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Alexandra Feodorovna: La Ejecutaron con sus 5 Hijos… y Nadie la Salvó

Alexandra Feodorovna: La Ejecutaron con sus 5 Hijos… y Nadie la Salvó

Una familia entera desaparece en un sótano. Siete personas de pie a las 2 de la mañana les dijeron que bajaran para una fotografía oficial. Les dijeron que era por su seguridad. La mujer que estaba en el centro de esa habitación había sido emperatriz del imperio más grande del mundo. Esa noche no llevaba corona, llevaba un vestido con diamantes cocidos en el interior, porque sabía desde hacía meses que los diamantes eran lo único que podía salvarlos.

 No los salvaron. Esta es la historia de Alexandra Feodorovna, la última sarina de Rusia, y es mucho más oscura, más trágica y más humana de lo que jamás te contaron. Ecaterimburgo. Julio de 1918. La casa Ipatiev lleva semanas rodeada de guardias bolcheviques. Las ventanas están pintadas de blanco por dentro. Nadie puede ver hacia afuera, nadie puede ver hacia adentro.

 Los vecinos del barrio escuchan a veces un piano desafinado, a veces el llanto apagado de una mujer joven, a veces un silencio que dura días enteros y que pesa más que cualquier ruido. Dentro de esa casa viven 11 personas. El exemperador Nicolás II, su esposa Alexandra, sus cinco hijos Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexei, más cuatro sirvientes leales que se negaron a abandonarlos cuando el mundo entero les dio la espalda.

 Alexandra tiene 46 años, pero parece una anciana. El dolor de espalda la mantiene postrada en una silla de ruedas la mayor parte del día. Los médicos del palacio le diagnosticaron ciática crónica años atrás, pero en la casa Ipatiev no hay médicos del palacio. Solo hay un doctor Yevgenweni Botkin que eligió quedarse con la familia sabiendo perfectamente lo que eso significaba.

 El pelo de Alexandra, que alguna vez fue de un rubio dorado que enamoró a un futuro sar en un baile de San Petersburgo, ahora está completamente blanco. Sus ojos, esos ojos grises azulados que Nicolás describió en su diario como los más hermosos que había visto jamás, ahora están hundidos, rodeados de ojeras oscuras, marcados por años de noches sin sueño.

 Cada noche, antes de intentar dormir, Alexandra escribe en su diario. Cada noche reza arrodillada ante un pequeño icono ortodoxo que logró traer desde Tsarscoy Selo. Cada noche le dice a Nicolás que Dios no los va a abandonar, que todo es parte de un plan, que la fe va a salvarlos. Pero Dios no contesta. El comandante Jacob Jurovski entra a la habitación donde duerme la familia.

 Son las 2 de la mañana del 17 de julio. Les pide que se levanten y que bajen al sótano. Les dice que hay disturbios en la ciudad, que los ejércitos blancos se acercan, que es más seguro estar en la planta baja. Alexandra mira a Nicolás. Nicolás asiente con la cabeza. No discute, no pregunta, despierta a los hijos con suavidad.

 Alexei, el heredero al trono que ya no existe, tiene 14 años y no puede caminar. Solo la hemofilia le ha destruido las articulaciones de las piernas hasta convertir cada paso en una tortura. Nicolás lo carga en brazos, como ha hecho tantas veces antes, como hizo cuando Alexei era un bebé y el mundo aún parecía brillante. Bajan las escaleras en silencio, se colocan en dos filas contra la pared.

 Alexandra pide una silla, le traen dos, una para ella, una para Alexei. Se sienta, acomoda a su hijo, mira al frente. Espera, espera la fotografía que nunca va a llegar. Yurovski saca un papel de su bolsillo, lee una sentencia. Nicolás apenas alcanza a girar la cabeza confundido y pronuncia una sola palabra. ¿Qué? Y entonces empiezan los disparos.

 Y entonces todo se acaba. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hasta este sótano, hasta esta noche, hasta esta sangre, hay que volver al principio, muy al principio, a una niña pequeña de pelo dorado, que creció entre palacios, pero que nunca, ni un solo día de su vida, conoció realmente la felicidad.

 Alix, Victoria, Elena, Luisa, Beatriz, nace el 6 de junio de 1872 en Darmstad, una pequeña y apacible ciudad del gran ducado de GZ, en lo que hoy es el centro de Alemania. Su padre es el gran duque Luis IV, un hombre amable pero frágil que gobierna un territorio tan pequeño que cabe entero dentro de los jardines del palacio de Unsar.

 Su madre es la princesa Alicia, hija de la mismísima reina Victoria de Inglaterra, la mujer más poderosa del planeta. Alex crece rodeada de realeza por todos lados. Sus primos son príncipes y princesas de media Europa. Sus tíos gobiernan naciones. Su abuela controla un imperio donde nunca se pone el sol. Pero la realeza no significa calor, no significa abrazos antes de dormir.

 No significa una madre que te cuenta cuentos por las noches y te dice que todo va a estar bien cuando truena, porque Alex pierde a su madre cuando tiene 6 años. En noviembre de 1878, la difteria entra a la casa de los jeese como una sombra. Primero se enferma una de las hijas, luego otra, luego el padre. Luego los demás, la princesa Alicia cuida a todos sus hijos personalmente, yendo de cama en cama, poniendo compresas húmedas en las frentes ardientes, susurrando palabras de consuelo.

 La más pequeña, May, de apenas 4 años, no resiste, muere en los brazos de su madre. Alicia le da la noticia a su hijo Ernesto con un beso. Ese beso le transmite la enfermedad. Semanas después, el 14 de diciembre, la princesa Alicia muere. Tiene 35 años. La casa de Darmstad se convierte en un lugar de sombras.

 El gran duque Luis se encierra en su despacho. Los sirvientes caminan en silencio por los pasillos. Las cortinas permanecen cerradas durante meses y Alex a sus 6 años deja de ser la niña que era. Su familia la llamaba Sunny, solecito por su carácter alegre, su risa fácil, su forma de iluminar cada habitación a la que entraba.

 Después de la muerte de su madre, el sol se apaga. Alix se vuelve seria, callada, retraída. desarrolla una timidez tan intensa que muchos la confunden con arrogancia. Y esa confusión entre timidez y frialdad, entre dolor interior y orgullo exterior, la va a perseguir como una maldición durante toda su vida adulta.

 Va a ser la razón por la que un imperio entero la odie sin conocerla realmente. La abuela Victoria se convierte en el centro de su mundo. Alix pasa largas temporadas en Inglaterra. En el castillo de Winsor, entre muros de piedra centenaria, rodeada de perros corgis, tomando té a las 5 en punto, aprendiendo los rituales de una monarquía que lleva siglos perfeccionando el arte de esconder las emociones detrás de la cortesía.

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