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¡IMPRESIONANTE! Así VIVE JOSÉ CARLOS RUIZ en su FINCA a los 89 AÑOS – (Cero Farol)

 Vio la luz en México un 17 de noviembre de 1930 y seis allá en Zacatecas, en un pueblito llamado Jomulquillo, perteneciente a Jerez de García Salinas. Pero la provincia no sería su terreno definitivo. Apenas sumaba 40 días de nacido cuando el destino lo trajo directo a la inmensa capital del país. Fue aquí mero donde arrancó todo.

 Siendo el más grande de cuatro hermanos, la niñez le duró un suspiro y las ilusiones infantiles toparon pared. La vida se le volvió un examen crudísimo. A sus escasos 10 años se queda huérfano. Sin papás con el piso moviéndosele. Terminó arrimándose con su abuela para aprender a trancazos la única lección vital, la supervivencia pura.

 Le entró parejo desde peón en la extinta luz y fuerza hasta chalán de carnicerías. Molía café sin descanso, vendía cualquier cosa, decoraba espacios. Esa fue su verdadera universidad, porque en plena talacha, casi sin querer, iba forjando algo más valioso que cualquier premio actoral, un carácter inquebrantable, resistencia pura y esa sencillez tan suya que jamás soltó.

 Décadas después, él solito lo pondría en palabras con una franqueza que desarma. Explicaba que a estas alturas se siente pleno con el corazón lleno y dándole gracias a Dios por dejarlo caminar junto a Stephanie. No hablaba por hablar para sonar romántico. Era su verdad de adeveras, aunque claro, su temple artístico se pulió a punta de disciplina teatral y exigencia pura en los salones de Limba, el Instituto Nacional de Bellas Artes.

 Cero caminos fáciles en esa época, pura constancia, ensayos infinitos y una terquedad bien calladita, pero implacable por superarse a diario. sudó el teatro por años bien callado, hasta dar el gran brinco al cine entre 1964 y 1965 con viento negro. Y ojo, no fue suerte, sino mera consecuencia. Hasta la intervención más chiquita, las madrugadas memorizando los golpes de la vida, todo ese equipaje le sirvió de armadura. Ahí estuvo el secreto.

 A diferencia de las modas, este actorazo no armó su prestigio buscando el equivalente antiguo a un momento viral. Él le metió cimientos de concreto a su obra, lo que nos regresa a la gran incógnita. Si tu esencia es la pura constancia y te importa poco el relumbrón, ¿qué estilo de retiro buscas cuando la cuenta está saldada? Quizá el secreto ya no habite en los libretos, sino en las raíces a las que volvió.

 Ese terrenito pacífico donde tras regalarle más de seis décadas de su piel a otros, por fin tiene chance de habitar su propia alma. Y vaya rinconcito, no está hecho para apantallar visitas. La casa jamás se levantó para exhibirla como trofeo de ganador. Ni exclusivas de revistas, ni esos muebles carísimos puestos estratégicamente no más para la foto.

 La esencia de este lugar es cobijar. Hablamos de una construcción tipo rancho, extendida a un solo nivel, levantada sobre un terrenito de casi medio acre, lo justo para que el viento fluya rico sin caer en ostentaciones. Si cruzas el umbral, te topas con unos 3300 pies cuadrados de construcción, donde cabe enterita una historia de vida.

Cuenta con cuatro alcobas. Tienes también cuatro baños completos, uno recién remodeladito, por cierto, y un diseño arquitectónico que invita al reposo absoluto en vez de gritar riquezas. Aunque francamente los metros cuadrados son lo de menos. Lo que pega es la vibra al caminarla. Llegas y no te recibe una puerta pretenciosa de telenovela. Te recibe una paz absoluta.

Tanto la estancia como el comedor fluyen suavecito, bañados por una luz natural que jamás te lastima. Es una claridad que te abraza. El techo con buena altura da respiro sin perder el calor de hogar. Sus persianas de madera van filtrando los rayitos de sol, como dándole chance a las horas de colarse en la casa.

 Muy mancito, armaron dos salitas, dos dinámicas diferentes, una más pensada para aventarte una buena sobremesa platicadita y la otra para quedarte ahí no más existiendo. La madera del piso le da un toque entrañable. Cero farol. Ningún adorno o mueble le roba atención al otro. Hacen equipo. Hay una armonía brutal en la sencillez.

 La recámara principal no es ninguna exageración extravagante, eso sí, está espaciosa a más no poder. Práctica sabrosa para dormir. Evidentemente le dieron mil veces más valor a una buena noche de sueño que a lucirse. Su baño principal, muy bien cuidadito, te regala el confort exacto, manteniendo la misma sobriedad del rancho.

 El closet vestidor hecho a medida. Claro, puro orden. Nada de acumular por acumular. hasta le incluyeron una habitación de seguridad, no por aires de magnate ni mucho menos, sino por una decisión muy meditada de dormir verdaderamente tranquilos. Aunque si me apuras, el rincón más profundo es su despacho. Ahí sí que no hay adornos vacíos, es pura añoranza de la buena.

Galardones, retratos con historia, piezas que con verlas te resumen una época entera. No es ningún museo, conste. Es su bóveda íntima donde el ayer no se presume, solo se abraza de corazón. Y allá afuerita el entorno le pone el moño al paquete, mucho verde, detalles en piedra natural y una chimenea rústica de leña que grita noche bohemia. Sin protocolos, sin poses.

 Es un rinconcito desprovisto de máscaras del que la verdad no te quieres ir. Sus paredes no gritan dinero, más bien te platican memorias a lo bajito. Bien escudadas del tráfico loquísimo de la metrópoli. Este rancho es el reflejo intacto de su madurez, la calma por encima del circo mediático, cero excentricidades, pero encuentras eso que cuesta lágrimas conseguir.

 Identidad genuina. Cada rincón tiene un porqué muy claro. Nada falta, nada sobra. Da la impresión de que su hogar dejó de ser no más un techo para dormir y terminó convirtiéndose en una prolongación exacta de la paz que alcanzó con los años. Piénsalo. Después de entregarle la vida entera a las emociones de personajes ajenos, Karay.

 Esta es la única parcela de mundo donde solo le toca ser él mismo. Pero espérame, aquí la historia pega un giro bellísimo. Porque si esos muros desprenden tanta paz, el foco ya no está en los cimientos de la propiedad, sino en el calor humano. ¿Con quién se sienta compartir ese bendito silencio? Ni le busques en las revistas del corazón, ahí no está.

La dinámica familiar del maestro Ruiz nunca fue material para la farándula. Impecable todo. Cero chismes sucios. Puras puertas cerradas a los dramas baratos. Y fíjate bien, ser tan reservados no significa ausencia, significa simplemente que tomaron la decisión más inteligente de todas. Fíjate que el maestro José Carlos Reis unió su vida a la deada marina rondando los 30 años de edad y lograron algo casi imposible en este medio.

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