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ELENA CHAVEZ: Su Esposo le Pidió Vender Su Casa Para Sacar de la Cárcel a la AMANTE

Esa novia había salido de la cárcel hacía apenas 16 meses. Había estado 14 meses presa en el penal de San Miguel en Puebla, acusada del delito de operación con recursos de procedencia ilícita, lavado de dinero. Y mientras ella estaba detrás de las rejas, el hombre que ahora caminaba con ella al altar, ese operador clave del presidente electo, le había pedido algo muy específico a su entonces esposa legal, la mujer con la que llevaba 18 años de matrimonio.

Le había pedido que vendiera su casa y que le entregara 2 millones de pesos. 2 millones de pesos para sacar de la cárcel a la mujer con la que él estaba teniendo una relación. Mujer, si estás escuchando este video en Guadalajara, en Monterrey, en Houston o en Chicago, quiero que te detengas un momento, porque lo que te voy a contar hoy es una de esas historias que cuando las escuchas en el desayuno con tu hermana, las dos se quedan en silencio.

Una de esas historias donde no sabes qué te indigna más, si la cara dura del hombre que pide eso o la dignidad de la mujer que después se atrevió a contarlo. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que durante años la prensa oficialista de México no quiso contarte. Primero, exactamente, ¿qué le pidió César Yáñez a Elena Chávez mientras Dulce María Silva cumplía su condena en el penal de San Miguel? Segundo, la reconstrucción completa de la boda más fastuosa que vio el sexenio de López Obrador.

 Las 9000 rosas, el vestido de diseñador, la portada de la revista Hola, los 8 millones de pesos de fiesta y un detalle que casi nadie ha contado cuánto le costó esa fiesta a César Yáñez en su carrera política. Tercero, lo que decidió hacer Elena Chávez 4 años después cuando publicó un libro que se agotó antes de salir a la venta y que hizo que el propio presidente la atacara desde Palacio Nacional.

Y cuarto, lo que pasó con cada uno después. ¿Dónde está hoy Elena? ¿Dónde está hoy César? ¿Y por qué la mujer que estuvo presa por lavado de dinero terminó sentada en una curul del Congreso de la Unión como diputada federal por Morena? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender esta historia, para entender cómo es posible que pasen estas cosas en el círculo más íntimo del poder mexicano, necesitas conocer a la mujer que se atrevió a romper el pacto de silencio.

 Una mujer que tu generación quizá no ubica porque nunca apareció en televisión, nunca fue actriz de telenovela, nunca cantó en Siempre en Domingo. Pero una mujer que durante 18 años caminó al lado de los hombres que cambiarían México. una mujer que cargó con todos los secretos. Su nombre es Elena Chávez González. Tú a lo mejor escuchaste ese nombre en las noticias hace un par de años y se te borró.

Es un nombre que la prensa oficialista mexicana intentó borrar a propósito. Un nombre que el presidente López Obrador desde su mañanera intentó manchar acusándola de despecho. Un nombre que cuando ella lo escribió en la portada de un libro publicado en octubre de 2022, la editorial Penguin Random House vio agotarse la primera edición en preventa antes de que el libro saliera siquiera a las librerías.

Elena Chávez nació el 25 de mayo de 1963 en la Ciudad de México. Hija de una familia trabajadora formada en escuelas públicas, decidió desde joven que quería contar historias. Estudió periodismo en la escuela Carlos Septien García, una de las más prestigiosas de México, esa escuela de la que también salieron grandes plumas del periodismo mexicano.

Tú que estás escuchando y que viviste los años 90 en México, recuerda aquella época. Eran los años del Excelsior todavía importante, del uno más un como periódico de referencia, de ovaciones leído en los puestos de la esquina, de las redacciones llenas de humo, de máquinas de escribir, de teléfonos sonando todo el día, de los reporteros que llegaban a casa a las 11 de la noche oliendo a café frío y a tinta.

En esas redacciones trabajó Elena Chávez durante toda la década de los 90. en Excelsor entre 1990 y 1994, en uno más uno en 1995, en ovaciones entre 1998 y el año 2000. Eran tiempos distintos. Una mujer reportera en una redacción mexicana de los 90 cargaba con cosas que las periodistas de hoy no se imaginan. Los comentarios machistas en cada nota.

Los jefes que asignaban temas leves porque tú eres mujer. Las giras a las que no la dejaban ir porque ese tema es muy duro para una señorita. Las cantinas a las que sus colegas hombres se iban a cerrar tratos con políticos y a las que ella por ser mujer no podía entrar. Y aún así, Elena se abrió paso.

 Cubrió política, cubrió Congreso, cubrió las elecciones de 1994, una de las más sangrientas y peligrosas que vivió México con el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Pero su carrera no se quedó en los periódicos. En 1996 se metió a comunicación social en el Senado de la República. Al año siguiente, en 1997, durante el sexenio de Ernesto Cedillo, entró a trabajar a la Secretaría de Gobernación.

Era una mujer ambiciosa, trabajadora, que sabía moverse en los pasillos donde se decidían las cosas. Y fue ahí, en ese cruce entre el periodismo y la política, donde apareció el hombre que cambiaría su vida. Se llamaba César Yáñez Centeno Cabrera. era operador político. Se había unido al Partido de la Revolución Democrática en 1994, recién fundado ese partido, todavía con la energía de la izquierda mexicana que había salido del PRI 5 años antes.

Trabajaba con Porfirio Muñoz Ledo, una de las figuras más importantes de la izquierda mexicana en aquellos años. Y fue ahí, en esas oficinas del PRD, donde César conoció a un político tabasqueño que poco a poco iba ganando peso. Un señor del bigote canoso que hablaba siempre de los pobres. Andrés Manuel López Obrador.

En 1998, después de algunos años de noviazgo, Elena Chávez y César Yáñez se casaron. Ella tenía 35 años. Él 37. Eran dos profesionales del periodismo y la política unidos por un mismo proyecto. Cambiar México desde la izquierda. Si tú tienes más de 60 años y viviste los años 90 en México, entiendes perfectamente ese tipo de matrimonio.

los matrimonios de gente del PRD de aquella época, cenas con compañeros militantes, reuniones en casas modestas para planear campañas, mítines a los que iban juntos los fines de semana, hijos de los amigos que crecían juntos, una vida entera tejida alrededor de un proyecto político. Eso fue el matrimonio de Elena y César durante muchos años.

18 años para ser exactos. Eran los años en que la izquierda mexicana, después de la fundación del PRD en 1989, todavía era una causa romántica, una causa donde la gente daba mucho, ganaba poco y creía profundamente. Las casas del partido no tenían lujo, los carros eran modestos. Los viajes a las giras se hacían en camionetas viejas, deteniéndose en gasolineras de carretera, comiendo en fondas, durmiendo en hoteles de tercera.

Elena cargaba con todo eso. Acompañaba a César en muchas de esas giras, tomaba notas, redactaba boletines, hacía relaciones con los reporteros locales, era parte del equipo, era pareja, era cómplice. Y en esos años, dentro de esa vida sencilla y comprometida, Elena fue creando una comunidad, amigas que también eran esposas de militantes, comadres de los hijos de los compañeros, familiaridades que se construyen cuando se camina junto a otros por mucho tiempo.

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