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MARÍA FÉLIX: El OSCURO Secreto tras la HERENCIA a su CHOFER.. Lo que la TUMBA reveló sobre su Muerte

Dice que su hermana fue asesinada. Dice que no existe ningún testamento legítimo. La policía abre la tumba en el panteón francés de San Joaquín. Una semana después, el resultado oficial es contundente. Muerte natural mientras dormía. Benjamín retira la denuncia. Dice que hizo una profunda reflexión. Renuncia a cualquier derecho sobre la herencia, pero su desconfianza nunca desaparece del todo.

¿Cómo es posible que la mujer más famosa de México haya terminado completamente sola en una cama vacía con un chóer como única compañía y como único heredero? La respuesta a esa pregunta no está en los últimos años de su vida, está en los primeros. Está en una noche de diciembre de 1937. Está en un cuartel militar vacío.

Está en un muchacho de 24 años con ojos color de gato y un balazo en el pecho. Está en el primer amor de María Félix, que fue también el más prohibido, el más doloroso y el que la marcó para siempre con una marca que ningún marido, ninguna película y ninguna joya de Cartier pudo borrar jamás.

Hoy vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron sobre María Félix. Lo que realmente pasó la noche del 26 de diciembre de 1937 cuando su hermano José Pablo apareció muerto en el colegio militar de Popotla y lo que una investigadora descubrió 80 años después que le dio la razón a María cuando siempre insistió en que no fue suicidio sino asesinato.

La noche en que Agustín Lara, el hombre que le compuso María Bonita, entró a su camerino con un arma y le disparó y lo que ella hizo después que ningún medio publicó en su momento, el pacto roto entre María y su único hijo Enrique la Verdad sobre su orientación sexual, que ella siempre supo y nunca condenó, y la frase que él dijo dos años antes de morir, que resultó ser una profecía devastadora.

Y la razón real por la que dejó toda su fortuna a Luis Martínez de Anda y no a su propia sangre. Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la cuarta. Y la cuarta es la que lo explica todo. Escríbeme en los comentarios ahora mismo. ¿En qué película o canción conociste a María Félix por primera vez? ¿Tu mamá, tu abuela, quien te habló de ella? Solo una línea,  porque esta historia la construimos juntos y tu respuesta me dice exactamente cuánto de esta verdad llegó a ti antes de hoy. Y

si esta historia ya te está moviendo algo por dentro, sientes que hay verdades que merecen contarse completas sin los filtros que el poder aplica para hacerlas más cómodas, suscríbete ahora, porque aquí esas verdades nos entierran. Antes de ser la doña, antes de ser el mito viviente que paralizaba los sets de filmación con una sola mirada, María Félix fue una niña de un pueblo de Sonora con 11 hermanos, un padre militar que gobernaba la casa como si fuera un cuartel y una madre que vivía aterrorizada de que los vecinos hablaran

mal de su familia. María de los Ángeles, Félix Huereña, nació el 8 de abril de 1914 en Álamos. Sonora, aunque ella diría durante toda su vida que nació en 1920 o 22. Rasuró entre 6 y 8 años de su edad para la prensa con el control de acero que aplicaría toda su historia durante el resto de su vida.

Cuando el periodista Paco Ignacio Taibo publicó su acta de nacimiento real en su biografía de 1986, María le retiró el habla para siempre. 25 años de amistad destruidos por una fecha de nacimiento. Eso te dice todo lo que necesitas saber sobre el valor que esta mujer le daba al control de su propia historia.

Pero hay algo más importante que su fecha de nacimiento, algo que ella sí decidió contar con sus propias palabras en la autobiografía que dictó Enrique Krauce en 1994, titulada Todas mis guerras. Y lo que contó ahí es lo que explica todo lo que vino después. Porque sin ese dato, sin esa confesión que María hizo a los 80 años mirando a la cámara sin bajar la vista, ninguna de las otras tres revelaciones de esta historia tiene la dimensión real que tiene.

Entre sus 11 hermanos, Josefina, María de la Paz, Bernardo Miguel, Mercedes, Fernando, Ricardo Benjamín, Ana María del Sacramento, hubo uno que fue diferente. Se llamaba José Pablo. Y lo que María sintió por él no puede explicarse con las palabras que se usan habitualmente para describir el cariño entre hermanos. Le decían el gato porque tenía los ojos muy claros, casi amarillos.

Era, según las propias palabras de María en esa autobiografía, un dios de guapo, moreno con el pelo rubio beteado por el sol y un lunar junto a la boca, idéntico al de ella. cantaba y toaba la guitarra como los mismísimos ángeles. Con él, dijo María, fue donde despertó en mí la adolescencia, una flor que se abre, donde el afecto brota del modo más natural.

No podía estar mucho tiempo cerca de él sin sentarme en sus piernas o treparse a su espalda, porque mi madre se ponía furiosa. Los juegos que habían sido naturales en nuestra niñez ya no le gustaban. Ella misma lo llamó un incesto blanco, una conexión que desafiaba todo lo que la sociedad de Álamos Sonora en los años 20 consideraba aceptable y lo dijo en los 80 años con la cámara encendida sin ningún gesto de vergüenza, porque para entonces ya no le importaba lo que el mundo pensara.

Lo único que le importaba era que la verdad quedara dicha antes de que ella ya no pudiera decirla. Lo que hizo la madre de María cuando descubrió lo que estaba pasando entre sus dos hijos fue lo que cualquier madre de un pueblo de Sonora en 1929 habría hecho. Separar, arrancar al varón de la casa, mandarlo lo más lejos posible con la lógica brutal de quien cree que la distancia física puede extinguir algo que ya está instalado en dos personas que se aman.

Y el lugar más lejos y más disciplinado que existía para un joven en el México de esa época era el Colegio Militar. Así que José Pablo Félix Huereña, el muchacho de ojos de gato y guitarra de ángel, fue sacado de álamos y enviado a la ciudad de México, al colegio militar de Popotla. María tenía 15 años, Pablo tenía 17.

La separación fue un desgarro que ella nunca perdonó a sus padres. Y lo que le pasó a Pablo dentro de ese colegio marcó el destino de María de una forma que ninguna película, ninguna canción y ningún hombre pudieron borrar jamás. La última vez que María vio a su hermano con vida fue durante una visita que él hizo de la Ciudad de México a Álamos.

Ya vestía uniforme de cadete, ya era otro hombre, al menos por fuera. Y María, al verlo de militar, pensó algo que después repetiría muchas veces a lo largo de sus 88 años. se lo dijo a Enrique Crauce con una claridad que corta como un cuchillo. Al verlo de militar, pensé en buscarme un muchacho como él que tuviera su piel y sus ojos, pero que no fuera mi hermano.

Era una tontería, porque el perfume del incesto no lo tiene otro amor. El perfume del incesto no lo tiene otro amor. Esa es una de las frases más reveladoras que una mujer pública ha dicho jamás en México. Y María la dijo a los 80 años con la cámara encendida sin bajar la mirada. Recuerda esa frase, recuerda esos ojos de gato.

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