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PIOJO HERRERA : CONFESÓ POR QUÉ LE PEGÓ A MARTINOLI

PIOJO HERRERA : CONFESÓ POR QUÉ LE PEGÓ A MARTINOLI

El director técnico mexicano más famoso, ídolo de la afición mexicana en el Mundial de Brasil, ganaba 60 millones al año en la selección. Y ese mismo hombre golpeando a Martinoli endeudado sin dinero, entrenando a equipos de bajas categorías y despedido de Costa Rica. La versión que el público conoce de él es la versión limpia.

 Hoy vas a saber la oscura realidad de por qué le pegó a Martinoli. La barbaridad que ocurrió en un aeropuerto de Philadelphia. Có un entrenador que ganó tanto dinero hoy vive sin dinero y endeudado y aún más doloroso, porque su propia hija fue la verdadera responsable de su despido de la selección mexicana. Su nombre es Miguel Ernesto Herrera Aguirre.

 El mundo lo conoce como el Piojo Herrera. Y para entender cómo el ídolo más grande del fútbol mexicano cayó hasta aquí, antes tienes que ver de dónde vino. Cuautepec de Inojosa, Hidalgo. 18 de marzo de 1968. Un pueblo que a finales de los años 60 era polvo, cemento y trabajadores que se iban a las 5 de la mañana a las fábricas de la región y volvían a las 9 de la noche cansados sin haber visto a sus hijos.

 En ese pueblo nació Miguel Ernesto, hijo de una familia humilde de padres que trabajaban duro para que sus hijos no supieran lo que era la pobreza extrema, pero sí lo que era el esfuerzo de levantarse cada día antes del sol. El pequeño Miguel aprendió una cosa desde los 7 años, que su carácter iba a ser su mayor virtud y su mayor enemigo.

 Le decían que era inquieto, que era peleonero, que no se quedaba callado ante nadie y que iba a tener problemas toda la vida si no aprendía a controlarse. Nunca aprendió. Y ese mismo carácter que lo iba a llevar a ganar un mundial como entrenador 46 años después iba a ser el mismo carácter que lo iba a destruir en un aeropuerto de Philadelphia.

 Una madrugada de julio de 2015. Pero vamos por parte, Miguel jugaba al fútbol desde los 6 años en las canchas de tierra de Cuautepec con los hijos de los obreros que volvían cada noche sin tiempo para ver a sus muchachos. Jugaba de delantero, era pequeño pero rápido. Le metía la pierna a todo sin importarle el tamaño del rival.

 Y por esa actitud le pusieron un apodo que lo iba a acompañar toda la vida. le decían el piojo, por insistente, por incómodo, por imposible de sacudir. A los 14 años, su familia se mudó a la Ciudad de México buscando mejores oportunidades. Miguel entró a las fuerzas básicas del Atlante, que en aquella época era un equipo que descubría jugadores en la calle.

 Lo vieron en una cancha del barrio y se lo llevaron. Ahí empezó su camino hacia arriba. 1985, el Piojo, con 17 años debutó en la segunda división mexicana con los coyotes de Nesa. Era delantero, marcaba goles de cabeza, pesaba 65 kg, pero peleaba cada pelota como si fuera la última de su vida.

 Y ese mismo año su equipo salió campeón. lo subieron a las elecciones juveniles. En 1987 participó en el premundial sub20, recorrió Centroamérica, conoció Francia y por primera vez en su vida salió de México. Pero lo que nadie sabía en ese momento era que Miguel había nacido para ser director técnico, para mandar, gritar y tomar decisiones en segundos, no para meter goles.

 Su carrera como futbolista fue corta y discreta. 22 de mayo de 1988 debutó en primera división mexicana con los tecos de la UAG contra el Atlas en Guadalajara. Tenía 20 años y un sueño que 3 meses después se iba a romper porque Miguel en el primer entrenamiento con los Tecó le dijo al entrenador que no estaba de acuerdo con la formación.

Al segundo entrenamiento le dijo al capitán del equipo que no estaba de acuerdo con su forma de juego y al tercer entrenamiento le dijo al presidente del club que no estaba de acuerdo con el contrato que le habían firmado. Tres días, tres conflictos. A los 6 meses lo cambiaron al Santos Laguna, a los 12 meses al Atlante, a los 24 meses al Querétaro y a los 36 meses a los toros Nesa.

 Nadie lo quería, pero todos lo necesitaban porque dentro de la cancha Miguel era un perro, un peleador, un soldado que no se rendía por nada y fuera de la cancha era un dolor de cabeza para cualquier directiva. En 1992 conoció al hombre que lo iba a marcar para siempre como entrenador y como persona, como ídolo y como hijo adoptivo del fútbol argentino en México.

Su nombre era Ricardo La Volpe, argentino, campeón del mundo con Argentina en 1978, exportero, director técnico con una personalidad más fuerte que la de Miguel. Lo conoció en el Atlante, lo tomó bajo su ala, le enseñó a pensar el fútbol de una manera distinta, a leer una cancha, a mandar a los jugadores con la mirada y le enseñó algo que Miguel nunca olvidó.

 Le dijo una tarde después del entrenamiento una frase que el piojo iba a repetir 20 años después en cada rueda de prensa. Le dijo, “Miguel, el fútbol es como la vida. Si no estás dispuesto a pelearte con quien sea para defender lo que es tuyo, mejor no te metas en este negocio. El piojo asintió esa tarde y se prometió a sí mismo que nunca iba a dejar que nadie lo pisara.

 Y aquí es donde la historia empieza a oscurecerse, porque ese mismo orgullo, ese mismo carácter, esa misma decisión de pelearse con quien fuera por defender lo suyo, iba a ser el motor que lo llevó hasta la cumbre del fútbol mexicano como director técnico y también iba a ser el motor que lo lanzó por un acantilado dos veces en 10 años. Pero vamos por orden.

Miguel se retiró como futbolista en el año 2000, a los 32 años con el Atlant, donde había terminado su carrera sin pena ni gloria. 12 goles en cinco temporadas de primera división. Un currículum que nadie recordaba. Dos meses después de retirarse lo llamaron para ser auxiliar técnico del propio Atlante.

 17 de febrero de 2002, día que cambió su vida para siempre. El Piojo, con 33 años debutó como entrenador del Atlante en partido oficial de primera división contra los Tigres en el estadio azul de la Ciudad de México. Ganó 2 a 1 y desde esa tarde Miguel supo que había encontrado su lugar en el mundo. Durante los siguientes 11 años el piojo recorrió bancos de toda la liga mexicana, Atlante, Veracruz, Monterrey, Tecos y de regreso al Atlante.

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