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Pedro Infante: La Verdad Detrás De La Vida Personal Del Ídolo De México

 Pedro creció viendo que el talento artístico podía llenar una habitación de alegría, pero no siempre llenaba el estómago.  Desde muy joven mostró dos cosas que raramente van juntas. Una habilidad natural para hacer sentir bien a la gente y una ambición que no se conformaba con quedarse en Mazatlán. Aprendió a tocar la guitarra prácticamente solo.

 Cantaba en fiestas, en reuniones familiares, en cualquier espacio donde alguien quisiera escucharlo. Pero lo que más llamaba la atención no era la técnica,  sino algo que no se puede enseñar. Cuando Pedro Infante cantaba, la gente sentía que le estaba  cantando a ella, solo a ella. Ese don, esa capacidad de hacer que cada persona en un cuarto se sintiera la más importante lo acompañaría toda la vida.

 Dentro y fuera del escenario. Se fue a la Ciudad de México siendo un adolescente con una guitarra y  muy poco más. Los primeros años en la capital fueron duros. Trabajó como carpintero para comer mientras buscaba la oportunidad que sabía que existía, pero que tardaba en llegar. Esa combinación, el artista que trabaja con las manos para poder seguir siendo artista  se convirtió en parte de su imagen pública después.

 El hombre del pueblo, el que no se olvidó de dónde  venía. Y eso era genuino en él, al menos en parte. El problema es que junto con esa autenticidad convivían otras cosas  que no eran tan limpias. La oportunidad llegó a finales de los años 30 cuando comenzó a grabar para la X,  la radio más importante de México.

 Su voz llegó a millones de hogares antes de que su cara llegara a las pantallas  y cuando el cine lo descubrió, la combinación fue explosiva. Porque Pedro Infante no era solo un cantante que actuaba, era una presencia que la cámara amaba con una generosidad que no tiene explicación técnica.

 aparecía en la pantalla y la sala entera se inclinaba hacia adelante. Sus películas eran el espejo donde México quería verse, el hombre trabajador, leal, enamorado, divertido, el que sufre pero no se rinde, el que ama con todo aunque el amor le cueste. Nosotros los pobres de 1948 fue un fenómeno cultural sin precedentes en el cine mexicano.

La gente lloraba en las salas, volvía a verla, la discutía como si fuera la historia de alguien que conocía y en cierto sentido lo era. Pedro Infante  había convertido la vida cotidiana del mexicano como un en poesía visual. Eso no se finge. Venía de algo genuino en él.

 Pero hay una trampa en el éxito de ese tipo. Cuando un hombre se convierte en símbolo de todo lo que una sociedad quiere admirar, la sociedad deja de verlo como persona y empieza a verlo como espejo. Y los espejos no tienen vida privada, no cometen errores, no mienten. Pedro Infante pagó el precio de ese pedestal durante toda su carrera porque cualquier cosa que hiciera que no encajara con la imagen era simplemente ignorada o min.

 Ada por un público que no estaba dispuesto a perder su ídolo. Y él, que lo sabía, aprendió a usar esa protección con una habilidad que con los años se volvió casi instintiva. Para principios de los años 50,  Pedro Infante era la figura más popular de México sin discusión, más que los políticos, más que los deportistas, más que cualquier otro artista.

 Su cara estaba en todas partes.  Sus canciones sonaban en cada radio. Sus películas llenaban cada sala. Y en su vida  personal, fuera de las cámaras y los micrófonos, estaba construyendo algo que ninguno de sus admiradores imaginaba,  algo que requería una organización extraordinaria,  una capacidad para la mentira que muy pocas personas tienen y una frialdad emocional  que contrastaba brutalmente con la calidez que proyectaba en público.

 Porque Pedro Infante, el hombre que cantaba al amor verdadero en cada canción, el que lloraba en la pantalla por la mujer que amaba, el que México entero imaginaba como el esposo ideal, estaba llevando una doble vida. Y no era una doble vida simple ni fácil de explicar. Era algo más complicado, más elaborado y más difícil de justificar de lo que cualquier historia oficial ha querido admitir.

 Para entender cómo llegó a eso, hay que entender primero al hombre que había detrás del personaje, al Pedro Infante que sus amigos más cercanos conocían y que el público nunca vio. Hay una diferencia enorme entre conocer a alguien a través de sus películas y conocerlo de verdad. Y en el caso de Pedro Infante, esa diferencia era especialmente grande.

 El hombre que sus amigos, sus colaboradores y las personas que vivían con él conocían, tenía dimensiones que el público no veía y que la industria del entretenimiento mexicano de esa época no tenía ningún interés en mostrar, no porque fueran terribles, sino porque rompían la ilusión. Y la ilusión era demasiado valiosa para todos como para arriesgarse a perderla.

 Pedro Infante tenía un carácter que sus cercanos describían como magnético, pero también como impredecible. Podía ser el hombre más encantador del mundo en un momento y  al siguiente volverse distante, hermético, difícil de leer. No era violento ni cruel, pero tenía una capacidad para desconectarse emocionalmente de las situaciones incómodas que, en retrospectiva,  explica mucho sobre las decisiones que tomó en su vida personal.

Cuando algo le generaba conflicto, Pedro Infante no lo enfrentaba,  lo rodeaba. Encontraba la manera de seguir adelante sin resolver el problema de fondo. Su relación con el dinero era complicada de una manera que sorprendía  a quienes lo conocían. Ganaba fortunas para los estándares de la época y las gastaba con una velocidad que dejaba a sus administradores sin palabras.

 No en lujos ostentosos necesariamente, sino en una generosidad que rozaba la imprudencia. Pagaba deudas de conocidos, regalaba dinero a personas que se lo pedían, financiaba proyectos de amigos sin preguntar demasiado. Esa generosidad era genuina, pero también era una forma de comprar afecto y lealtad  sin tener que dar lo que realmente cuesta.

 Tiempo, presencia y honestidad. Sus amigos más cercanos hablan de un hombre que amaba la adrenalina, no solo en el escenario o frente a la cámara, en todos los aspectos de su vida. Manejaba rápido, piloteaba aviones que en esa época era un hobby de alto riesgo reservado para los que tenían dinero y poca precaución.

 Se metía en proyectos que sus asesores le desaconsejaban. vivía como si el tiempo fuera un recurso del que tenía más del que en realidad tenía. Y esa relación con el riesgo, esa sensación de ser intocable se extendía también a sus relaciones personales. Con Jorge Negrete, el otro gran ídolo del cine de oro mexicano,  tuvo una relación que la historia oficial describe como de admiración mutua y que en la práctica era bastante más tensa.

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