La historia del entretenimiento en México cuenta con páginas doradas escritas por personajes que no solo definieron una época cinematográfica, sino que se convirtieron en mitos vivientes del imaginario popular. En el firmamento de la industria fílmica nacional, pocas figuras lograron amalgamar con tanta naturalidad la sofisticación, el misticismo y la sensualidad como las hermanas Lorena y Tere Velázquez. Durante varias décadas, sus rostros perfectos y sus magnéticas miradas dominaron las marquesinas de los cines, consolidándolas como las reinas indiscutibles del cine fantástico, de comedia y de aventuras. Sin embargo, detrás de los fastuosos vestidos de diseñador, las ovaciones del público y los flashes de la prensa, se escondía una realidad compleja y convulsa. Las vidas de Lorena y Tere estuvieron profundamente entrelazadas por un lazo de sangre inquebrantable, grandes triunfos internacionales y pasiones desbordadas, pero también por dolorosas pérdidas, imposiciones sentimentales, adicciones familiares y una tragedia médica final que apagó una de las luces más brillantes de la actuación mexicana de manera prematura.

Para comprender la dimensión de la dinastía Velázquez, es imperativo viajar a los orígenes de una familia que, casi de manera providencial, se vio arrastrada hacia las artes escénicas. María de la Concepción Lorena Villar Dondé, quien posteriormente alcanzaría la inmortalidad artística bajo el nombre de Lorena Velázquez, nació el 15 de diciembre de 1937 en la Ciudad de México. Sus padres biológicos fueron Eduardo Villar Andrade y Elda Dondé. Cinco años más tarde, en 1942, llegó al mundo su hermana menor, María de los Ángeles Teresa Villar Dondé, conocida afectuosamente por el público y sus seres queridos como Tere Velázquez. La infancia de las niñas sufrió un vuelco absoluto cuando, teniendo Lorena apenas seis años de edad, sus padres decidieron divorciarse. En una época donde las separaciones matrimoniales conllevaban un fuerte estigma social, Doña Elda Dondé se vio en la necesidad de rehacer su vida y sacar adelante a sus hijas en la gran metrópoli.
El destino jugó su primera carta fundamental a través de Manuel Dondé, hermano de Doña Elda y reconocido actor de reparto de la Época de Oro. Fue él quien, en los pasillos de la emblemática tienda Salinas y Rocha donde Elda trabajaba, le presentó al galán y actor Víctor Velázquez. Para 1946, Elda y Víctor contrajeron nupcias. Víctor Velázquez venía de un matrimonio previo con la legendaria e imponente actriz Katy Jurado, con quien ya había procreado dos hijos. Aunque no compartían lazos de sangre directos, Víctor asumió el rol paterno de Lorena y Tere con un amor y una dedicación absolutos. Fue tan profunda la huella que este hombre dejó en las futuras actrices que ambas decidieron adoptar legalmente su apellido para el ámbito profesional, honrando al hombre que consideraban su verdadero padre.
Criarse en un hogar donde el padrastro era actor y el tío una figura respetada del gremio despertó de inmediato las inquietudes artísticas de las hermanas. Lorena, poseedora de una estatura inusual para las mujeres de su generación (1,75 metros) y unos cautivadores ojos verdes, comenzó a estudiar ballet clásico desde los cinco años de edad y se educó en el prestigioso Colegio Inglés. A los trece años, ingresó a la Escuela de Bellas Artes para formarse formalmente bajo la estricta tutela del director Fernando Wagner, aprendiendo las técnicas teatrales más rigurosas de la época. No obstante, su notable crecimiento físico la obligó a abandonar el ballet clásico, ya que su altura dificultaba encontrar parejas de baile que estuvieran a su nivel. Lejos de amedrentarse, encauzó toda su energía hacia la actuación dramática, ingresando posteriormente al renombrado Instituto Andrés Soler.
