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Vicente Fernández: Le Llevó una Rosa Azul y lo Llamó Papá… Él JURÓ No Conocerla

Llenaba estadios en Los Ángeles, en Chicago, en Texas. Y las gradas se volvían un mar de gente que lloraba con sus canciones, porque esas canciones decían lo que ellos no podían explicar, las ganas de volver a una tierra, a una madre, a una juventud que se quedó del otro lado de la frontera. Y aquí está el detalle que le da sentido a toda esta historia, porque Vicente no solo cantaba, actuaba.

Hizo cerca de 30 películas y en casi todas hacía el mismo personaje. El charro de honor, el hombre de palabra, el padre bueno que defiende a los suyos y muere por su familia. Película tras película, México lo vio ser ese hombre, el padre ejemplar, el que protege a sus hijos con la vida, el que jamás abandonaría a su sangre.

Y la gente no separaba al personaje del actor. Para millones, Vicente Fernández era ese padre de honor en la pantalla y en la vida real. Cantaba canciones que le ponían los pelos de punta a cualquiera cuando le cantaba a la figura del padre, a la sangre, a los hijos. Era para todo México el símbolo mismo de lo que debía ser un buen padre.

Y ahora, ¿entiendes por qué esta historia duele tanto? Porque mientras el charro de honor le cantaba al amor de padre frente a millones, había una mujer sentada frente a un televisor que lo veía en eso y se preguntaba con el corazón hecho pedazos porque ese amor de padre que le sobraba para toda una nación nunca alcanzó para ella.

En esa es la contradicción que parte esta historia en dos. El hombre que se hizo inmortal interpretando al padre perfecto y la hija que asegura que en la vida real ese mismo hombre nunca la quiso mirar. Las dos cosas otra vez viviendo en el mismo cuerpo. El padre de la pantalla, amado por todos.

Y el padre de carne y hueso, que se unan a Lilia, le cerró la puerta hasta el último día. Y hay algo en esa relación de una sola vía que me parte el corazón, porque Ana Lilia no podía hablar con su padre, no podía abrazarlo, no podía ni llamarle por teléfono, pero podía escucharlo. Cada vez que prendía la radio, cada vez que sonaba su voz en una fiesta, en una cantina, en la casa de una, ahí estaba él cantándole sin saberlo a ella también.

Para el resto del mundo, esas canciones eran entretenimiento. Para Ana Lilia, según lo que ella cargaba, eran lo más cerca que iba a estar nunca de la voz de su papá. un vínculo de un solo lado. Ella lo conocía a él de memoria, su voz, sus gestos, sus canciones, su forma de quebrarse en el escenario. Y él, según el relato de ella, ni siquiera quería saber que ella existía.

Hay una crueldad muy especial en eso, en amar a alguien que puedes ver y oír todos los días, pero que jamás te va a ver ni a oír a ti. Es como amar a través de un vidrio, tú del lado de adentro mirándolo todo y él del otro lado sin saber siquiera que estás ahí. Y ese vidrio, esa pantalla fue el único hogar que Ana Lilia tuvo de su padre.

No una casa, no una mesa familiar, no un domingo juntos, una pantalla encendida y una voz que llenaba el cuarto. Por eso, cuando ella dice que esas flores de la tumba, esas lilisan un mensaje para ella, yo no la juzgo. Una mujer que solo tuvo a su padre a través de una pantalla aprende a buscar el amor en las señales más pequeñas porque es lo único que le dieron.

Esa es la parte que hace esta historia tan distinta. Porque mientras tú lo veías en tu sala y lo querías, había una mujer que lo veía exactamente igual que tú en una pantalla de lejos. Con una sola diferencia, ella estaba convencida de que ese hombre era su padre. Tú lo admirabas. Ella lo extrañaba y el televisor era lo único que las dos tenían de él.

Recuerda a esta mujer, Ana Lilia, la de la rosa azul, porque ella es el corazón de toda esta historia y va a volver una y otra vez hasta el final. Y cada vez que vuelva vas a entender un poco más lo que significa vas a pasar la vida entera tocando una puerta que nunca se abre. Pero antes de seguir con ella, tengo que contarte cómo era el mundo que hacía posible que un hombre pudiera tener una hija en secreto y borrarla sin que pasara nada.

Porque ese mundo, créeme, lo conoces. A lo mejor lo viviste en tu propia familia. En el México en el que Vicente se hizo hombre, había una regla que nadie escribía, pero que todos cumplían. El hombre podía tener su casa grande y su casa chica, su familia de enfrente y su familia de atrás. Y mientras mantuviera las dos, mientras no faltara el gasto, la sociedad entera miraba para otro lado.

A eso se le decía ser muy hombre. Y a la mujer que aguantaba, que callaba, que criaba sola al hijo de un hombre que no daba la cara, se le decía abnegada. Qué palabra tan terrible, ¿verdad? Abnegada. como si renunciar a una misma fuera una virtud y no una condena. Y aquí es donde tú entras, aunque no quieras, porque tú conociste ese mundo, a lo mejor lo viste en tu propia calle, en tu propia familia.

El tío que tenía otros hijos por ahí y todos lo sabían y nadie decía nada. El señor respetado del pueblo que mantenía dos casas, la mujer que crió sola y que cuando preguntaban por el padre bajaba los ojos y cambiaba de tema. Para un hombre normal ese arreglo ya era injusto. Pero para un hombre que se estaba volviendo el símbolo de México era algo más, era un peligro.

Porque Vicente no solo cantaba, construía una imagen. El charro de honor, el hombre de una sola palabra, el padre de familia ejemplar que adoraba a su esposa y a sus hijos. Esa imagen valía millones, vendía discos, llenaba estadios, ponía a México a sus pies. Y una hija nacida antes de esa historia, una hija que no encajaba en la postal perfecta, era una grieta en el negocio más rentable del espectáculo mexicano.

Y para que de verdad sientas el tamaño de esa grieta, tengo que enseñarte cómo amaba Vicente a los hijos que sí reconoció, porque el contraste es lo que hace que esta historia te quite el sueño. En 1963, ya casado, formó la familia que el mundo entero conoció. Se casó con María del Refugio Abarca, Cuquita, una muchacha de 17 años.

Con ella tuvo tres hijos varones, Vicente, Gerardo y Alejandro, y años después adoptaron a una niña, Alejandra. Esos eran sus hijos, los de la apostal, los del apellido, los que el charro de honor presumía con orgullo. ¿Y sabes dónde era capaz de llegar Vicente por esos hijos? Déjame contarte algo que te va a poner la piel de gallina.

En 1998, su hijo mayor, Vicente Junior fue secuestrado. Una banda de criminales tan despiadada que los llamaban los mochadedos porque para presionar a las familias mutilaban a sus víctimas en Y con el hijo de Vicente lo hicieron. Le amputaron dos dedos de la mano y se los mandaron al padre como prueba. El muchacho estuvo secuestrado 121 días, 4 meses en cautiverio.

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