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El Puma: Por ESTO Se Rió de la Muerte de Sus Hijas

Y en 1963 un golpe de suerte le cambió la vida cuando el legendario director de orquesta Villo Frometa, lo escuchó y lo metió en la Villos Caracas Boys, nada menos que para reemplazar al bolerista más querido del momento. Ahí empezó a sonar su nombre despacio, todavía a la sombra de otros. Y entonces apareció Lila.

El flechazo fue inmediato, según contaron los dos durante años. El noviazgo llenó páginas de revistas. Hasta se dijo que la propia madre de José Luis se oponía a esa relación. Pero el 27 de junio de 1966, ante un país que los miraba como si estuviera viendo nacer una dinastía, se casaron. Imagínate la foto.

Dos artistas jóvenes, hermosos, famosos, firmados por el mismo sello disquero. Grababan juntos, actuaban juntos, le compusieron una canción a su primera hija y la titularon con su nombre. Venezuela los adoraba como a la versión tropical de la realeza. Pero guarda este detalle porque va a perseguir toda la historia hasta el último minuto.

Las parejas que nacen bajo demasiada luz a veces empiezan a pudrirse más rápido en la sombra. Y aquí quiero que cierres los ojos un momento y te acuerdes de cómo era esa época. Porque tú la viviste o se la escuchaste contar a tu madre. Era el tiempo en que la televisión apenas entraba a las casas y se volvía de golpe parte de la familia.

Tú llegabas de trabajar o de la escuela o de la cocina, prendías ese aparato pesado de madera y ahí estaban ellos cantando, sonriendo, metiéndose en tu sala todas las noches como si los conocieras de toda la vida. No había internet, no había mil pantallas. Había una sola y lo que pasaba en ella era un acontecimiento que al día siguiente comentabas con la vecina.

En ese mundo, una pareja de artistas casados era casi un cuento de hadas en vivo. La gente seguía cada paso, cada disco, cada aparición. Lila y José Luis grababan sencillos juntos, salían en la misma pantalla, posaban para las mismas portadas. Le pusieron Liliana una canción y se la dedicaron a su primera hija y el país entero la cantó como si fuera de todos.

Para una muchacha de aquella época, ver a Lila Morillo era ver lo que podía llegar a hacer cuando se atrevía a ocupar su lugar. Por eso importa tanto lo que vino después, porque cuando una mujer así se apaga, el golpe va mucho más allá de ella. se vuelve una advertencia para todas las demás. El 26 de abril de 1967 nació Liliana.

El 12 de junio de 1969 nació Lilibet. Dos niñas que crecieron entre micrófonos, camerinos, giras y flashes. Desde afuera parecían tocar el cielo con las manos. Dos estrellas por padres, una casa llena de privilegios, la vida entera conectada al centro mismo del espectáculo. Pero ya lo sabes y lo sabes porque a lo mejor lo viviste de cerca con alguna familia que conociste.

El lujo no protege a nadie del vacío. A veces lo vuelve más cruel porque desde la calle parece un palacio mientras por dentro ya empieza a agrietarse. Y la grieta empezó por donde menos se ve. Porque mientras las niñas crecían, la carrera de José Luis despegó con una fuerza que nadie había previsto. Vinieron las telenovelas.

Vino el personaje que le daría su apodo para siempre, un hombre salvaje, sensual, que se enfrentaba a un felino en el monte. A partir de ahí lo llamaron el puma y el nombre se le pegó a la piel. Y aquí hay un detalle que a lo mejor no sabías. Ese apodo no se lo inventó él. Se lo dio un personaje de telenovela en una historia de las que tú veías con tu abuela, donde él interpretaba a un hombre solitario, enigmático, casi montaraz, capaz de matar a una fiera con un cuchillo.

La gente empezó a confundir al actor con el personaje, como pasaba siempre en esa época dorada de las telenovelas, y el personaje se comió al hombre. José Luis Rodríguez se fue quedando atrás y el Puma se quedó para siempre. Fíjate qué cosa, porque vas a verlo repetirse toda la historia. Desde muy temprano, este hombre fue mejor sustituyendo una versión de sí mismo por otra más conveniente que conservando la original.

Vino la balada, vino el éxito internacional y vino en 1980 una noche en Viña del Mar, en la que el público entero se vino abajo gritando por él, pidiéndole el máximo galardón mientras él cantaba, “El pavo real con todo el continente rendido a sus pies”. Y aquí están las canciones que tú conoces, las que a lo mejor cantabas mientras lavabas los platos o mientras manejabas de noche.

Culpable soy yo, dueño de nada. Agárrense de las manos. Voy a perder la cabeza por tu amor. Esa voz de tenor, limpia, poderosa, que parecía no tener techo, era la banda sonora de media América Latina. Se grabó en italiano, se presentó en San Remo, cantó al lado de los más grandes de su generación. El muchacho pobre de 11 hermanos, el hijo de un comerciante muerto, el que cantaba serenatas para que lo escucharan, se había convertido en una de las voces más importantes del mundo de habla hispana. un fenómeno, una

marca, un hombre que ya le pertenecía al continente entero. El puma estaba subiendo y Lila estaba bajando. La carrera de ella, que había sido el sol, empezaba a estancarse justo cuando la de él se incendiaba. Recuerda esa palabra porque es la palabra exacta que explica lo que vino después. Eclipsé. Lo que pasa cuando un cuerpo que brillaba queda tapado por otro que se interpone delante de la luz.

Y aquí aparece la primera mujer concreta de esta historia, la primera de varias a las que conviene ponerles nombre y rostro, porque sin ellas esto sería solo el chisme de un señor que se rió en una entrevista. Su nombre ya lo sabes. Lila Morillo. La maracucha que brillaba más que nadie, la que era famosa antes que él, la que le dio dos hijas y 20 años de matrimonio.

La mujer que un día fue la estrella y que terminó siendo a los ojos del país la expareja del ídolo. Tú a lo mejor la recuerdas cantando. Tú a lo mejor tenías uno de sus discos. Y si es así, te voy a pedir algo. No la olvides en lo que queda de esta historia, porque la industria sí la olvidó. Lo que casi nadie te contó es que la fractura de esta familia no empezó con un grito, ni con una infidelidad, ni con un divorcio.

Empezó mucho antes, en un lugar más silencioso y más difícil de nombrar. Empezó el día en que un hombre que venía de la nada decidió que quería ser el único sol de su propia historia. Y para ser el único sol, alguien tiene que quedar en la sombra. Esa noche de viña, mientras el continente gritaba su nombre, en una casa de Caracas, dos niñas pequeñas miraban la televisión.

Veían a su papá convertirse en leyenda delante de millones de personas. Lo que ninguna de las dos podía imaginar todavía era que ese mismo ascenso, esa misma luz que las llenaba de orgullo era exactamente lo que las iba a dejar afuera y que el primer paso de ese borrado lento ya se estaba dando en silencio mientras todos aplaudían.

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