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La Canción Más Triste de Pedro Infante… y la Historia Que Rompe el Corazón

Puedes escuchar a alguien que está  sintiendo exactamente lo que está cantando. Y cuando entiendes que era lo que estaba sintiendo, que había ocurrido en  su vida en los meses y años que precedieron a esa grabación que cargaba en el cuerpo y en el alma cuando cantó esas palabras,  la canción nunca vuelve a sonar de la misma manera.

Suscríbete al canal ahora mismo porque lo que viene a continuación es una de las historias más íntimas y más devastadoras que se esconden detrás de la música más amada de México. Para entender Amorcito Corazón,  hay que entender primero lo que era Pedro Infante en 1950. No el ídolo consolidado de la segunda  mitad de la década.

 No el Pedro infante de las giras multitudinarias y los contratos millonarios y la fama que ya  había cruzado las fronteras de México para extenderse por toda América Latina. sino el Pedro Infante de 32 años que llevaba apenas tres o cu años en el pico de su popularidad, que todavía estaba construyendo lo que sería, que todavía era lo suficientemente humano y lo suficientemente vulnerable como  para que el dolor se filtrara en su trabajo de maneras que la fama posterior haría más difíciles de ver con claridad.

En 1950, Pedro Infante cargaba algo que el público que lo adoraba  no veía y que él no tenía los medios ni el espacio social para mostrar abiertamente. Cargaba la muerte de Blanca Estela Pavón. El accidente de septiembre de 1949, el avión que cayó frente al aeropuerto de la Ciudad  de México, los 23 años de Blanca Estela interrumpido sin aviso.

 La pérdida de una presencia que para Pedro significaba algo que las circunstancias de su vida no le permitían nombrar  públicamente. Llegó a Pedro Infante en un momento en que era el hombre más amado de México  y al mismo tiempo, en algún lugar dentro de sí mismo que la fama no alcanzaba a iluminar,  estaba profundamente solo en su dolor.

Esta es la primera capa de la historia de Amorcito Corazón, pero no es la única, porque el dolor que Pedro Infante cargaba cuando entró al estudio no era simple ni tenía  una sola fuente. Era el tipo de dolor estratificado que acumulan las personas que sienten mucho y que viven deprisa y que no tienen en sus vidas cotidianas el espacio ni el lenguaje para procesar lo que sienten a la misma velocidad  con que lo sienten.

 Dale like a este video ahora mismo porque la historia de lo que estaba pasando en la vida de Pedro Infante en los meses que rodearon la grabación de Amorcito Corazón es donde  esta historia comienza a tener toda su profundidad. Amorcito Corazón fue compuesta por Manuel Esperón, uno de los compositores más importantes de la época de oro del cine mexicano con letra de Ernesto Cortázar.

Esperón y Cortzar eran una dupla que había producido algunas de las canciones más  populares del cine mexicano de los años 40. Canciones que la industria necesitaba no simplemente como fondo musical, sino como el centro emocional de las narrativas que sus películas construían. La canción fue escrita para la película del mismo nombre Amorcito Corazón, filmada en 1950 y dirigida por Rogelio González.

 Era una comedia romántica, el tipo de vehículo que la industria de ese periodo  producía con eficiencia notable. Una historia liviana con situaciones de enredo, diseñada para hacer pasar un rato agradable al público que llenaba las salas de cine de barrio los sábados  y los domingos. Pero la canción que surgió de ese encargo, la canción que Pedro Infante grabó para la película y que terminaría  siendo, en la opinión de millones de personas a lo largo de décadas, la más hermosa y la más dolorosa de su repertorio tenía una

calidad que  excedía con mucho lo que el contexto de una comedia romántica de estudio normalmente producía. Manuel Esperón, en entrevistas que dio a lo largo de los años habló en distintas ocasiones sobre el proceso de composición de Amorcito Corazón. describió una canción que en su concepción original era relativamente directa, una declaración de amor con la estructura melódica  que el bolero ranchero de la época requería.

Una canción que, en otras manos, con otra voz podría haber sido simplemente una canción más del catálogo  de la época de oro. Lo que la convirtió en algo diferente fue lo que Pedro Infante hizo con ella cuando la grabó. Y lo que Pedro Infante hizo con ella cuando la grabó tiene que ver ineludiblemente con lo que Pedro Infante estaba llevando dentro cuando entró al estudio.

 La letra de Amorcito  Corazón no es extraordinaria en términos de sofisticación literaria. No es García Lorca, no es Neruda. Es la letra de una canción  popular mexicana de 1950, directa, emotiva, construida con las imágenes y el vocabulario del amor romántico que el bolero ranchero había codificado durante décadas.

Pero hay algo en la manera en que esa letra articula  una forma específica de amor, un amor que es al mismo tiempo presente e imposible, que existe en toda su intensidad, pero que no puede ser completamente vivido, que está ahí y al mismo tiempo está siempre a punto de perderse, que resuena de una  manera que la letra sola no explica completamente.

Lo que explica esa resonancia es la voz. Pedro Infante tenía una voz que los musicólogos y los críticos que han estudiado el cine y la música mexicana de la época de oro describen con consistencia como uno de los instrumentos vocales más extraordinarios que la música popular latinoamericana ha producido. No por su perfección técnica, aunque su técnica era sólida, sino por algo más difícil de medir, una capacidad de transmitir  emoción con una autenticidad que hacía que quien escuchaba sintiera que la voz estaba

hablando directamente a algo dentro de él que normalmente no tiene acceso a esa clase  de comunicación. Esta capacidad, esta transparencia emocional de la voz es un don natural que la técnica puede refinar pero no crear. Y en el caso específico  de Amorcito Corazón, ese don se encontró con un momento de la vida de Pedro Infante en  que lo que la canción pedía que sintiera y lo que Pedro Infante estaba sintiendo realmente eran posiblemente la misma cosa.

 En 1950, además del duelo por Blanca Estela que llevaba desde septiembre del año anterior, Pedro Infante estaba navegando las complejidades crecientes de su vida personal con la torpeza y la intensidad que lo caracterizaban. Su matrimonio con  Lupita León existía en esa zona de indefinición que caracterizaba a muchas uniones de su generación  y de su clase social, presente en términos formales, ausente en términos de la vida cotidiana compartida que define a un  matrimonio en sentido pleno. Las

personas que lo conocieron en ese periodo, miembros de la industria, músicos con quienes trabajó, personas de su círculo personal, han descrito en diversas entrevistas  y memorias a un hombre que en esos años vivía en una especie de aceleración constante, que filmaba, que grababa, que actuaba en giras,  que piloteaba aviones, que pasaba de una relación a otra con la intensidad de alguien que busca en el movimiento  lo que no puede encontrar en el reposo, que era extraordinariamente generoso con todos

los que lo rodeaban  y que al mismo tiempo, en algún sentido fundamental, no terminaba de estar completamente presente en ningún lugar. Este retrato, el del  hombre que está en todas partes y al mismo tiempo no está del todo en ningún sitio, es reconocible como  el retrato de alguien que está huyendo de algo o intentando huir.

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