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Edith Piaf: La Bebé Que Dejó Sola Para Cantar en la Calle. Lo Que Pasó Después la Persiguió Siempre

Vino porque el vino es barato. Vino porque el vino calma. Vino porque cuando un [música] bebé toma vino, el bebé se duerme y mientras el bebé está dormido, la abuela puede seguir con lo suyo. Esa fue la primera dieta de la mujer que se convertiría en la voz más grande del siglo XX. Vino antes que leche, soledad antes que cariño, abandono antes que canción.

Cuando el padre Louis Gion regresó del frente casi un año después y vio el estado en que la bebé sobrevivía a duras penas, hizo lo único que pudo hacer. La llevó con su propia madre, [música] una mujer llamada Luis Leontín de Shamps. Leontin vivía en un pueblo llamado Bernay, en la región de Normandía. Tenía una casa grande, tenía mujeres trabajando para ella.

Y lo que tenía Leontín, lo que el padre de Edit no le dijo a nadie durante años, era un burdel. Aguanta, mi gente, porque lo que vino después es una de las partes más hermosas y más injustas de toda esta historia. Las mujeres que trabajaban en aquella casa de Bernay eran lo más bajo que la sociedad francesa de principios del siglo 20 podía concebir.

Mujeres sin apellido, mujeres sin familia, mujeres sin futuro, mujeres a las que la sociedad despreciaba y a las que los hombres usaban y olvidaban. Esas mujeres recogieron a la niña Ediz, la vistieron, la peinaron, [música] la pasearon por el pueblo los domingos por la mañana como si fuera la cosa más natural del mundo.

Le cantaron por las noches, le enseñaron a leer con los pocos libros que tenían, le enseñaron los nombres de las flores del jardín. Le explicaron que el mundo era más grande de lo que sus ojos podían imaginar. La quisieron sin pedir nada a cambio. La quisieron sin que nadie se los pidiera. Fueron durante esos años de Bernay la única familia real que esa niña tuvo.

Y Ediz lo supo. Lo supo toda su vida. Cuando años después, en la cumbre de la fama, pudo elegir con quién rodearse, eligió siempre a personas que el mundo rechazaba. Cantes pobres, boxeadores marroquíes, compositores griegos, muchachas perdidas de los suburbios. Eligió siempre la misma compañía que la había salvado en Bernay, porque según ella misma confesó a Jan Coctu una noche de borrachera, las personas que el mundo rechaza son las que más saben querer.

Y entonces, cuando la pequeña [música] Ediz tenía aproximadamente 3 años, la tragedia más rara y más cruel apareció en su vida. Una queratitis severa, una infección de los ojos sin tratamiento adecuado en la Normandía Rural de 1917, le robó la vista. La niña quedó ciega. Los médicos del pueblo dijeron que no había nada que hacer, que se acostumbraran, que la vida sería así para ella.

Las mujeres del burdel de Bernay no aceptaron esa sentencia. Durante semanas juntaron sus propinas. Cada moneda guardada en un frasco escondido bajo el colchón, cada propina que ganaban con el único trabajo que el mundo les permitía hacer, la juntaron para llevar a la niña Ediz en peregrinación al santuario de Santa Teresa de Lisió, a menos de 40 km de Bernay.

La llevaron a rezarle a una santa para que devolviera la vista a una niña que no era de ellas. Y la niña Ediz recuperó la vista. Nadie sabe cómo. Nadie pudo explicarlo médicamente. La queratitis que los médicos del pueblo habían declarado irreversible retrocedió. Los ojos de la niña, que habían estado cerrados al mundo durante meses, [música] se abrieron.

La primera imagen que vio fue el rostro de una de aquellas mujeres llorando de alegría. Una mujer que el mundo despreciaba, llorando de alegría porque una niña ajena podía ver de nuevo. Te pido que lo pienses un momento. La primera imagen que ven los ojos recuperados de la niña, que sería Edith Piaf, es el rostro de una prostituta llorando de felicidad.

Edith Piaf llevó una imagen de Santa Teresa de Lisue consigo el resto de su vida en los camerinos, en los hoteles de Nueva York, en la villa de Placasier, donde murió. Y desde [música] aquel día esa niña aprendió que el amor verdadero, el amor que no pide nada, viene siempre de los lugares que el mundo desprecia.

Lo buscó toda su vida. Lo buscó hasta que se le acabaron el cuerpo y los años y lo encontró siempre en las personas que el resto del mundo apartaba de la mesa. A los 7 años, su padre volvió a Bernay y se la llevó. Tenía que ganarse la vida y la niña era útil. Se convirtieron en un número de calle. El padre hacía piruetas, la niña cantaba.

Si la gente se detenía, comían. Si no dormían en una pensión barata o en el quicio de algún portón. Aprendió a cantar con hambre. Aprendió a proyectar la voz hasta que la persona que cruzaba la esquina al fondo de la calle se detuviera. Aprendió a sostener una nota hasta que el cuerpo le doliera, porque las notas largas eran las que hacían llorar a los extraños y los extraños lloraban cuando soltaban más monedas.

Su técnica vocal no se la enseñó ningún conservatorio. Se la enseñó el frío, se la enseñó la cuenta vacía, se la enseñó la mirada del padre que le decía sin palabras, “Si no cantas mejor, mañana no comemos.” A los 14 años Edith decidió que ya había aprendido todo lo que su padre podía enseñarle y se fue.

Se mudó al Gran Totel de Clermont en Montmart, número 18 de la Rui Verón. compartía cuarto con una muchacha que un día, en circunstancias que nunca quedaron del todo claras, se le acercó en la calle y le dijo que eran medio hermanas, que tenían el mismo padre. Esa muchacha se llamaba Simón Berto, pero todo el mundo la conocía como Momone.

Tenía 14 años, igual que Ediz. Era pelirroja, pequeña, lista, peligrosa. Ediz la llamaría toda su vida mi mal espíritu. Y Momone sería, durante los años más duros y los años más gloriosos, la única testigo permanente de lo que Edith Piaf hizo. Sufrió, cayó y enterró. Cuando años después Edith ya era famosa y rica, sus managers intentaron borrar a Momone de su vida una y otra vez.

Y una y otra vez, en las noches en que la fama no alcanzaba para llenar el vacío, Edith llamaba a Momone y le decía que volviera, porque Momone era la única persona en el mundo que había visto a Edith antes de que fuera Edith Piaf. Y los pactos de quienes te conocieron cuando no eras nadie nunca se rompen del todo.

En el Pigalle de 1930, Ediz y Móone cantaban en las esquinas con los zapatos rotos y el estómago vacío. Era una vida miserable, pero por primera vez era completamente suya. Nadie les decía cuándo levantarse, nadie les decía dónde cantar, nadie les decía [música] con quién dormir. Eran pobres, eran jóvenes, eran libres. Y en ese pigalle, en aquel barrio que olía a tabaco barato y a vino derramado, donde los proxenetas controlaban a las cantantes de la calle como ganado, donde los protectores tomaban la mitad de las ganancias a cambio de no romperles las

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