ocasión que considerara posponer, que descansara, que el cuerpo necesitaba algo que los escenarios no podían darle. Él había escuchado cada vez con la misma expresión tranquila de quien ya tomó una decisión y la conversación que viene después no va a cambiar nada.

 El show del 26 de agosto no se cancelaba, no se posponía. Las 17,500 personas que habían comprado su boleto, que habían manejado desde lejos, que habían esperado meses por esa noche, no iban a llegar al de Forum y encontrar una puerta cerrada. Eso no era algo que Juan Gabriel estuviera dispuesto a hacer. Y así con el cuerpo cargando lo que cargaba y la voluntad intacta como siempre había estado, salió al escenario.

 Las primeras canciones llegaron con la energía de siempre. Amor Eterno abrió el set y el recinto entero cantó con él desde la primera nota. Esas 17,500 voces fundiéndose con la suya en una de esas canciones que han dejado de ser solo una canción para convertirse en algo más parecido a un ritual colectivo.

 Una manera que tiene la gente de hablar de sus muertos sin tener que decir sus nombres en voz alta. Juan Gabriela cantó con los ojos cerrados en ciertos momentos, con la cara levantada hacia las luces, con esa entrega total que era su firma desde los tiempos del Palacio de Bellas Artes, desde las noches del Noan Noa en Ciudad Juárez, desde los años en que cantaba para públicos pequeños con la misma intensidad con que cantaría después para estadios llenos, el público lloraba, no todos,  pero suficientes para que la emoción fuera visible desde el

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