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Frida Kahlo: Por ESTO Diego le Negó a Sus Cenizas el Último Deseo Que Pidió Antes de Morir

La sociedad lo veía con piedad y con miedo a partes iguales. Pero Guillermo Calo no lo escondía dentro de su propia casa. Y esa honestidad de su padre sobre la fragilidad del cuerpo. Esa honestidad, mi [música] gente, fue la primera lección que Frida aprendió antes de saber que la estaba aprendiendo. [música] Frida fue la tercera de cuatro hijas, Matilde y Adriana, las mayores.

Frida en medio y Cristina, la más [música] chiquita, la consentida, la que iba a hacerle pesar a Frida durante toda la vida la palabra hermana. Guarden ese nombre, comadres. Cristina Calo, porque vamos a volver a ella en un rato y lo que va a pasar les va a quitar el aliento. Cuando Frida tenía 6 años, le llegó la primera factura, la poliomielitis.

[música] La enfermedad que mataba niños en aquella época, la enfermedad para la que todavía no existía vacuna, la enfermedad que se llevaba por delante a unos y dejaba a otros marcados para siempre. Afrida la dejó marcada. sobrevivió, pero la pierna derecha nunca se desarrolló igual que la izquierda. Quedó [música] más delgada, quedó ligeramente más corta.

La diferencia no era enorme, no le impedía [música] caminar, no le impedía correr. Pero los niños notan y los niños no son piadosos cuando notan. [música] En la escuela le decían Frida la coja, le decían pata de palo, [música] dos palabras nada más, sin adorno, sin compasión, con esa crueldad sin imaginación que tienen los niños cuando deciden que algo distinto significa [música] algo defectuoso.

Y Frida aprendió desde muy temprano lo que significa que el mundo decida señalarla, lo que significa que su cuerpo, lo más suyo de todo lo suyo, se convierta en motivo de risa para personas a quienes ella no les ha hecho nada. A lo mejor ustedes también se acuerdan de eso, comadres, si fueron a la escuela en los años 50 o [música] 60, si crecieron en un pueblo o en un barrio donde todos se conocían, si fueron las chaparras o las gorditas [música] o las que tenían lentes o las que tenían acento.

A lo mejor ustedes también se acuerdan de lo que es que te miren como algo que no salió del todo bien. Esa herida [música] no cierra. La persona a quien señalaron por su cuerpo cuando tenía 6 [música] años se lleva esa señal hasta el último día. Y Frida Calo la cargó toda la vida. [música] Pero su padre, ese hombre que había llegado de Alemania con la maleta [música] de los cuidadosos, ese hombre que había visto el mundo desde detrás de una cámara, hizo algo que ningún padre de aquella época hacía con sus hijas.

La trató exactamente igual que si fuera su hijo varón. La llevaba con él a los museos, no de paseo, no a mirar cuadros bonitos, a aprenderlos. Le explicaba lo que veían, le hacía preguntas y esperaba respuestas reales, no respuestas de niña chiquita. le enseñó filosofía cuando los maestros de las niñas de su edad estaban enseñando bordado.

Le explicó cómo la luz entra a una cámara y se convierte en imagen, como la realidad se vuelve fotografía. Cómo una piedra puede contar [música] una historia si uno sabe mirarla. y la metió al deporte, a [música] nadar, a montar bicicleta, a boxear, boxear, comadres, boxear en 1915 a una niña mexicana con una pierna más delgada que la otra.

Esto era el escándalo del barrio de Coyoacán. Las señoras se persignaban cuando veían pasar a la hija del fotógrafo alemán con [música] guantes de boxeo. Pero Guillermo Calo no veía a una niña a la que había que proteger. Veía a una niña a la que había que enseñar que el cuerpo que tenía era el cuerpo que era y que ese cuerpo podía mucho más de lo que el mundo esperaba.

Guillermo Calo fue el único amor de toda la vida de Frida que nunca la traicionó. Eso es importante decirlo porque todo lo que viene después tiene más sentido [música] cuando se entiende que Frida supo desde muy joven lo que era ser vista de verdad, no como adorno, no como apéndice, no como hija o esposa o modelo, sino como alguien con cabeza propia y con derecho a esa cabeza.

Su padre le dio eso [música] y ningún otro hombre en su vida iba a poder sostenerse a esa altura. A los 15 años, Frida consiguió una de las cosas más difíciles [música] que podía conseguir una muchacha en el México de 1922, una beca en la Escuela Nacional Preparatoria, la institución más prestigiosa y más exigente del país. Para que se hagan a la idea, en esa escuela había 2000 estudiantes matriculados.

De esos 2000, [música] solo 35 eran mujeres. 35. Y una de esas 35 era Frida. Llevaba el pelo cortado al agarzón. Esa moda [música] que las señoras decentes consideraban escandalosa. Fumaba cigarrillos en los pasillos. Discutía de política con los muchachos con esa frontalidad que descolocaba a quienes esperaban que [música] una chica de 15 años se callara y bajara la mirada.

se metió en un grupo de estudiantes [música] que se hacían llamar los cachuchas, jóvenes que leían filosofía europea, [música] que debatían sobre comunismo y nacionalismo mexicano, que hacían bromas que a veces [música] cruzaban la línea y que lo sabían y les daba risa cruzarla y quería [música] ser médica. Ese era el plan, la medicina.

El cuerpo humano entendido desde [música] adentro, Frida iba a ser doctor hasta que el 17 de septiembre de 1925, [música] a las 5:30 de la tarde un pasamanos de metal le atravesó el cuerpo de lado a lado y el plan de ser médica se convirtió en yeso, dolor y techo. Ahora sí, comadres, aquí viene lo primero que les prometí, lo que ese accidente del tranvía le cobró durante el resto de su vida.

Las primeras semanas fueron un milagro y una agonía simultáneos. Los médicos del hospital de la Cruz Roja no esperaban que sobreviviera. Tenía 18 años y 30 puntos de daño en un cuerpo que era el de una muchacha [música] que apenas estaba empezando a ser mujer. Hicieron lo que podían hacer en 1925, que era muchísimo menos de lo que se podría hacer hoy.

Le pusieron yesos, le pusieron correas, la inmovilizaron por completo y cuando consideraron que ya no podía morir más, la mandaron a su casa. [música] 9 meses en cama, piénsenlo, comadres, 9 meses tendida, boca arriba en esa cama, [música] sin poder levantarse, sin poder sentarse, sin poder voltear el cuerpo a la izquierda o a la derecha, [música] dependiendo de su madre y de sus hermanas para todo lo que requería estar en posición vertical, mirando el techo, [música] mirando solamente el techo, mientras afuera de esa habitación el mundo seguía

existiendo. Los amigos de los cachuchas [música] seguían en los cafés del centro de Ciudad de México discutiendo de [música] Marx y de Lenin. Su novio, Alejandro Gómez Arias seguía estudiando para abogado. Las otras 34 mujeres de la preparatoria [música] seguían en sus clases y ella mirando el techo.

Doña Matilde, su madre, no sabía qué hacer. Era una [música] mujer práctica, religiosa, de las que cuando no podían hacer nada rezaban [música] y cuando podían hacer algo lo hacían sin preguntar. Rezó muchísimo en esos 9 meses y también hizo algo que ninguna de las dos sabía que iba a cambiar la historia del [música] arte del siglo XX.

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