Por su parte, la pequeña Tere Velázquez no se quedó atrás en cuanto a preparación. Siguiendo los pasos de su hermana mayor, complementó su educación básica viajando a San Francisco, California, donde perfeccionó el idioma inglés. A los doce años, fue inscrita en la Academia de Arte Dramático y en clases de danza. Doña Elda Dondé, la madre de las jóvenes, observaba el innegable talento de sus hijas con una mezcla de orgullo y profunda preocupación. Conocedora de los peligros, los excesos y las dinámicas complejas que imperaban en los ambientes bohemios de la farándula, Doña Elda tomó una determinación inamovible: jamás las dejaría solas. A pesar de que no comulgaba del todo con la atmósfera del espectáculo, se convirtió en la sombra protectora de Lorena y Tere, acompañándolas a cada audición, filmación y ensayo, vigilando de cerca que sus carreras se mantuvieran en los márgenes de la dignidad y el profesionalismo.
La gran oportunidad cinematográfica para Lorena Velázquez llegó de la mano del visionario director y productor René Cardona, quien vio en ella la frescura y la fuerza necesarias para protagonizar la cinta “Un mundo nuevo”, compartiendo créditos con Arturo Arias y René Cardona Jr. Para garantizar que el lanzamiento de la película fuera un acontecimiento mediático sin precedentes, los productores idearon una estrategia de marketing audaz: inscribieron a Lorena en el certamen nacional de Miss México, con la firme promesa tras bambalinas de que ella se alzaría con la corona. Sin embargo, los hilos de la política y el poder alteraron los planes económicos de la producción. En un giro inesperado, el título de la mujer más bella de México le fue otorgado a la hija del médico de cabecera del entonces presidente de la República, Adolfo Ruiz Cortínez. Lorena tuvo que conformarse con el segundo lugar, pero el impacto visual de su participación y el posterior éxito en taquilla de la película fueron más que suficientes para catapultarla al estrellato inmediato.
A partir de ese instante, la carrera de Lorena avanzó a pasos agigantados. La industria, huérfana de las grandes divas que empezaban a retirarse o a envejecer al final de la Época de Oro, buscaba con urgencia una sucesora capaz de encarnar a la mujer fatal, sofisticada y con carácter. Muchos críticos de la época comenzaron a trazar paralelismos entre los intensos ojos de Lorena y la mirada felina de María Félix. De hecho, en 1958, Lorena interpretó a una joven María Félix en la película biográfica “La vida de Agustín Lara”, compartiendo escena con el actor Germán Robles. Películas como “Una señora movida” terminaron de encasillarla en el rol de la fascinante devoradora de hombres, una etiqueta que manejó con enorme inteligencia y misterio.
Paralelamente, Tere Velázquez comenzaba a forjar su propio camino con apenas quince años de edad. Debutó en la pantalla grande en la película “La sombra del otro”, compartiendo créditos con los populares cómicos Marco Antonio Campos “Viruta” y Gaspar Henaine “Capulina”, además de la bella Ana Bertha Lepe. La gracia natural de Tere, su chispa y su extraordinaria fotogenia conquistaron de inmediato a los directores de la época. A diferencia de Lorena, quien se inclinaba con mayor facilidad hacia los papeles de misterio, drama o misticismo, Tere sentía una devoción absoluta por la comedia romántica. Solía repetir en las entrevistas que prefería mil veces hacer reír al público que hacerlo llorar, argumentando que la risa era el mejor bálsamo para contrarrestar la fragilidad emocional que experimentaba en su vida cotidiana. Esta predilección la llevó a trabajar al lado de prácticamente todos los grandes comediantes de la industria mexicana, convirtiéndose en el arquetipo de la “rubia bella, alegre y distinguida”.
A comienzos de la década de 1960, el cine mexicano atravesaba por transformaciones estructurales profundas debido a la falta de presupuestos gubernamentales y a una severa crisis financiera que amenazaba con paralizar los estudios de filmación. En medio de esta incertidumbre, un género emergente y de extracción netamente popular rescató a la industria del colapso económico: el cine de luchadores y héroes enmascarados. Lo que comenzó en 1952 con cintas modestas se transformó en un fenómeno de masas internacional a partir de las producciones de 1958 protagonizadas por Rodolfo Guzmán Huerta, artísticamente conocido como El Santo, el Enmascarado de Plata. Las tramas de estas películas eran notablemente sencillas, banales y, a ojos de la crítica especializada de la época, auténticos “churros” de bajísimo presupuesto y argumentos inverosímiles. No obstante, el público abarrotaba los cines de forma delirante, generando ganancias multimillonarias que sostuvieron a cientos de familias de técnicos y actores.
