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Lo que el PRESIDENTE le hizo a La India María: Sus HIJOS y el secreto de 40 años

A la India María el presidente de México, le quiso arruinar la vida. Hizo que la borraran de la televisión por el motivo más miserable que puedas imaginar. Un chiste de 30 segundos en pantalla. Y lo que cargó en silencio el resto de su vida fue mucho más oscuro que eso, porque la india María murió ocultando hijos que México nunca supo que existían.

Los entregó antes de ser famosa. No aparecen en ningún registro y cargó ese secreto en silencio durante 40 años de sonrisas para la cámara. 40 años. Hoy vas a conocer cuatro cosas que ella se esforzó toda su vida por enterrar. El nombre del presidente que ordenó su destrucción y la razón exacta, el documento legal para no perder su propio personaje.

El hombre ruso al que llamó el amor de su vida y del que nunca volvió a hablar. Y esos hijos, ¿quiénes son? ¿Por qué los entregó? ¿Y por qué su existencia lo cambia absolutamente todo? Te aviso cuando llegue cada una. Hay que ir a los años 40. Hay que ir a una niña que aún no sabe que va a cambiar el cine de su país, porque está demasiado ocupada aprendiendo lo que significa que el suelo desaparezca bajo tus pies.

Puebla, 1940. Una ciudad de iglesias y de patios coloniales y de barrios humildes donde las familias vivían apretadas y rezaban para que lo justo alcanzara. una ciudad donde el futuro era lo que te tocaba, no lo que elegías. En uno de esos barrios nació María Elena Velasco Fragoso el 18 de febrero de 1940. Su padre trabajaba en los ferrocarriles nacionales.

Era mecánico de esos hombres que sostienen cosas enormes con las manos. Hombres de horarios imposibles y sueldos justos, pero no abundantes, que llegaban a casa oliendo a aceite y a esfuerzo, y que se sentaban a la mesa con la dignidad tranquila de quien hizo lo que tenía que hacer. En una familia sin dinero, un padre presente es una fortuna que no se mide en pesos.

María Elena tenía esa fortuna hasta que un día dejó de tenerla. Su padre murió cuando ella todavía era adolescente. La edad exacta varía según quien cuente la historia, pero lo que no varía es lo que significó. Significa que un día el eje sobre el que gira todo dejó de girar, que la estabilidad, que era poca, pero era, de repente no fue nada.

que una muchacha que debería haber estado pensando en sus estudios o en sus amigas tuvo que empezar a pensar en cosas de adulta antes de tener edad para entenderlas. Lo que quedó fue su madre, una mujer de la que María Elena habló muy poco en sus entrevistas con esa misma economía con que hablaba de todo lo que le importaba de verdad, lo suficiente para que se supiera que estaban cerca.

Lo justo para no revelar nada. Esa clase de pérdida no te hace más fuerte de la manera que la gente cree. No te hace más fuerte porque quieras serlo. Te hace más fuerte porque no hay otra opción. Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas, aunque por fuera se vean igual. Quizá tú también conoces esa diferencia, la de crecer, no porque estés lista, sino porque la vida decidió que ya era hora.

María Elena lo conoció a los 14 o 15 años y algo en ella decidió que no iba a quedarse quieta esperando que la vida se acomodara sola. Empezó a bailar. Fue una muchacha que tenía talento con el cuerpo, que había crecido mirando el teatro de revista con esa atención hambrienta de quien sabe que ahí hay algo que puede aprender y que necesitaba dinero.

Las revistas musicales pagaban, los teatros de segunda categoría pagaban, no mucho, pero pagaban. Así que ahí fue. No a los grandes teatros del centro de la Ciudad de México, no al Palacio de Bellas Artes, ni a los foros que salen en las fotos de los libros de historia del arte, a los teatros de provincia, a los cabarets, a los espectáculos de variedades donde había una orquesta de cuatro músicos y un telón que a veces se atascaba, y un público que había pagado su boleto con el dinero del mandado y que se merecía que alguien les diera algo real a

cambio. Fue vedet antes que comediante, fue corista antes que protagonista. Fue invisible durante años antes de que cualquier reflector la iluminara. Y esa invisibilidad, que en otro momento de otra vida hubiera sido una humillación, se convirtió en la escuela más importante de su existencia. Porque desde los fondos del escenario, mientras otros acaparaban la atención, María Elena miraba con esa concentración que tienen las personas, que saben que no tienen tiempo que perder.

Miraba al público, aprendía que hacía reír a una mujer de 40 años que había lavado ropa y hecho de comer y resuelto problemas todo el día antes de llegar al teatro. ¿Qué hacía llorar a una señora que nunca había salido de su colonia? ¿Qué tipo de personaje le hablaba de verdad a alguien que no tenía tiempo ni energía para cosas que no le tocaran el corazón? Esa educación no tiene precio.

No la dan en ninguna escuela de actuación. María Elena la fue acumulando en esos años de oscuridad, silenciosa, atenta, aprendiendo no solo a bailar y a actuar, sino a entender a la gente para la que actuaba, mirando caras que reconocía porque eran las caras de su barrio, de su madre, de todas las mujeres que había conocido toda su vida.

Y eso se nota en cada película. Se nota en la diferencia fundamental. entre la India María y todos los personajes del pueblo que el cine mexicano había producido hasta entonces. La India. María no era condescendiente, no se reía de la mujer indígena, se reía con ella, la colocaba en el centro, la hacía ganar, la hacía inteligente, aunque pareciera tonta, la hacía digna, aunque todos los demás intentaran quitarle esa dignidad.

Esa diferencia es lo que la hizo grande. Pero en esos escenarios de provincia, en esas giras que la llevaron por todo el país, ocurrió algo que no tenía que ver con el trabajo. Ocurrió un amor, uno que México nunca conoció del todo. En algún momento de esa época, antes de que la India María existiera, antes de que el mundo supiera quién era María Elena Velasco, ella conoció a un hombre de origen ruso, hijo o nieto de los que llegaron a México huyendo de Europa cuando Europa todavía ardía.

Quienes conocieron a María Elena de cerca decían que ese hombre fue el único al que ella amó sin reservas. El único con quien fue completamente ella misma, el único por el que hubiera podido elegir una vida diferente. ¿Quién era? ¿Qué pasó entre ellos? ¿Por qué María Elena habló de él tan poco durante el resto de su vida? Vamos a llegar a eso, pero guarda ese hilo porque lo vas a necesitar para entender muchas cosas que vinieron después.

La India María nació a principios de los años 70 y no fue un accidente, fue una observación, una decisión construida con la inteligencia de alguien que llevaba dos décadas mirando a su audiencia y que había visto algo que nadie más quería reconocer. El cine mexicano de esa época era brillante, exitoso y completamente ciego a una parte enorme de su propio país.

Los iconos del cine de oro eran hermosos e inalcanzables. El cine de ficheras usaba a las mujeres como decorado. Y en el medio de todo eso, millones de mujeres del pueblo llenaban las salas de cine sin verse nunca reflejadas en ninguna pantalla. María Elena decidió darles ese personaje, una mujer indígena de Oaxaca, con sus trenzas, con su juipil, con su acento y sus modismos y su manera de ver el mundo, que los citadinos consideraban ingenua y que en realidad era una forma de sabiduría que ellos no sabían reconocer.

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