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Vivien Leigh: El Mundo Entero la Quería… y Murió Sola

Su padre, hombre inquieto y bohemio, la sacó del convento años después y la llevó de viaje por Europa. Estudió en Italia, en Francia, en Alemania, en Austria. Cambió de colegio, de ciudad. de idioma. Una y otra vez aprendió a hablar francés con fluidez, a moverse en los salones europeos, a observar a la gente con la mirada atenta de quien siempre es la recién llegada, la extranjera, la que tiene que ganarse un lugar en cada sitio nuevo.

A los 19 años regresó a Londres con una idea fija clavada en la cabeza, el teatro. Aquella cromesa de la infancia seguía intacta. De aquellos años errantes por Europa, Vivian sacó algo que la marcaría para siempre. Aprendió a ser camaleónica, a adaptarse a cualquier ambiente, a cualquier idioma, a cualquier salón. Aprendió a leer a las personas en segundos, a saber qué esperaban de ella y a dárselo.

Era encantadora, divertida, brillante en una conversación, pero esa misma facilidad para convertirse en lo que los demás querían escondía una pregunta inquietante que la perseguiría toda la vida. Detrás de todos esos rostros, de todos esos papeles, ¿quién era Vivian? Era una pregunta peligrosa y todavía faltaban muchos años para que cobrara todo su sentido.

Se inscribió en la escuela de arte dramático más prestigiosa del país, pero entonces, justo cuando empezaba a perseguir su sueño, apareció un hombre. Era abogado, 13 años mayor que ella, elegante, serio, reservado, todo lo contrario al mundo del espectáculo. Vivian, joven y hermosa, se enamoró de esa solidez. Se casaron en diciembre de 1932 y poco más de un año después, en 1933, nació su hija.

A los 20 años, Vivian Hartley tenía una casa hermosa, un marido respetable, una niña en brazos. tenía exactamente todo lo que se suponía que debía desear una mujer de su tiempo y de su clase y no podía con esa vida. La asfixiaba porque la promesa que se había hecho a sí misma en aquel pasillo de convento seguía ardiendo dentro de ella más fuerte que nunca.

La maternidad, el matrimonio, la respetabilidad. Nada de eso lograba apagar aquel fuego. Al contrario, cuanto más trataba de ser la esposa perfecta, más sentía que se ahogaba. Volvió a las clases de teatro, consiguió papeles minúsculos en el cine y en la cena y adoptó un nombre artístico que la acompañaría para siempre.

tomó el segundo nombre de su marido y transformó el suyo propio en algo más luminoso. Así nació Vivian Lee. En 1935 le llegó la oportunidad que lo cambió todo. Una obra de teatro con un papel pequeño, casi secundario. Pero la noche del estreno ocurrió algo que nadie había previsto. El público no podía dejar de mirarla.

No era solo que fuera bella, que lo era de una manera casi irreal, era otra cosa, una luz, una presencia, un magnetismo que hacía imposible mirar a otro punto del escenario cuando ella estaba ahí. Y detrás de esa belleza había una actriz que trabajaba como pocas. tenía una memoria prodigiosa.

Le bastaba leer un texto una o dos veces para sabérselo de memoria entero. Estudiaba a sus personajes hasta el último gesto. Ensayaba sin descanso. Para Vivian, la belleza nunca fue suficiente. Le dolía incluso que la gente se quedara solo en su cara y no viera el trabajo y la inteligencia que ponía en cada papel. Al día siguiente, los periódicos de Londres no hablaban de la obra, hablaban de ella, de esa joven desconocida que había eclipsado a todo el reparto sin apenas pronunciar palabra.

En una sola noche, Vivian Lee dejó de ser una aficionada y se convirtió en la nueva sensación de la ciudad. Los productores la buscaban, los fotógrafos la perseguían, los contratos llegaban, la promesa del convento empezaba por fin a cumplirse y entre quienes acudieron a verla actuar, había un hombre que iba a cambiarle la vida para siempre.

Tenía 28 años y ya lo consideraban el actor más brillante de su generación, un genio del escenario destinado a la leyenda del teatro inglés. Después de la función fue a felicitarla. Se dieron la mano y algo en ese instante se encendió entre los dos, algo que ninguno de los dos supo ni quiso apagar. Había un problema enorme. Él estaba casado. Ella estaba casada.

Ambos tenían hijos pequeños en casa. Nada de eso importó. En 1937 los pusieron a actuar juntos en una película. interpretaban a dos enamorados y cuando terminó el rodaje ya no estaban actuando. La atracción entre Vivian Lee y aquel actor se había convertido en una pasión arrolladora, prohibida, imposible de esconder.

Una de esas historias de amor que parecen demasiado intensas para ser reales. Era un amor que lo devoraba todo. Se buscaban en cada descanso del rodaje, se escribían cartas encendidas, vivían pendientes el uno del otro con una intensidad que asustaba a quienes los rodeaban. Él diría mucho después que perdió la cabeza por ella de una manera que no había sentido jamás ni volvería a sentir.

Y Vivian, que llevaba toda la vida buscando a alguien capaz de llenar aquel vacío del primer abandono, creyó haber encontrado por fin su lugar en el mundo. Eran jóvenes, hermosos, talentosos y estaban convencidos de que aquel amor los salvaría de todo. Ninguno de los dos imaginaba entonces lo que el destino les tenía reservado, que esa misma pasión tan luminosa al principio acabaría poniéndose a prueba contra una enfermedad que ningún amor, por grande que fuera, podía curar.

Pero esa pasión tenía un costo. Los dos estaban casados y en la Inglaterra de los años 30 abandonar a un cónyuge y a un hijo era un escándalo mayúsculo. Hubo lágrimas, reproches, conversaciones imposibles. Vivian dejó atrás al abogado serio que la había querido a su manera y dejó algo todavía más difícil de explicar, el contacto cotidiano con su pequeña hija que se quedó con el padre.

Vivian eligió a ese hombre y eligió su carrera por encima de casi todo lo demás. Años después, confesaría que si no hubiera sido tan ambiciosa, quizá muchas cosas habrían sido distintas, pero el fuego de aquel sueño de infancia ardía demasiado fuerte como para apagarlo. Fue en esos meses cuando Vivian hizo algo que dejó a todos con la boca abierta.

había leído una novela estadounidense que se vendía por millones de ejemplares en todo el mundo y con una seguridad que rozaba el atrevimiento le declaró a un periodista que ella interpretaría a su protagonista en la película que todo Hollywood soñaba con producir. Hay que entender lo que significaba aquello. Era el papel más codiciado del planeta, el personaje por el que cientos de actrices estadounidenses, todas famosas, todas consagradas, estaban dispuestas a lo que fuera.

y una inglesa casi desconocida anunciaba tan tranquila que sería suyo. Sus amigos se rieron. Le dijeron que ni siquiera era estadounidense, que era una recién llegada, que era una locura. Y ella, con una sonrisa, respondió, “Él no va a interpretar al galán, pero yo voy a interpretar a la heroína. Espera y verás.

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