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Asi FUE la APASIONANTE VIDA de ROSA CARMINA- Intimidad, Secretos, Historia

 La Cuba de los años 40 era también un país que miraba hacia México con la admiración de quien reconoce en el vecino continental algo que en casa todavía no existe con la misma potencia. El cine mexicano de la época de oro llegaba a La Habana con la regularidad de una presencia que el público cubano recibía con entusiasmo.

 Y en ese cine había géneros que ninguna otra industria latinoamericana producía con la misma calidad. El cine de rumberas que combinaba la música afrocaribeña, la danza sensual y las historias melodramáticas del cabaré en un formato que el público popular de toda la región consumía con devoción. Para una joven cubana con talento para el baile y ambiciones que La Habana ya no podía contener, México era la respuesta obvia.

Llegar a la ciudad de México desde La Habana en los años 40 era también un proceso logístico que pocos de los que nacieron después pueden imaginar con exactitud. No había vuelos directos frecuentes ni baratos. El viaje más común era en Barco desde La Habana hasta Veracruz, seguido del tren que cruzaba la sierra hacia la capital con la lentitud característica de los trenes mexicanos de aquella época.

 Rosa Carmina hizo ese viaje con la resolución de quien no está haciendo un paseo, sino iniciando una nueva vida y llegó a la ciudad de México con el equipaje justo y la determinación suficiente para no necesitar nada más. La Ciudad de México que recibió a Rosa Carmina a mediados de los años 40 era el corazón de una industria cinematográfica en plena ebullición.

 Los estudios Claurubusco producían decenas de películas anuales. El cine de Rumberas estaba en su momento de mayor demanda comercial y los productores especializados en ese género buscaban con urgencia figuras femeninas que tuvieran lo que Rosa Carmina tenía en abundancia, presencia física imponente, dominio del baile afrocaribeño y la capacidad de llenar el encuadre con una energía que la cámara capturara y multiplicara.

 Llegó en el momento exacto, con el talento exacto, al lugar exacto. Salto al estrellato, Juan Orol y la reina de los gangsters. Juan Orol era una figura singular dentro de la industria cinematográfica mexicana de aquella época. cubano de nacimiento como Rosa Carmina, había llegado a México en los años 20 y había construido desde ser una productora especializada en el género que mejor conocía, el melodrama urbano con música afrocaribeña, los gangsters de sombrero y gabardina, las rumberas que bailaban en los cabarets de la ciudad de México.

Sus películas no tenían los presupuestos de las grandes producciones de churubusco, ni los elencos de primera línea que los estudios más poderosos podían reunir, pero tenían algo que el cine de mayor presupuesto frecuentemente no tenía. la energía cruda y directa de un realizador que hacía exactamente lo que quería hacer con una libertad que el sistema de los grandes estudios nunca le habría permitido.

 El descubrimiento de Rosa Carmina llegó en 1946 a través de Enrique Brión, colaborador estrecho del director Juan Orol, el cineasta cubano que había emigrado a México y que desde los años 30 dominaba el género del cine de gangsters y rumberas con una productividad y un instinto comercial que los productores más sofisticados de la industria respetaban, aunque nunca admitieran públicamente.

 Orol sabía exactamente qué quería el público popular mexicano y latinoamericano y cuando vio a Rosa Carmina entendió de inmediato que había encontrado lo que buscaba. una figura femenina que podía dominar la pantalla con una presencia tan poderosa que los propios gangsters del encuadre parecían secundarios junto a ella.

 El primer día de rodaje de una mujer de oriente en los estudios de la Ciudad de México fue también el primer día en que el equipo técnico de la producción entendió que tenía entre manos algo diferente a  todo lo que habían filmado hasta entonces. Los técnicos de iluminación, los operadores de cámara y el propio Juan Orol que dirigía la producción notaron desde las primeras tomas que la cámara seguía a Rosa Carmina con una fidelidad que no podían programar ni controlar técnicamente.

 Era la cámara eligiendo de manera autónoma donde poner la atención y la cámara elegía a Rosa Carmina cada vez que ella estaba en el encuadre. Ese tipo de relación entre un actor y la cámara no se diseña ni se aprende. O existe desde el primer día o no existe nunca. Debutó ese mismo año de 1946 con una mujer de Oriente, la producción que la presentó al público mexicano y que confirmó en los primeros días de exhibición que el instinto de Orol había sido correcto.

 Rosa Carmina en pantalla era exactamente lo que el público del cine de Rumberas necesitaba. alta, de presencia dominante, con una manera de moverse que hacía que la cámara no pudiera mirar a ningún otro lado. Era la estética exactamente opuesta a la delicadeza floral que el cine de la época de oro reservaba para sus heroínas convencionales.

 Y esa diferencia era precisamente lo que hacía que el género del cine de rumberas necesitara figuras como Rosa Carmina para funcionar. Tania, la Bella Salvaje en 1947, fue la confirmación de que el debut no había sido un golpe de suerte. La película consolidó su imagen como la figura femenina más imponente del cine de gangsters mexicano y le dio el apodo que la acompañaría para siempre.

 La reina de los gangsters. No era un título menor ni uno irónico. Era el reconocimiento de que en el universo específico de ese cine, donde los hombres duros manejaban automóviles negros y fumaban cigarrillos con el sombrero ladeado, Rosa Carmina era la única presencia femenina que podía estar en el mismo plano sin quedar eclipsada.

 Los gangsters del encuadre la temían y la deseaban con la misma intensidad. Y eso era exactamente lo que la historia pedía. Gangsters contra charros en 1948 fue la película que terminó de instalarla en el panteón del cine popular mexicano como una figura de primera línea. La producción mezclaba con una audacia narrativa que en su época sorprendió a la crítica y cautivó al público los dos géneros más populares del cine mexicano de aquel momento, el cine de gangsters urbano y el cine de Charros Ranchero.

 Rosa Carmina navegaba entre esos dos mundos con la fluidez de quien no necesita que le expliquen las reglas de ningún juego para dominarlo desde el primer momento que entra en escena. La película es considerada hoy una de las mejores del cine mexicano de su época. Un juicio que el tiempo ha ido confirmando con la constancia de los clásicos que no envejecen porque nunca tuvieron la pretensión de ser modernos.

Las giras por Venezuela, Colombia, Cuba y los países centroamericanos eran también una fuente de experiencias y de contactos que enriquecían la vida de Rosa Carmina más allá de los honorarios. Conoció en esos viajes a empresarios, artistas y figuras del espectáculo internacional que ampliaron su visión de lo que era posible construir con una carrera artística en el mundo latinoamericano de los años 50.

 Esos contactos, algunos de los cuales se convirtieron en relaciones personales duraderas, incluyendo los matrimonios con empresarios que jalonaron su vida adulta, fueron también parte de la red que le permitió construir el patrimonio que hoy sostiene su vida en Barcelona con la solidez de quien planificó el futuro desde el primer momento de éxito.

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