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¡Sorprendente! Asi VIVE CESAR COSTA con su FORTUNA a sus 83 AÑOS

 Recibió algo invaluable, esa brújula moral y artística que guiaría nuestro ídolo por siempre. De hecho, el chamaco dominó el piano mucho antes que las tablas de multiplicar. Doña Josefina lo instalaba frente a las teclas con la paciencia infinita de las madres que intuyen que están cultivando la grandeza de un artista legendario.

 Sin embargo, fue la guitarra lo que atrapó su corazón. Ese instrumento noble y callejero que podías rasguear en cualquier azotea chilanga, sonando igual de mágico en bellas artes que en una vecindad. Cuando César abrazó esa guitarra siendo apenas un chavo, algo muy profundo en su interior encajó perfectamente en su sitio.

 Entendió de inmediato, con esa instintiva seguridad que solo poseen los auténticos talentos natos, a eso dedicaría su vida. Pero aquí tú y yo sabemos algo. A diferencia de los que votan todo por cantar, César sabía que tener buena voz jamás bastaría. Por eso entró a la Universidad Nacional Autónoma de México para estudiar leyes.

 No quería litigar en juzgados. buscaba convertirse en un individuo blindado y completo. Ese movimiento brillante marcó su manejo de los millones y el estrellato. Nuestro César Costa jamás iba a regalar su firma en contratos abusivos sin leerlos. No era esa clase de ídolo novato que cedía su alma al primer representante.

 Pasarse por la Facultad de Derecho lo transformó en un tiburón negociando. Dominaba las infames letras chiquitas. Sabía plantarse y decir que no. Justo en una jungla musical donde estafar artistas jóvenes era el pan de cada día, donde los sellos discográficos secuestraban las rolas y muchos genios sudaban sangre por décadas sin recibir un solo quinto de sus merecidas regalías.

 Pero César logró un milagro rarísimo en México, ser dueño absoluto de su arte. Ese colmillo legal temprano lo ayudó a levantar un patrimonio monumental que sus colegas, a veces con picos de fama mucho más agresivos, terminaron perdiendo tristemente. Eso sí, antes de los ceros en la cuenta hubo hambre. No de pan. Claro.

 César nunca sufrió carencias extremas. Lo suyo era pura hambre de triunfar. En 1958, siendo un chamaco, armó los black jeans, los pioneros absolutos del rock en México. Aquella movida era subterránea, salvaje y francamente adictiva. El rock and roll gringo nos pegó en el país con la brutalidad de un maremoto rebelde y la juventud mexicana lo devoró.

 Una locura que infartó a nuestros abuelos, pero que les brilló en los ojos a los promotores hambrientos de dinero. Tropicalizar rolas de Elvis Presley, Bad Holly y Polanca al español se volvió una mina de oro gigantesca. Los black jeans eran buenísimos haciendo eso. Sin embargo, tronaron rápido víctimas de la típica calentura juvenil sin disciplina de fondo.

 Ahí fue exactamente cuando nuestro muchacho dio el gran salto definitivo, se lanzó como solista y bautizó su nueva identidad con una frialdad maestra. César Costa, homenajeando al legendario arreglista norteamericano Don Costa. Agarrar el apellido del productor de Polanca no fue ninguna casualidad barata. Fue una declaratoria de guerra artística.

 Él rechazaba ser una copia barata. Soñaba con medirse al tú por tú con los gigantes del planeta, absorber sus secretos, traerlos a nuestro idioma y regalárselos a nuestra raza. Y vaya que cumplió. Debutó magistralmente lanzando mi pueblo, el cover perfecto del gitazo de Paul Anca. Cuando ese acetato invadió nuestras estaciones de radio en 1959, el bombazo instantáneo y brutal y pum, Costa amaneció siendo la máxima estrella del país.

 Lo siguiente fue una avalancha de trancazos musicales imparables. Diana, la cucaracha, historia de mi amor, tierno. Joyas que reventaban los bulvos de la radio, los tocadiscos en cada fiesta y bautizo, contagiando desde el Distrito Federal y Monterrey hasta Bogotá, Buenos Aires y Madrid. El público latino ardía de ganas por sus propios héroes.

 Nuestro ídolo los hipnotizó inyectando romance sepulcro, carisma puro y esa facha única que lo separaba del resto. Ese inolvidable suéter fue un accidente casual, claro. Pero terminó tatuado en nuestra memoria como su símbolo supremo. Nosotros, los fans, empezamos a mandarle suéteres de Colombia, Ecuador, Argentina, docenas al mismo tiempo.

 Nuestro César los usaba en el escenario para agradecernos. Esa ropa se volvió una liturgia. Pero acompáñenme a analizar cuánto valía esto realmente en el México de finales de los 50 y principios de los 60, un ídolo juvenil de su nivel, dominando la radio, televisión y conciertos, generaba ingresos que hoy serían verdaderas fortunas.

 Los contratos discográficos del rock and roll entonces no eran los monstruos acuerdos actuales, pero garantizaban un dinero seguro y creciente para leyendas que, como él, armaban catálogos inolvidables. Los coleccionistas sabemos que en la primera mitad de los 60, César grabó más de 10 éxitos rotundos. Las regalías generadas por esas joyas musicales sonando en la radio por décadas le asegurarían un flujo de dinero que duraría mucho más que su fama inicial.

 Estudiando la época, un éxito constante en radio por 20 años generaba, según las tarifas de la Sociedad de Autores y Compositores de México, cientos de miles de pesos actuales. Y César no tenía solo un éxito, nos regaló docenas. Pero esa música apenas era el primer piso del imperio que estaba levantando. El cine fue su siguiente paso y lo armó con esa misma elegancia tranquila que tanto le admiramos en todo lo que hace.

 A principios de los 60, los grandes productores del cine musical en México rogaban por tenerlo en sus pantallas. La jugada era clara. Agarrar a un cantante con miles de admiradoras y meterlo en un romance donde nos cantara tres o cuatro temas. Las películas vendían sus discos de forma masiva y sus canciones llenaban las salas de cine.

 Era un círculo perfecto. Los verdaderos fans atesoramos sus casi 12 películas grabadas entre 1960 y 1972. Yoyas como Juventud Rebelde o El mundo loco de los jóvenes. Nombres que hoy son puras cápsulas de nostalgia, pero que en su época reventaban las taquillas desde Tijuana hasta lo más profundo de Buenos Aires.

 Claro que no cobraba como estrella de Hollywood, pero juntando esos cheques con lo que sacaba de nuestra música, armó una fortuna que casi ningún otro artista mexicano soñaba. Y César tenía algo que a sus rivales les faltaba, un criterio brutal para elegir. Como seguidor, respeto que no agarraba cualquier guion. Buscaba cintas que lo enorgullecieran, que nosotros y su familia pudiéramos disfrutar y que dejaran huella.

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