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JAVIER SOLÍS: Fortuna, Secretos y el Legado del Rey del Bolero Ranchero.

Su platillo favorito era el mole poblano tradicional, ese mole espeso y complejo que su madre le preparaba cuando era niño en la colonia Guerrero. Pero no cualquier mole. Tenía que ser casero con chocolate  amargo auténtico y servido con pollo, nunca con guajolote. También era fanático de los tacos al pastor.

Cuenta la leyenda que después de  sus presentaciones en el teatro Blanquita, no había nada que le gustara más que escaparse con sus músicos a un puesto callejero en la avenida Insurgentes. Ahí, sin guardaespaldas ni  protocolo, se comía sus tacos como cualquier chilango, con todo y cebolla, cilantro y salsa verde picante. Los domingos por la mañana, su ritual sagrado incluía chilaquiles verdes con crema, queso fresco desmoronado y pollo deshebrado.

Los disfrutaba mientras leía el periódico y escuchaba música  de Agustín Lara en su tocadiscos. Era un hombre de tradiciones simples a pesar de la fama. Sus amigos cercanos recuerdan que cuando viajaba  al extranjero lo que más extrañaba no eran los aplausos ni los reflectores, sino un buen pozole rojo de los de antes.

Esa conexión con sus raíces mexicanas nunca la perdió. sin importar cuántas ovaciones recibiera en Nueva York o Los Ángeles. Ahora sí,  con esta imagen más humana y cercana de Javier, vamos a su historia desde el principio. Un comienzo entre la pobreza y el talento. Gabriel Siria Levario nació el primero de septiembre de 1931 en la colonia Guerrero, uno de los barrios más humildes y peligrosos de la Ciudad de México.

No nació en una cuna de oro, todo lo contrario.  Su familia era tan pobre que muchas veces no había ni para el pan del día. Su padre, Francisco Siria, era un trabajador de construcción que apenas ganaba para sobrevivir. Su madre, Juan Alevario, se dedicaba a lavar ropa ajena para poder alimentar a sus hijos. Vivían en una vecindad donde compartían baño con otras 20 familias.

El agua caliente era un lujo que no conocían, pero en medio de esa pobreza, algo extraordinario comenzó a manifestarse.  Desde los 4 años Gabriel mostraba un talento vocal que dejaba asombrados a todos en el barrio. Cantaba en las calles,  en las fiestas de vecinos, en cualquier lugar donde le dieran oportunidad.

Su voz era diferente.  Tenía algo especial que nadie podía explicar. A los 8 años, Gabriel ya no iba a la escuela. tuvo que abandonar sus estudios para ayudar a mantener a su familia. Se convirtió en vendedor ambulante de periódicos en las esquinas más transitadas del centro histórico.

Desde las 5 de la mañana hasta las 10 de la noche gritaba, “¡Lleve su Excelsior, El  Universal!” Las noticias del día. Pero cada peso que ganaba vendiendo periódicos tenía un  propósito secreto. Gabriel estaba ahorrando para algo que nadie en su familia entendía. Quería tomar clases de canto. A los 12 años,  con sus propios ahorros, pagó sus primeras lecciones con un maestro del barrio.

Ahí aprendió técnica, respiración, control vocal. Ahí comenzó a forjar al artista que conquistaría continentes enteros. También trabajó como panadero, como ayudante en una carnicería, como lo que fuera necesario, pero nunca dejó de cantar, nunca dejó de soñar. En las noches, cuando todos dormían, Gabriel se paraba frente al espejo roto de su cuarto y ensayaba una y otra vez hasta que su voz alcanzara la perfección que él imaginaba.

La metamorfosis de Gabriela Javier. En 1950, con apenas 19 años, Gabriel tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre. Se presentó a una audición en la XCW,  la catedral de la radio, la estación más importante de México. El nerviosismo casi lo paraliza, pero cuando abrió la boca y comenzó a cantar, todos en el estudio quedaron en silencio.

Emilio Azcárraga Vidaurreta, el dueño de la estación, estaba presente ese día. Después de escucharlo, le dijo algo que Gabriel nunca olvidaría. Tienes una voz que puede conquistar el mundo, pero ese nombre no te sirve.  Necesitas uno que la gente recuerde, uno que suene a estrella. Fue el propio Azcárraga quien le sugirió Javier Solís.

Javier por San Francisco Javier, el santo patrono de su padre y Solís porque significaba sol en latín, representando la luz y el brillo que él traería a la música mexicana. Gabriel Siria Levario había muerto. Nacía Javier Solís. Los primeros años no fueron fáciles. Aunque tenía un contrato con la radio, el dinero apenas alcanzaba.

ganaba alrededor de 300 pesos mensuales, una miseria comparada con lo que vendría después. Pero Javier era incansable. Cantaba en la radio por las mañanas, en cabarets por las noches, en fiestas privadas los fines de semana. En 1952 lanzó su primera grabación Llorarás. No fue un éxito inmediato. De hecho, vendió apenas 200 discos en el primer mes, pero Javier no se rindió.

Siguió grabando, siguió perfeccionando su estilo,  siguió buscando esa canción que lo catapultara a la fama. El nacimiento del bolero ranchero. La revolución  musical. 1955 fue el año del milagro. Javier Solís lanzó Sombras,  una canción que fusionaba el bolero tradicional con el mariachi ranchero. Nadie había hecho eso antes.

Los  puristas dijeron que estaba arruinando la música mexicana. Los críticos lo tacharon de atrevido e irrespetuoso, pero el público tenía otra opinión. Sombra se convirtió en un fenómeno. Las ventas explotaron.  De repente, Javier Solís estaba en todas las estaciones de radio, en todas las rócolas del país.

La gente bailaba al ritmo de su nueva propuesta musical. Había nacido el bolero ranchero y su creador era Javier Solís. El álbum completo vendió más de 500,000  copias solo en México, una cifra astronómica para la época. Cada disco se vendía en 25 pesos, lo que significaba que ese álbum generó más de 12,500,000 pesos en ventas brutas.

Javier por su contrato recibía el 8% de las ventas, un millón de pesos. En un solo año había pasado de la pobreza a tener más dinero del que jamás imaginó. Pero el verdadero boom llegó en 1956  con payaso. Esta canción no solo arrasó en México, sino que cruzó fronteras. Se escuchaba en toda Latinoamérica, en España, incluso en Estados Unidos, entre la comunidad hispana.

Las presentaciones en vivo se multiplicaron. El teatro Blanquita en Ciudad de México vendía sus localidades en minutos cuando anunciaban a Javier Solís.  Su estilo era único, inconfundible. Tomaba boleros románticos y los interpretaba con la fuerza del mariachi. Tomaba canciones rancheras y les añadía la suavidad del bolero.

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