El éxito arrollador de este cine fantástico no dependía únicamente de las impresionantes llaves aéreas y la destreza física de los atletas del cuadrilátero; requería de un contrapeso visual y dramático que elevara la calidad de las producciones. Los directores entendieron que necesitaban mujeres despampanantes, hermosas y sumamente profesionales que pudieran interpretar con la misma convicción tanto a la dama en peligro como a la temible líder de una secta del mal. Fue en este escenario donde Lorena Velázquez alcanzó su consagración definitiva y mundial al protagonizar en 1962 “Santo contra las mujeres vampiro”, bajo la dirección de Alfonso Corona Blake. En esta obra cumbre del cine de culto internacional, Lorena encarnó a Zorina, la reina del inframundo y de las huestes vampíricas, ofreciendo una interpretación tan icónica que quedó grabada de forma indeleble en la historia del cine de género mundial.
Lorena filmó un total de cinco largometrajes al lado de El Santo, ganándose a pulso el pomposo título de “La Reina del Cine Fantástico”. Debido a la enorme demanda de los mercados internacionales, algunas de estas películas llegaron a filmarse en dos versiones simultáneas dentro del set: una versión casta y censurada destinada a las salas cinematográficas de México y América Latina, y otra versión mucho más atrevida que incluía escenas de desnudos parciales o totales orientada al público europeo y estadounidense. A lo largo de su vida, Lorena Velázquez fue sumamente enfática al aclarar y desmentir los rumores maliciosos de la prensa de espectáculos, confirmando que ella jamás accedió a desvestirse ante las cámaras para ninguna de estas producciones, utilizando dobles de cuerpo cuando la trama internacional así lo requería.
El impacto global de estas cintas fue algo que las propias hermanas Velázquez tardaron en dimensionar. En una ocasión, el reconocido director de cine Tito Davison invitó a Lorena y Tere a España para filmar la coproducción histórica “El rapto de las Sabinas”. Mientras las hermanas disfrutaban de una tarde de descanso tomando café en una terraza de Madrid, Tere Velázquez se quedó sin aliento al mirar hacia la acera de enfrente. En la fachada de uno de los cines principales de la Gran Vía madrileña, colgaba un cartel monumental que anunciaba con bombo y platillo la película “Santo contra las mujeres vampiro”. Al indagar con el gerente del lugar, las actrices descubrieron con asombro que la película mexicana llevaba la increíble cantidad de 72 semanas consecutivas en cartelera, superando los récords de permanencia de las producciones más costosas de Hollywood de la época.
A pesar del éxito avasallador que compartían en los escenarios teatrales de las revistas musicales y en los sets de filmación, las presiones sociales y familiares de la época comenzaron a pasarles factura en el plano sentimental. Cuando Tere apenas tenía 18 años, contrajo matrimonio con el controvertido empresario, actor y productor de origen venezolano Espartaco Santoni, a quien conoció en Madrid durante el rodaje de “El rapto de las Sabinas”. Tras una lujosa boda celebrada en el Hotel María Isabel de la Ciudad de México, Santoni trasladó a Tere a vivir a España. Su estancia en el continente europeo se prolongó por espacio de catorce años, periodo durante el cual Tere Velázquez se consagró como la actriz mexicana con mayor cantidad de producciones filmadas en el viejo continente, sumando un total de 29 películas en países como España, Italia y Francia, y consolidando su estatus de estrella cosmopolita.
Mientras Tere construía una vida y una familia en Europa al procrear a sus dos hijos, Espartaco Jr. y Paola, en México la presión de los amigos y familiares se volcaba sobre Lorena. Con constantes comentarios hirientes de que “se quedaría a vestir santos” por dar prioridad absoluta a su profesión, Lorena decidió abrirle las puertas al amor tras regresar de una de sus giras europeas. En una exclusiva fiesta de la alta sociedad mexicana, le presentaron a Taylor Morris, un joven de nacionalidad mexicana pero de padres estadounidenses. Tras un noviazgo formal de año y medio, la pareja contrajo matrimonio por la iglesia. De inmediato, afloraron las complejidades del matrimonio tradicional de la época: Morris, imbuido de un pensamiento sumamente conservador, le prohibió de manera tajante a Lorena continuar trabajando en el cine.
