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La Cinta Prohibida de Pedro Infante Que Hollywood Intentó Borrar

 

Cuando Pedro Infante salió de los estudios de la RKO en Hollywood el 12 de marzo de 1956, sabía que acababa de firmar su sentencia de muerte profesional. No había disparado un arma, no había robado nada, pero lo que llevaba escondido bajo su chaqueta era más peligroso que cualquier crimen.

 47 minutos de película en formato 16 mm que documentaban algo que Hollywood jamás quería que el mundo viera. La verdad, la verdad sobre cómo trataban a los actores mexicanos, la verdad sobre el racismo sistémico. La verdad que podía destruir carreras, arruinar estudios y cambiar la historia del cine para siempre. Esa noche, en su pequeño apartamento de Los Ángeles, Pedro no durmió.

 Fumó un paquete completo de cigarros mientras miraba los rollos de película sobre su mesa. Su mano temblaba, no por miedo, sino por rabia contenida durante años. años de sonrisas forzadas de sí, señor cuando querían decir váyanse al de aceptar papeles degradantes solo para mantener su carrera viva en el mercado americano.

 Su compañero de cuarto, el actor mexicano Roberto Cobo, entró a la sala. Lo hiciste, Pedro asintió sin voltear. Lo hice todo. Cada humillación, cada insulto, cada puerta cerrada por ser mexicano. Todo está ahí en esos rollos. Roberto se sirvió un whisky con manos temblorosas. Estás loco comp. Cuando los estudios descubran esto, no solo te van a destruir a ti.

 No destro toos a cada actor mexicano en Hollywood. Entonces que sepan que nos destruyeron por decir la verdad, no por quedarnos callados como cobardes. Cobardes. Pedro, yo tengo esposa, dos hijos. Tú tienes millones de fans en México que dependen de que siga siendo su ídolo. ¿Crees que les va a gustar saber que su Pedro Infante es un agitador político? No soy agitador.

 Soy un hombre cansado de ser tratado como ciudadano de segunda clase en un país que presume de libertad de igualdad. Se volteó hacia Roberto. Sus ojos estaban rojos, no de llanto, sino de noche sin dormir. ¿Sabes qué me dijeron la semana pasada en la audición para Hiant? que mi acento era demasiado mexicano. Demasiado mexicano para interpretar a un mexicano.

 Roberto, ¿entiendes la ironía enfermiza de eso? Roberto se sentó pesadamente. Lo entiendo. Créeme que lo entiendo. Pero hacer una película sobre eso, documentar todo, usar tu fama para exponerlos, eso no es valentía, es suicidió. Tal vez, pero si me voy a morir profesionalmente, al menos moriré habiendo dicho algo que importa. Bebieron en silencio.

 Afuera, los ángeles brillaba con sus luces de neón, la ciudad de los sueños, la fábrica de ilusiones. Pero para Pedro esas luces se habían convertido en algo diferente, en faros que iluminaban la hipocresía. Marzo de 1955. Un año antes, Pedro había llegado a Hollywood con sueños enormes. Ya era una superestrella en México.

 Películas como nosotros, los pobres y ustedes, los ricos, lo habían convertido en el actor más amado del país. Cantaba, actuaba, era carismático, tenía todo para triunfar en Estados Unidos. O Pensaba. Su primer día en los estudios de la RKO fue una cachetada de realidad. El productor ejecutivo, un hombre llamado Howard Juges, ni siquiera se levantó cuando Pedro entró a su oficina.

 Two al Mexican Kuner Verdad. Soy Pedro Fonte, señor Huges, actor y cantante. Juges miró unos papeles sin interés real. Sí, bueno, aquí eso no importa. Aquí eres lo que nosotros digamos que eres. Tenemos un papel para ti en una película del oeste. Interpretes a Unbandito. Pedro sintió algo retorcerse en su estómago.

Un bandito. Señor Jugues, en México interpreto héroes, personajes complejos, historias románticas. Aquí no estás en México, muchacho. Aquí interpretas lo que te damos o te regresas en el próximo barco. Bueno, en realidad llegué en avión. Hug’s finalment low. Sus ojos fríos, calculadores. Graciousito. Perfecto.

 Usa ese humor para el papel. El bandido puede ser cómico antes de que lo maten en el segundo acto. Me matan. Todos los bandidos mexicanos mueren mechacho. Es lo que el público espera. El público americano necesita ver que el bien triunfa sobre el mal. Y adivina que tú eres el mal. Pedro salió de esa reunión sintiendo algo que nunca había sentido en México. Humillación pura.

 No por el papel en sí, sino por el tono, la condescendencia, el tú eres lo que nosotros digamos que eres. Como si fuera ganado, no un artista. Pero necesitaba el trabajo. Necesitaba establecerse en Hollywood. Así que aceptó, firmó el contrato, interpretó al bandido cómico que muere en el segundo acto. La película se llamó Border Travel y fue un fracaso comercial, pero eso no importó.

Lo que importó fue lo que Pedro vio durante la filmación. Vio como los actores blancos tenían camerinos privados mientras los mexicanos compartían uno pequeño y sucio. Vio como los directores gritaban órdenes a los extras mexicanos como si fueran perros. vio como en los descansos los actores mexicanos comían separados, no porque quisieran, sino porque la atmósfera era tan hostil que preferían el aislamiento a la incomodidad. Y vio algo más.

 Vio miedo en los ojos de sus compañeros mexicanos. Miedo a quejarse, miedo a ser reemplazados, miedo a perder el sueño americano que realmente era una pesadilla disfrazada. Una noche, después de un día particularmente brutal de filmación, Pedro se reunió con otros cinco actores mexicanos en un bar de mala muerte en el este de Los Ángeles.

Estaban ahí Arturo de Córdoba, quien ya tenía algo de éxito en Hollywood, Roberto Cobo, Lupita Tobar y dos actores menos conocidos, José y Manuel. Arturo, el mayor del grupo, fue directo al punto. Llevamos años aguantando esta  Año sonriendo mientras nos escupen. ¿Hasta cuándo vamos a seguir? Lupita, la única mujer del grupo, encendió un cigarro con manos temblorosas.

 ¿Y qué propones, Arturo? ¿Que renunciemos? ¿Qué? Volvamos a México con la cola entre las patas. Al menos en México nos tratan con dignidad. Aquí somos decoración, estereotipos ambulantes. Jose Intervino. Pero aquí está el dinero, Arturo. En México cobro 500 pesos por película. Aquí, aunque sea de extra, cobro 10 veces más.

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