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Pedro Infante: La oscura verdad sobre su vida y muerte

 Los empleados del aeropuerto lo ven desde lejos, paralizados. La aeronave gira en el aire como un pájaro herido, pierde sustentación y se desploma sobre el patio de aquella casa donde la mujer y el niño lavaban ropa. El impacto es brutal. Los tanques de combustible estallan. El fuego se extiende en segundos. No hay tiempo para gritar.

 No hay tiempo para nada. Cuando los primeros hombres llegan a los escombros, lo que encuentran es tan devastador que ninguno de ellos podrá describirlo sin que se le quiebe la voz. El cuerpo de Pedro Infante, el ídolo, el eterno, el inmortal, ha quedado irreconocible. Tan irreconocible que durante días nadie podrá confirmar con certeza si realmente él estaba ahí.

 Y esa duda, esa pequeña y oscura semilla de incertidumbre cambiará todo. Pero para entender lo que pasó en ese patio de Mérida, hay que volver al principio. Hay que volver a una noche de noviembre en Mazatlán, cuando un niño llegó al mundo sin saber que estaba destinado a ser eterno. Hay que volver al silencio de Huamuchil, al olor de la madera recién cortada, a las calles de tierra donde un chico descalzo aprendió a soñar más grande de lo que nadie imaginaba.

 Porque la tragedia de Ped Infante no comenzó en aquella pista de despegue. La tragedia comenzó mucho antes y tenía el rostro de un niño que nunca tuvo nada y que por eso mismo nunca supo dejar de querer todo. Era la madrugada del 18 de noviembre de 1917. Las olas del Pacífico golpeaban la costa de Mazatlán con esa fuerza ciega que tienen las cosas que no necesitan explicación.

 En una casa de la calle Constitución, rodeada de familiares y de la oscuridad propia de aquellos años en que México todavía sangraba por las heridas de la revolución, nació José Ped Infante Cruz, el cuarto de 15 hijos. De esos 15, solo nueve sobrevivirían. Su padre, Delfino Infante García, era músico. Tocaba el contrabajo con esa mezcla de seriedad y pasión que tienen los hombres que han elegido el arte como forma de sobrevivencia.

 Su madre, María del Refugio Cruz Aranda, era una mujer de Rosario, Sinaloa, tierra dura, gente de raíces profundas, que cargó a ese recién nacido con la certeza silenciosa de que algo en él era diferente. Los vecinos recordarían después que el pequeño Pedro lloraba diferente al resto, con más fuerza, como si supiera que el mundo era grande y quería que todo el mundo lo escuchara.

 La familia se movió entre Mafatlán, Rosario y Huamuchi, siguiendo los vientos de la necesidad. Era esa época en que moverse no era elegir, sino sobrevivir. Cuando Pedo tenía apenas unos años, se instalaron definitivamente en Huamuchil, una ciudad pequeña del norte de Sinaloa, donde el sol pega fuerte y la gente trabaja desde antes de que amanezca.

 Fue ahí, entre calles polvorosas y el sonido de guitarras que salían de las casas al atardecer, donde Pedro encontró lo que sería su primera gran pasión y su primera gran arma contra la pobreza, la música. Su padre le enseñó lo básico, pero Pedro absorbía más rápido de lo que cualquiera podía enseñarle.

 Cuando no tenía guitarra, la fabricaba. Aprendió carpintería en el taller de Jerónimo Bustillos y con esas mismas manos que tallaban madera construyó su primer instrumento. Hay algo profundamente cinematográfico en esa imagen. Un niño pobre, hijo de músico, que en lugar de soñar con una guitarra se fabrica una. Eso dice todo sobre quién era Pedro Infante antes de ser Pedro Infante.

 La infancia fue dura, pero no cruel. Había hambre. El tipo de hambre que te enseña a valorar cada tortilla, cada sorbo de agua. Pero también había música y la música en aquella casa era casi una forma de religión. Con los años, Pedro se integró a pequeñas agrupaciones locales. En 1932, a los 15 años, ya tocaba con la orquesta estrella de Culiacan.

 En su tiempo libre, formó con amigos su propia agrupación, la rabia que tocaba en cabarés y fiestas de la región. La voz era lo que nadie podía ignorar, esa voz que parecía salir de un lugar más profundo que la garganta, de algún sitio entre el pecho y el alma. Pero antes de que la voz lo llevara la fama, la vida lo llevó a una de sus primeras encrucijadas.

 A los 17 años Pedro dejó embarazada a su vecina Guadalupe López. Era 10 años mayor que él. El escándalo fue suficiente para que la familia considerara moverse. Años más tarde se descubriría que los infantes cruz ya habían tenido que dejar Rosario por razones similares, dos hermanas que habían salido embarazadas sin estar casadas y el peso del juicio social que hacía imposible quedarse.

 Pedro, como tantos hombres de su tiempo, reconoció a su hija Guadalupe y nunca la abandonó. Pero la paternidad a los 17 años también le enseñó algo que marcaría el resto de su vida. Los afectos podían multiplicarse y con ellos las complicaciones. Guadalupe López, su primera novia formal, fue también quien le abrió la primera puerta grande.

 Fue ella quien lo convenció de abandonar Guamuchi y mudarse la Ciudad de México en busca de algo que no tenía nombre, pero que ambos sabían que existía en algún lugar más grande que Sinaloa. Y así, con una hija pequeña, el ruido de su guitarra y una voz que todavía no sabía lo que valía. Pedro Infante llegó a la capital.

 La ciudad de México de finales de los años 30 era un organismo en ebuición. Crecía sin plan, absorbía a los que llegaban de los estados y los transformaba o los destruía dependiendo de que tan fuerte fuera su voluntad. Pedro llegó en 1939 sin dinero, sin contactos y sin más capital que esa voz descomunal y una sonrisa que todos lo confirmarían después era capaz de desarmar a cualquiera.

 Sus primeros tiempos en la capital fueron de lucha oscura, de puertas cerradas, de noches en habitaciones prestadas, de comer lo que hubiera. En 1938, antes de su llegada definitiva a la capital, ya había hecho sus primeros pininos en la radio. plantó en la XB y actuó de extra en alguna producción menor, pero fue en 1939 cuando las cosas empezaron a moverse de verdad.

 obtuvo un contrato con la XW, la estación más poderosa del país, la que escuchaba todo México. Y desde ese micrófono su voz comenzó a cruzar distancias que él nunca había imaginado. No fue un éxito instantáneo, fue algo más persistente. Fue el tipo de éxito que llega cuando una voz auténtica encuentra su camino al oído correcto en el momento correcto.

 El cine llegó casi de inmediato. Su primer crédito fue en 1939 en el organillero. papeles pequeños, escenas breves, el trabajo de quien todavía está aprendiendo las reglas del juego. Pero Pedro aprendía rápido y lo que no podía aprender técnicamente lo compensaba con algo que ningún director le había enseñado y que ningún actor podía fingir. Presencia natural.

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