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LA VERDAD SOBRE EL ACCIDENTE DE PEDRO INFANTE: SU NIETO CONFIESA TODO POR PRIMERA VEZ

Solo tienen fe en que algo grande está por venir y tienen razón. 1943. Y Pedro graba su primer disco. Se llama Mañana. Es un éxito instantáneo. La canción resuena en todas las radios, en todas las cantinas, en todos los hogares. La gente la tararea en la calle, la silva mientras trabaja, la entona en las fiestas.

La XW, la emisora de radio más importante de México, lo contrata. Su voz se escucha en todo el país. Desde Tijuana hasta Cancún, desde las mansiones de Polanco hasta los ranchos de Chihuahua. Todos conocen a Pedro Infante, todos quieren escucharlo. Ese mismo año toma parte en la película La feria de las flores.

No es el protagonista, solo interpreta el tema central. Pero la cámara lo ama y él ama la cámara. Hay algo magnético en su presencia, una mezcla de humildad y carisma que nadie puede explicar, de vulnerabilidad y fortaleza, de melancolía y alegría. Cuando sonríe, el público sonríe. Cuando llora, el público llora.

Cuando canta, el público enmudece. El director Ismael Rodríguez lo ve y comprende de inmediato que tiene oro en las manos. No plata, no bronce, oro puro. El tipo de talento que surge una sola vez por generación. En 1948 filman juntos nosotros los pobres. Pedro interpreta a Pepe el Toro, un carpintero de barrio humilde, noble, trabajador, que soporta tragedias terribles, pero nunca pierde la fe, que quiere a su madre con devoción, que cuida a su hija adoptiva Chachita, que entona Amorcito Corazón mientras labra madera en su taller. La película rompe

todos los registros de taquilla, las filas rodean la manzana. La gente va a verla dos veces, tres veces, 10 veces. Memorizan los diálogos, cantan las melodías, lloran en los mismos momentos. Pedro Infante se convierte en el actor más famoso de México y también en el más querido, porque a diferencia de otras estrellas, Pedro nunca olvida de dónde viene.

Sigue siendo el mismo muchacho de Huamuchil, el mismo niño que fue jefe de mandaderos a los 10 años, el mismo pobre que conoció el hambre y la muerte. saluda a todos, al portero, al electricista, al mesero, al que vende periódicos en la esquina. Firma autógrafos hasta que le duele la mano y luego sigue firmando. Regala dinero a quien lo necesita.

Se detiene en la calle para hablar con sus seguidores. No los ignora, no los desprecia. Les entrega su tiempo, su atención, su corazón. En sus películas encarna al mexicano común, al ranchero que labra la tierra, al albañil que levanta casas, al carpintero que talla madera, al policía de tránsito que ordena el caos, al hombre que ama pero no sabe expresarlo, al padre que falla, pero lo intenta, al hijo que sufre, pero no se lamenta.

La gente se ve reflejada en él. Ven a sus padres, a sus hermanos, a sus vecinos. a ellos mismos y lo aman por eso lo aman porque es uno de los suyos, porque jamás dejó de serlo. Pero hay un problema. Pedro Infante tiene una debilidad. Las mujeres. Está casado con María Luisa León, pero no puede serle fiel.

En 1945 conoce a una bailarina de 14 años llamada Guadalupe Torrentera. Sí, 14 años. Pedro tiene 28. Es otra época, nadie dice nada. Lupita, como todos la llaman, trabaja en el teatro Folis. Se anuncia como la muñequita que baila. Pedro la ve y queda completamente fascinado. La corteja le envía recaditos escritos a mano.

Chaparrita, eres muy bonita. Te mando muchos besos. La madre de Lupita intenta separarlos, no desea que su hija se involucre con un hombre casado. Ispero Pedro insiste y Lupita. Se va a vivir con él. No sabe que está casado. Pedro le oculta a María Luisa León, le oculta que tiene esposa legal, le oculta todo y así da inicio una doble vida que se extenderá por años.

Con Lupita tiene tres hijos. Graciela Margarita, que fallecerá a los 16 meses de poliomielitis. Pedro, que décadas después se quitará la vida, y Guadalupe, conocida como Lupita Infante. Pero Pedro sigue casado con María Luisa, nunca se divorcia. Sostiene dos hogares, dos vidas, dos mujeres que lo aman y que no saben la una de la otra hasta que lo descubren.

María Luisa recibe una llamada. Una mujer anónima le revela que Pedro tiene otra familia, otra casa, otra mujer, hijos. María Luisa enfrenta a Lupita. Lupita se entera de que Pedro está casado. Intenta dejarlo. Pedro le ruega que se quede. N le promete que abandonará a María Luisa. Nunca lo cumple. Y mientras sostiene este triángulo amoroso, conoce a otra mujer.

1949, en el set de filmación de la película No desearás la mujer de tu hijo. Una jovencita de 15 años llamada Irma Dorantes tiene un papel secundario. Pedro la ve y ocurre lo mismo que con Lupita. Queda fascinado. Comienza a cortejarla. Irma es distinta a las demás. más joven, más inocente, más vulnerable.

Pedro la seduce con la misma facilidad con la que seduce al público. En 1953 contraen matrimonio en Mérida. Hay un problema. Pedro sigue casado con María Luisa León. Nunca se divorció. Falsifica su firma para obtener un acta de divorcio falsa. Se une a Irma sin revelarle la verdad. es vigamia, es un delito y eventualmente María Luisa se entera y presenta una denuncia.

Y el caso llega hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación. El 9 de abril de 1957, el tribunal emite su resolución. El matrimonio entre Pedro Infante e Irma Dorantes queda anulado. Pedro no es legalmente esposo de Irma, nunca lo fue. La noticia se convierte en un escándalo nacional.

Los periódicos lo colocan en primera plana. Pedro está en Mérida cuando se entera. Irma lo llama llorando. Él le jura que lo resolverá, que viajará a la ciudad de México, que luchará por su matrimonio. Ese es el contexto. Seis días después de que su matrimonio fue anulado públicamente, Pedro Infante aborda un avión rumbo a la Ciudad de México.

No encuentra lugar en ninguna aerolínea comercial, así que decide trasladarse en un avión de carga de Tamsa, la empresa de aviación de la que es socio. Es un vuelo de último momento, una decisión desesperada. Ah, necesita llegar a la capital, necesita reconstruir su vida. No sabe que está subiendo a su propia tumba. Aquí viene lo primero que nadie te ha contado.

El piloto de ese avión, Víctor Manuel Vidal Lorca, no era un desconocido para Pedro. Era su instructor de aviación, su maestro, el hombre que le enseñó todo lo que sabía sobre volar. Pedro amaba volar casi tanto como amaba cantar, quizás más. Cuando estaba en el aire decía, “Se sentía libre.

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