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La Primera Audición de Juan Gabriel Duró 6 Minutos y Dejó a Raúl Velasco Sin Palabras

 

Era un jueves de febrero de 1972 a las 9 de la mañana cuando Alberto Aguilera Baladés empujó la puerta de Televicentro  en avenida Chapultepecta delgada bajo el brazo, los zapatos limpios  pero con la suela despegada por el lado derecho y el estómago vacío desde la noche anterior. Tenía 21  años y llevaba tres en la capital.

 Había llegado desde Ciudad Juárez con el dinero justo para sobrevivir dos semanas y sin  nadie que lo esperara. La ciudad lo había recibido de la misma manera que recibe a todos los que llegan con algo que demostrar, con una indiferencia que no es cruel  porque ni siquiera es personal. Esos tr años habían sido una acumulación silenciosa  de puertas que no se abrían del todo.

 Había cantado en restaurantes del centro donde los comensales seguían hablando mientras él cantaba como si su voz fuera parte del ruido de fondo. Había dejado su nombre en dos productoras sin que nadie  devolviera la llamada. Había dormido en una banca de la Alameda Central la primera semana porque el dinero  del cuarto era el mismo dinero de la cena y entre las dos cosas eligió sobrevivir.

 Había pasado 18 meses  en el palacio de Lecumberry por una acusación que nunca fue suya. 18 meses en  que la única manera de mantener intacto algo que el encierro intentaba deteriorar todos los días era cantar  en voz baja en los pasillos, sin auditorio, sin micrófono, sin  ninguna razón para hacerlo, salvo que no hacerlo se sentía como rendirse y rendirse era la única derrota que no estaba dispuesto a aceptar.

 Cada uno de esos  intentos había terminado de la misma forma, sin un no claro, sin una puerta cerrada de golpe, sino con esa  variante más desgastante del rechazo, que es la indiferencia, que no duele de inmediato, pero que se va acumulando en algún lugar del cuerpo hasta que pesa  más que el cansancio físico.

 La noche anterior había dormido mal en el cuarto de azotea que rentaba por una cantidad  que apenas podía pagar cada quincena. se había quedado mirando el techo de concreto descascarado, repasando mentalmente las canciones que  iba a intentar cantar si alguien le daba 5 minutos. Se levantó antes de que amaneciera, se lavó la cara con el agua fría que escupía  a golpes la llave del baño compartido del pasillo.

 Se peinó frente al espejo pequeño que había clavado el mismo en la pared con un clavo torcido y se puso  la camisa que había guardado específicamente para este día, la única que no tenía ningún defecto visible. Salió a la calle  con la carpeta bajo el brazo. Caminó 50 minutos desde la colonia Guerrero hasta Chapultepec  porque el dinero del camión era el mismo dinero del almuerzo y entre las dos cosas eligió llegar.

El disco había salido 6 meses antes. Se llamaba el alma joven y lo había grabado con RCA Víctor gracias  a Keta Jiménez, que lo sacó de Lecumberry cuando nadie más lo hubiera sacado y a Enrique Ocamura  que lo escuchó cuando nadie más lo habría escuchado. El primer sencillo, no tengo dinero.

 Había empezado a sonar en algunas estaciones  de radio con la timidez de las cosas que todavía no saben que van a volverse enormes. Pero sonar en la radio y existir  en la televisión eran dos mundos distintos en ese México de 1972. Y Alberto  lo sabía con la precisión de quien ha aprendido las reglas del juego, estudiándolas desde afuera  durante demasiado tiempo. Televisentro era ese otro mundo.

Y siempre en domingo el programa que conducía Raúl Velasco  cada semana desde diciembre de 1969 era la puerta dentro de ese  mundo. En el medio se decía sin exageración que un artista podía tener el mejor disco  del año y seguir siendo desconocido si Velasco no lo invitaba. Velasco no era solo un conductor de televisión, era el hombre que decidía quién tenía futuro y quién no, con la autoridad  tranquila de quien ha ejercido ese poder durante suficiente tiempo como para no necesitar

declararlo. Cuando Alberto  empujó esa puerta, no tenía cita confirmada. tenía el nombre de un asistente de producción que conocía a alguien que le había dicho  que había una posibilidad, que no era una promesa. Lo que no sabía cuando entró era que  en ese momento, en el tercer piso del edificio Raúl Velasco llevaba ya una hora revisando la pauta de la próxima temporada y que en menos  de 40 minutos ese hombre iba a dejar los papeles sobre el escritorio y quedarse completamente quieto escuchando

algo que venía del pasillo.  La recepción de Televicentro era una sala de techos altos con piso de mármol que devolvía el eco  de cada paso con una claridad que hacía sentir que el edificio entero prestaba atención a quien llegaba. Alberto se acercó al mostrador, dijo que tenía  cita con la producción de siempre en domingo.

La recepcionista buscó en la agenda sin ningún énfasis particular, marcó un número interno y  habló en voz baja. Luego dijo que esperara que alguien bajaría. fue a sentarse en una silla junto a la pared. Puso la carpeta sobre las rodillas y se quedó mirando el pasillo que se abría detrás del mostrador, por donde entraban  y salían personas con el paso seguro de quien tiene un lugar concreto a donde ir.

 Desde algún punto del edificio llegaba de vez en cuando el sonido apagado de voces en conversación, el  rasgueo de una guitarra siendo afinada. Era suficiente para recordar que al fondo de ese pasillo  había algo real, algo que funcionaba, algo a lo que todavía no tenía acceso, pero que existía. menos de  30 m de donde estaba sentado.

 Esperó, pensó en  Lecumberry, en los pasillos del penal, donde cantaba en voz baja sin razón práctica, solo para mantener viva la  certeza de que la voz seguía ahí, que el encierro no la había deteriorado, que cuando saliera iba a seguir siendo lo que era antes de entrar. Pensó en la Alameda central, en las bancas donde había dormido la primera semana con la carpeta debajo de la cabeza para que nadie se la quitara  mientras dormía.

 pensó Enokamura escuchándolo por primera vez en las oficinas de RCA Víctor con esa expresión de alguien que recibe algo que  no esperaba y necesita un momento para decidir qué hacer con eso. Eran casi las 10 cuando el asistente bajó. Joven, saco oscuro,  paso apresurado, la expresión de quien lleva demasiadas cosas en la cabeza.

Le dijo a Alberto  que lo siguiera, que el licenciado Velasco estaba terminando una reunión, pero que lo recibiría en unos minutos,  que esperara en el tercer piso. Subieron por unas escaleras de concreto. El corredor del tercer piso era más angosto y tenía las paredes cubiertas de fotografías  enmarcadas del programa, el foro iluminado con el público en las gradas, artistas que Alberto reconocía  desde la infancia, desde los años en que la televisión era algo que existía 

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