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La Canción Que Nino Bravo Le Cantó A Su Tierra… Y El Mundo Entero Sintió Como Suya

La Canción Que Nino Bravo Le Cantó A Su Tierra… Y El Mundo Entero Sintió Como Suya

A veces cantas sobre tu hogar y el mundo entero reconoce el suyo. Nino Bravo graba una canción sobre su tierra, sobre las calles donde creció, sobre el olor de su infancia, sobre ese lugar que lo vio nacer. Pero cuando esa canción cruza el océano, algo extraordinario sucede.  En México, la escuchan y sienten que les canta a ellos.

En Argentina la sienten suya. En Chile, en Colombia, en cada rincón del mundo donde alguien dejó algo atrás. ¿Cómo una canción sobre un lugar se convirtió en la  canción de todos los lugares? Porque a veces cuando cantas sobre lo que amas, el mundo entero se reconoce en tu voz. Pero antes de seguir, déjame preguntarte algo.

 ¿Alguna vez escuchaste  una canción que te hizo llorar sin saber por qué? Una canción  que hablaba de un lugar que nunca visitaste, pero que sentiste  como tuyo. Escríbelo en los comentarios porque lo que voy  a contarte tiene que ver exactamente con eso. Valencia, 1946. Un niño de apenas dos años llega con su familia a la ciudad  desde un pequeño pueblo llamado Aielo de Malferit.

Su padre necesita trabajo, su madre un futuro para sus hijos y Valencia, con sus calles estrechas y su olor a naranjos, promete oportunidades que el pueblo  ya no puede dar. Se instalan en el barrio de Sagundo, calle visitación. Y ese niño, Luis Manuel Ferry Yopis, crece entre las fallas, las bandas de música y el sonido de una ciudad que nunca duerme.

A los 16 años, mientras otros sueñan con ser futbolistas  o médicos, él entra a trabajar en la joyería Casa Amat, lapidario, pulidor de diamantes, manos  firmes, ojos precisos, paciencia de orfebre. Pero por las  noches, cuando cierra la joyería y regresa a casa, canta.

 Canta en las verbenas, en las  presentaciones de falleras, en los bailes del barrio y su voz. Su voz no es como las demás. Es un torrente,  un río desbordado, una fuerza de la naturaleza. Sus amigos lo miran asombrados, su familia orgullosa. Pero nadie,  nadie imagina todavía lo que esa voz está destinada a hacer.

En 1961, con apenas 17 años, forma un grupo con dos amigos, los hispánicos, tres muchachos con dos guitarras y un sueño. Tocan en fiestas, en veras, en cualquier rincón que los contrat y Valencia empieza a hablar de ellos. Ese chico de la calle Visitación, ese tal Manolito, tiene una voz increíble.

 Pero entonces llega el servicio militar.  Marina, Cartagena, 1966. Y Luis  Manuel, lejos de casa, lejos de su música, lejos de todo lo que ama, se hunde.  Escribe una carta a su amigo Vicente. Lo he pensado muy bien. Esto de la música moderna, a pesar del dinero que ahorramos y de las fans, no es suficiente.

Yo nunca seré como Doménico modno. No cantaré más. Vicente lee esas líneas y entiende. No es renuncia, es desesperación. La soledad del cuartel, la distancia de la tierra, el miedo a no ser suficiente. ¿Alguna vez quisiste renunciar  a tu sueño? ¿Alguna vez pensaste que no era suficiente? Me gustaría leerte porque lo que sigue es lo que pasa cuando alguien no te deja rendirte, pero Vicente no se rinde.

Cuando Luis Manuel regresa a Valencia en 1968,  su amigo ya ha movido cielo y tierra. Ha conseguido una cita con Miguel Ciurán, locutor de Radio Popular.  Tienes que escucharlo, le dice Vicente. Tienes que oír lo que hace con su voz. Y cuando  Siurán lo escucha, lo sabe.

 Este muchacho de la calle Visitación no es un cantante más, es un fenómeno  esperando a suceder. Barcelona, 1934. En una familia donde la música no es una profesión, sino un apellido, nace Augusto Algueró Dasca. Su abuelo, Manuel Algueró, fue pianista y director  de compañías de Sarzuela. Su padre Augusto Algueró Algueró es  compositor, arreglista, empresario musical, fundador de la editorial  Canciones del Mundo.

Y el pequeño Augusto, el tercero en llevar ese nombre, crece rodeado de partituras, pianos,  orquestas y la certeza de que la música es su destino. Pero  su padre tiene otros planes. Medicina le dice, “Quiero que seas médico.” Y Augusto lo intenta. Se matricula, asiste a clases, estudia anatomía mientras su cabeza  compone melodías, pero es imposible porque cuando la música te llama  no puedes fingir que no la escuchas.

 Tu familia quiso que fueras algo que no eras. Te pidieron que renunciaras a lo que amabas. A los 16 años, Augusto abandona medicina y se entrega por completo al Conservatorio Municipal de Barcelona y a esa misma edad gana el premio al virtuosismo de piano, el  virtuoso, el prodigio, el heredero de un legado musical que se remonta a tres generaciones.

Pero Augusto no quiere ser pianista clásico. Estudia a los grandes orquestadores de  Easy Listening, Paolo Mantovani, Frank Pursel, Michelle Legrand. Aprende el arte de los arreglos envolventes, las cuerdas acariciantes, los arreglos que hacen que una canción pase de ser buena, a ser inolvidable.  Y en 1961 su vida cambia para siempre.

  El sexto festival de Eurovisión se celebra en Cans. España participa  por primera vez y la canción elegida Estando contigo  está compuesta por Augusto Algueró. Conchita  Bautista la interpreta ante toda Europa. Noveno puesto. No ganan, pero no importa. Porque España acaba de descubrir a su compositor más importante.

  A partir de ese momento, todo lo que Augusto toca se convierte en oro. Tómbola para Marisol. Éxito Arrollador. Canción de juventud para Rocío Durcal.  Estrellato instantáneo Chica Yeye para Concha Velasco, un sobrenombre que la acompañará  toda su vida. Y en 1969  compone Penélope para Joan Manuel Serrat.

 La canción gana el festival  internacional Dansan Sound de Río de Janeiro. Serrat, mejor interpretación. Algueró, mejor composición. Reconocimiento  internacional. Pero Augusto no se conforma. Compone más de 90 bandas sonoras para cine y televisión. gana la rosa de oro del festival de Montreu, la ninfa de oro  del festival de Montecarlo y entre todos esos proyectos, entre  todas esas canciones, entre todos esos éxitos, conoce a un joven cantante valenciano con una voz que parece salida de otro mundo. 

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