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La TRÁGICA Vida de Farah Diba la Última Emperatriz de Irán

Se hospedaron en el Old Cataract y luego en una residencia sobre el Nilo. Entre las palmeras y las aguas tranquilas, Fara intentó reconstruir una rutina, estudiar, rezar, atender al sha, escribir a quienes seguían [música] fieles. Pero Egipto no podía ser eterno. Las presiones diplomáticas aumentaban, la región ardía y la presencia del depuesto monarca empezaba a ser un problema. Había que marcharse otra vez.

Desde el oeste llegó la siguiente mano tendida. El rey Hassán I de Marruecos, que comprendía demasiado bien cuán rápido podía tambalearse un trono. En Marraques fueron instalados en el palacio de Yanán el Quevir, rodeado de muros, naranjos y fuentes. Un lujo exquisito pero con sabor a encierro. Fara trataba de convertirlo en hogar, horarios para los hijos, clases privadas, paseos por los jardines.

Mientras tanto, el sha, cada vez más frágil, pasaba horas pegado a la radio. BBC, emisoras extranjeras, nombres conocidos eran anunciados como [música] detenidos, juzgados, ejecutados. Pronto, cada nombre era un rostro, una lealtad, una historia que se apagaba. Las noticias de Teerán eran como cuchillos.

Regreso triunfal de la Yatola Homeini, instauración de la República Islámica, juicios revolucionarios, fusilamientos. La familia comprendió que el desquenso temporal se había convertido en exilio definitivo. Marruecos, que al principio fue refugio, [música] comenzó a sentirse como sala de espera. La presión iraní crecía, [música] el ambiente político internacional cambiaba y la hospitalidad del rey Hassán, aunque nunca abiertamente retirada, se volvía más tensa.

Los antiguos soberanos empezaron [música] a notar el peso de las miradas, la extensión de los rumores, la sensación de ser un problema diplomático con piernas. Fara, mientras cuidaba al shafermo, asumió también el papel de escudo. Filba noticias, organizaba comunicaciones, hablaba con abogados, exministros, aliados dispersos. Intentaba mantener viva una estructura que ya no existía.

Sabía que su tiempo ahí se acababa. [música] La siguiente etapa fue tan inesperada como simbólica, Bahamas. [música] A través de gestiones discretas de amigos influyentes como David Rockefeller y Henry Kissinger, se pactó su traslado a Paradise Island. El nombre prometía respiro. La realidad fue un espejismo.

Una villa alquilada frente al mar, palmeras, arena [música] blanca, pero sin reconocimiento oficial, sin estatus, sin protección plena. De ser recibidos con honores, pasaban a ser [música] huéspedes incómodos con visado temporal. La seguridad dependía de escoltas privadas. [música] Fara organizaba clases, comidas, intentaba que los niños se bañaran en la playa y rieran como adolescentes normales.

Pero detrás de cada risa había [música] miedo. El shape empeoraba. El clima húmedo lo agotaba, el dolor crecía, la sensación de abandono también. Se sentía traicionado por todos, por su pueblo, por socios occidentales, por un sistema que lo había usado y luego descartado. Las restricciones legales y [música] políticas convertían cada día en una cuenta atrás.

Bahamas fue un purgatorio silencioso. Cuando la salud del Sha [música] exigió algo más que cuidados básicos, apareció México como nueva opción. Cuernavaca los recibió con luz suave y jardines en flor. Por un instante parecía posible respirar. Se instalaron en una residencia amplia. El shaenó a trabajar en sus memorias Answer to History.

Decidido a dejar su versión escrita. Fara lo ayudaba [música] ordenando papeles y recuerdos, sosteniendo una narrativa cuando su propia vida parecía [música] desilacharse. Pero el linfoma avanzaba. Los médicos mexicanos hacían lo posible. Pero las recomendaciones señalaban a hospitales especializados en Estados Unidos.

Empezó entonces una batalla [música] diplomática silenciosa. Dentro de la administración Carter, unos defendían el acceso del exaliado por razones [música] humanitarias. Otros advertían que su entrada sería gasolina sobre [música] el fuego de la revolución iraní. Mientras Washington dudaba, Fara se movía sin [música] descanso. Llamadas, mensajes, súplicas.

Su prioridad era una. salvar a su esposo. Finalmente se autorizó su ingreso limitado a Estados Unidos para tratamiento. [música] Otra noche, otro destino con promesas ambieguas. En Nueva York, el Sha [música] fue admitido en el New York Hospital bajo identidad encubierta. El secreto [música] duró horas.

Cuando se hizo público, Teerán estalló. Para el régimen iraní, aquello confirmaba su relato. [música] Estados Unidos seguía protegiendo al tirano. Las protestas crecieron hasta que un grupo de estudiantes [música] iraníes irrumpió en la embajada estadounidense en Teerán y tomó rehenes. La presencia del Shine enfermo en Nueva York se convirtió en el catalizador visible de una crisis mundial.

Dentro del hospital, Fara vivía otra realidad paralela. Pasillos blancos, médicos hablando en susurros, máquinas, informes. Cuidaba a su esposo mientras fuera su nombre, incendiaba pancartas [música] y titulares. La gratitud se mezclaba con la angustia. Sabía que cada día ahí complicaba aún más su situación. Y así fue.

Presionado por la crisis de los rehenes, el gobierno estadounidense decidió sacarlos de la vista pública. El siguiente traslado fue a Texas, a la base de Lland, con la promesa de más seguridad. Pero al llegar, la familia se encontró alojada en un ala de hospital psiquiátrico militar con ventanas fijas, [música] corredores lúgubres y un control casi total de movimientos y visitas.

Para Fara, aquello fue una humillación insoportable. No reclamaba privilegios de palacio, pero sí un mínimo de dignidad. Veía al sha agotado y avergonzado, reducido a paciente incómodo, convertido en carga diplomática. Sus hijos, al verlo, comprendieron que su mundo no solo se había derrumbado, había sido confinado. Las negociaciones continuaron.

México no quería su regreso. Europa cerraba puertas. Irán exigía su entrega. Entre opciones mínimas y silencios incómodos surgió Panamá. El general Omar Torrijos aceptó recibirlos. [música] Era una jugada política, no un gesto sentimental, pero era salida. Así llegaron a la isla de Contadora, Villas de lujo, mar perfecto, brisa suave, una belleza tan impecable que casi parecía cruel.

La familia fue instalada en una casa amplia con vistas espectaculares. Había guardias en la entrada, patrullas discretas, personal designado. Al principio se les habló de seguridad reforzada, de protección ante cualquier intento de atentado, pero pronto resultó evidente otra cara de esa vigilancia. La isla, hermosa y aislada, era el lugar perfecto para tenerlos controlados.

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