Lorena se negó en repetidas ocasiones a abandonar la pasión de su vida, entablando acaloradas discusiones con su esposo. Sin embargo, buscando salvar su estabilidad matrimonial y siguiendo los consejos de su madre Doña Elda, quien le sugería ser paciente, Lorena tomó la difícil decisión de retirarse de los escenarios por un periodo de cinco años. Durante ese encierro voluntario, el deseo más profundo de Lorena era convertirse en madre y experimentar la dicha de cargar a un bebé entre sus brazos. Para su desagrado y frustración, Taylor Morris se negaba rotundamente a procrear hijos, argumentando con evasivas que aún no se sentía preparado para asumir la responsabilidad de una paternidad. Cansada de la frialdad de su esposo y de la prohibición de ejercer su carrera, Lorena solicitó el divorcio de manera irrevocable.
Poco tiempo después de firmar la separación legal, Lorena Velázquez descubrió la dolorosa y trágica verdad que escondía la negativa de su exesposo: Taylor Morris padecía de leucemia en una fase avanzada y silenciosa, razón por la cual no había querido traer hijos al mundo que pudieran heredar la enfermedad o quedar huérfanos a temprana edad. Morris falleció a los pocos años de la separación, aunque el destino le permitió casarse nuevamente y procrear dos hijos en su última etapa de vida. Posteriormente, Lorena buscó rehacer su vida sentimental al casarse en segundas nupcias con el prominente abogado Eduardo Novoa. Para su mala fortuna, la historia volvió a repetirse con tintes aún más restrictivos. Novoa le exigió abandonar los sets de filmación, una ausencia que en esta ocasión se prolongó por un periodo de tiempo mucho mayor. De esta unión nació el único hijo de la actriz, Eduardo Novoa Villar. Desafortunadamente, el matrimonio colapsó debido al severo problema de alcoholismo que padecía el abogado, quien años más tarde perdería la vida a causa de una pancreatitis combinada con hepatitis fulminante.
Uno de los episodios más singulares, incómodos y cinematográficos en las crónicas de la familia Velázquez ocurrió durante un viaje de regreso en avión desde España hacia México. En el mismo vuelo comercial viajaban Tere Velázquez, su esposo Espartaco Santoni, sus hijos pequeños y Lorena Velázquez. Al mirar hacia las filas delanteras del avión, Lorena se percató de que en una de las butacas de primera clase se encontraba sentada nada más y nada menos que la mítica actriz Katy Jurado, la primera mujer latinoamericana en ser nominada a un Premio Óscar de la Academia de Hollywood y, fundamentalmente, la exesposa de su amado padrastro Víctor Velázquez. Haciendo gala de la educación, diplomacia y cortesía que siempre la caracterizaron, Lorena se levantó de su asiento para ir a saludarla respetuosamente. Katy Jurado, conocida por su fuerte e intimidante temperamento, recibió el saludo con agrado e invitó a Lorena, a Tere y al resto de la comitiva a sentarse junto a ella y a su hija Sandra, a quien presentó formalmente como la media hermana de las Velázquez.
Para romper el hielo y disipar la innegable tensión que flotaba en el aire debido al pasado compartido, Katy Jurado comenzó a ordenar copas de coñac a las azafatas para todos los adultos presentes. En medio de la plática, la estrella de Hollywood soltó una fuerte crítica, quejándose amargamente de que Víctor Velázquez era un hombre desapegado que no hacía el más mínimo esfuerzo económico ni emocional por visitar o ver a sus hijos biológicos. Lorena, manteniendo la compostura pero saliendo en defensa de la memoria del hombre que la había criado, le respondió que le parecía una situación sumamente lamentable, confesándole que ella misma había vivido una dolorosa situación de abandono con su propio padre biológico, aunque en su caso particular se debió a que su madre Doña Elda le tenía estrictamente prohibido el acercamiento. Sandra entabló una conversación amena con Tere y todos los pasajeros terminaron compartiendo un rato sumamente agradable y cordial durante el resto del vuelo transatlántico.