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José López Portillo: El Presidente que TRAICIONÓ a la Nación… Sus ASQUEROSAS Lágrimas.

 cenizas y miles de películas perdidas. Tercero, como Arturo el Negro, Durazo, su amigo de infancia, convirtió la policía en un símbolo de miedo, exceso y corrupción,  mientras levantaba un partenón absurdo frente al mar de Cihuatanejo.  Y cuarto, como la colina del perro, ese imperio de 120,000 m², terminó siendo la imagen más brutal de un país  saqueado desde arriba.

Te voy a avisar cuando llegue cada una, porque esta no es solo la historia de un presidente que lloró, es la historia de un sistema que aprendió a pedir perdón mientras seguía cerrando la caja fuerte. Pero antes de entender por qué México nunca olvidó esas lágrimas, hay que volver al principio cuando López Portillo todavía creía que el petróleo podía convertirlo en dueño del destino.

Todo comenzó mucho antes de las lágrimas, antes del golpe sobre el atril. antes de la banca nacionalizada, antes de que México escuchara a un presidente pedir perdón mientras el país se le caía entre las manos. Todo comenzó en 1976.  Ese año, José López Portillo no llegó al poder como llega un hombre común a un cargo público.

 Llegó como llegaban los elegidos del viejo sistema priista.  envuelto por una maquinaria casi perfecta, protegido por un partido que parecía más grande que el estado, más antiguo que la crítica, más fuerte que cualquier oposición real. México venía herido por la crisis, por la desconfianza, por el cansancio que había dejado el sexenio anterior.

 Y entonces apareció él, el abogado culto, el hombre de frases solemnes, el político que prometía orden después del desgaste, estabilidad después del ruido, futuro  después del miedo. Pero había algo más. Debajo del Golfo de México, en Campeche,  la Tierra estaba escondiendo una promesa peligrosa, petróleo. Mucho  petróleo.

De pronto, el país que había aprendido a vivir administrando carencias empezó a imaginarse como potencia energética. Los despachos cambiaron de tono, los discursos se inflaron, los mapas del subsuelo parecían mapas de salvación. Pemex se convirtió en el nombre mágico que podía explicarlo todo. Riqueza, modernidad,  soberanía, orgullo nacional.

 Y López Portillo creyó en esa fantasía con una fe casi religiosa. No habló de cuidar una oportunidad,  no habló de moderación, no habló de prudencia, habló de administrar la abundancia. Escucha bien esa frase, porque ahí empieza la grieta. Administrar la abundancia. Como si México ya hubiera vencido a la pobreza, como si el dinero futuro ya estuviera depositado en las cuentas del presente, como si el petróleo no fuera una posibilidad, sino una corona.

 Entre 1977 y 1981, la apuesta por Pemex alcanzó cifras  descomunales, cerca de 27,000 millones de dólares destinados a explotación y petroquímica.  una cantidad que no era solo inversión, era declaración de grandeza. Era el país diciéndose a sí mismo que por fin había encontrado la llave del destino.

Carreteras, proyectos, créditos, promesas. Todo empezó a crecer al ritmo de una abundancia que todavía no estaba asegurada. Pero aquí viene el detalle que casi siempre se olvida. Cuando un hombre empieza a creer que el dinero del subsuelo le pertenece al destino de  su nombre, el poder deja de ser una responsabilidad y se convierte en una propiedad.

López Portillo empezó a gobernar como si el Palacio Nacional fuera una extensión de su casa,  como si el Estado pudiera organizarse con la lógica de la sangre, del apellido, de la confianza íntima. Ahí apareció la otra cara de la abundancia, el nepotismo. Su hijo fue colocado en una posición clave dentro de programación y presupuesto.

  Su hermana Margarita terminó controlando áreas sensibles de radio, televisión y cine. Otra integrante cercana de la familia ocupó espacios de acceso directo al presidente. Un cuñado llegó a una estructura estratégica como la Comisión Federal de  Electricidad. Un primo recibió responsabilidades deportivas y Rosa Luz alegría, señalada durante años como una figura íntima en su vida.

 Alcanzó un cargo histórico en turismo. No era solo una lista de nombramientos, era una señal. El país estaba siendo administrado como una mesa familiar. Cuando lo criticaron, López Portillo no se escondió, no pidió disculpas,  no fingió humildad, al contrario, defendió a los suyos con una soberbia que revelaba la enfermedad  completa.

 Para él, la familia era intocable, sangre propia, extensión natural del poder y en un sistema donde el presidente podía decidir demasiado y rendir cuentas demasiado poco. Esa frase no era una defensa sentimental, era una advertencia. Piensa en eso un momento. Mientras México celebraba los pozos petroleros como si fueran milagros, el gobierno se llenaba de parientes, amigos,  protegidos y lealtades personales.

Mientras el pueblo escuchaba discursos sobre futuro, por dentro se estaba formando una red donde la competencia importaba menos que  la cercanía, donde la preparación pesaba menos que el apellido, donde la nación empezaba a confundirse con una herencia privada. Y esa confusión costaría caro, porque la abundancia cuando cae en manos de un sistema enfermo no cura nada, solo agranda  los vicios, les pone alfombra roja, les construye oficinas, les entrega presupuesto, les da escoltas, autos, cámaras, viajes y

silencio. López Portillo todavía no lloraba, todavía sonreía, todavía hablaba como un hombre elegido por la historia. Pero el desastre ya estaba naciendo, no en las calles, sino en los nombramientos, no en los bancos, sino en la idea de que México podía ser gobernado desde la sangre.

 Y antes de que el peso se desplomara, antes de que la banca cayera bajo el puño del estado, antes de que una colina se volviera símbolo de vergüenza, hubo otro incendio más silencioso, el de la conciencia. Ese empezó cuando el poder dejó de preguntarse qué necesitaba el país y empezó a preguntarse a quién más de la familia podía acomodar.

 Y entonces, mientras el  país todavía repetía la palabra abundancia como si fuera una oración, el poder empezó a mostrar su verdadero rostro. No en los discursos, no en las ceremonias, no en las fotografías oficiales donde todos sonreían con traje oscuro y mirada patriótica. El verdadero rostro apareció en los nombramientos, en los favores, en las puertas que se abrían para quienes estaban cerca del presidente y se cerraban para quienes solo tenían preparación, talento o advertencias incómodas.

 Aquí entra una mujer que durante años fue presentada como símbolo de avance Rosa Luz alegría. La primera mujer en llegar a una Secretaría de Estado en México. Turismo, un cargo histórico, una fotografía para los libros, un triunfo que podía venderse como modernidad en un país gobernado por hombres. Pero detrás de esa imagen había una historia mucho más incómoda, una historia que el poder prefería pronunciar en voz baja.

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