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J.LUIS CHILAVERT: CONFESÓ QUIÉN LE DESTROZÓ LA VIDA

Rolando primero, José Luis después. Mientras el padre iba y venía como un fantasma que dejaba ropa sucia y silencio. El pequeño José Luis era distinto desde chico. Los vecinos lo recordaban con una mirada que no parecía de un niño de 6 años. No bajaba los ojos, no retrocedía. Cuando otro chamaco le pegaba en la calle, no lloraba.

Lo miraba fijo y esperaba que el otro se cansara. Después, sin decir una palabra, se le iba encima. Catalino, las pocas veces que lo vio pelearse, no lo regañó. Una sola frase le dijo y el niño la guardó para toda la vida. Una frase que iba a explicar después por qué ese hombre se peleó con medio planeta sin pestañar. Vamos a volver a esa frase.

Guarda esto en tu mente porque va a regresar. La pobreza en Luke no era una idea, era física. Era olor a humo de leña adentro de la casa. Era zapatos comprados dos tallas más grandes para que duraran 3 años. Era el día de cumpleaños sin torta. Era el cuaderno de la escuela escrito hasta en los márgenes porque comprar otro era un lujo.

Y en esa casa de chapas y silencio había una pelota de trapo, una sola, vieja, cocida y descoscida tantas veces que ya no se sabía de qué color había sido al principio. Esa pelota era de José Luis y con esa pelota contra una pared de la calle de tierra, ese niño paraguayo aprendió algo que iba a definir su vida entera. Aprendió a atajar.

Le faltaban guantes, le faltaba un entrenador, le faltaba un arco de verdad, le faltaban tantas cosas que un día, cansado de tirarse al suelo y rasparse los codos contra la tierra, le pidió a Nicolasa unas rodilleras. Nicolasa no tenía dinero para rodilleras. Lo que hizo Nicolás a esa noche fue agarrar dos trapos de cocina, los cortó, los cosió, los rellenó con algodón viejo y se las amarró a su hijo con tiras de tela.

Esas fueron las primeras rodilleras de José Luis Chilabert, hechas por su madre a la luz de una vela en una cocina donde el techo goteaba. Y aquí ya empieza a aparecer un patrón, porque la madre estuvo, la madre cosció, la madre rezó, la madre crió y el padre El padre no se enteró de las rodilleras hasta tres días después, cuando volvió a la casa y vio al niño jugando con los trapos puestos.

lo miró, no dijo nada, se metió a dormir. A los 9 años, José Luis ya era el arquero del equipo del barrio. A los 12 era el arquero del equipo de la Liga Infantil de Luke. A los 14, los entrenadores empezaron a decir lo mismo en voz baja. Este chico tiene algo que no se enseña. A los 15 debutó como profesional en esportivo luqueño, 15 años, una edad en la que otros chicos todavía pedían permiso para llegar tarde a su casa y él ya cobraba un sueldo por atajar.

El primer dinero que ganó José Luis Chilaverte en su vida lo metió en un sobre. cerró el sobre, caminó hasta su casa, lo puso en la mesa de la cocina delante de Nicolasa y le dijo cinco palabras que la madre nunca olvidó. “Mamá, ya no vas a lavar más ropa ajena.” Nicolasa lloró. Catalino, esa noche no estaba.

Pero hay algo que nadie sabe de esos primeros meses como profesional, algo que cambia toda la historia. Imagina por un momento que un niño de 15 años, que apenas tiene edad de afeitarse llega a su casa con un sobre lleno de dinero y descubre una semana después que el sobre ya no estaba donde lo había dejado. Imagina que pregunta, que vuelve a preguntar, que su madre baja la cabeza y le pide que no insista.

Imagina que entiende, sin que nadie se lo diga, que el padre se llevó la primera plata que él había ganado en su vida sin pedir permiso, sin avisar, sin devolver. Eso pasó en Luke en 1980 y esa fue la primera vez que José Luis Chilavert sintió en el estómago lo que iba a sentir muchas veces más en su vida. Una rabia muda, una traición que no se podía denunciar, una herida que tenía la cara de su propio padre.

A los 19 años fichó por guaraní de Asunción. A los 20 lo vino a buscar San Lorenzo de Almagro en Argentina. Cruzó la frontera con una maleta de cartón y dos camisetas. En Buenos Aires nadie sabía pronunciar su apellido. Le decían el paraguayo. Y al paraguayo le bastaron cuatro partidos para que la gente del Bajo Flores empezara a corear su nombre en la tribuna. Pero algo había cambiado en él.

Algo se había endurecido. Ese niño que aprendió a no llorar en Luke, ahora era un hombre que aprendió a no perdonar. Catalino seguía apareciendo. Catalino seguía pidiendo. Catalino seguía llevándose. Y José Luis, cada vez que volvía a Paraguay encontraba la misma escena. Una madre que envejecía rápido, un padre que no envejecía nunca porque vivía como si la vida fuera fiesta y un hermano mayor, Rolando, que también jugaba al fútbol, pero que nunca iba a llegar a donde iba a llegar José Luis. Aquí es donde todo cambia. En

1988, Chilavert dio el salto a Europa, Real Zaragoza, España, la Liga, dinero de verdad por primera vez, una casa propia, un coche, trajes, relojes. Y en medio de toda esa explosión de vida, una llamada que recibió un sábado por la mañana. Catalino del otro lado. Catalino llorando. Catalino diciéndole que Nicolasa estaba enferma, que necesitaban dinero urgente, que mandara lo que pudiera.

José Luis mandó. Mandó mucho. Mandó más de lo que cualquier hijo en su sano juicio hubiera mandado. Y dos meses después, cuando volvió a Paraguay a ver a su madre, descubrió que Nicolasa nunca había estado enferma. La operación que supuestamente le iban a hacer no existía. Los medicamentos que supuestamente había comprado Catalino no se habían comprado.

El dinero sencillamente no estaba. Y aquí es donde aparece el primer caramelo de esta historia, porque José Luis no le gritó esa tarde a su padre, no lo enfrentó, no le exigió explicaciones, hizo algo más raro, algo que solo entendió él. sacó una pequeña libreta del bolsillo trasero del pantalón, una libreta negra de tapa dura y anotó algo adentro, una fecha, una cifra, una palabra.

Cerró la libreta, la guardó y esa libreta lo iba a acompañar durante los próximos 20 años de su vida. ¿Qué decía esa libreta? Vamos a volver a eso. Te aseguro que vas a recordar este momento. El regreso a Sudamérica fue en 1991. Vé Sarsfield, Buenos Aires. Y aquí empieza la parte que los mayores de 55 años recuerdan con la piel erizada.

Porque Vélez no era un equipo grande de Argentina antes de Chilavert. Vélez ganaba poco. Vélez peleaba abajo. Vélez era el equipo del barrio de Liniers con una hinchada fiel pero chica. 3 años después de la llegada del paraguayo, Vélez ganó la Copa Libertadores de América. La final fue contra el San Pablo de Brasil. Y en la tanda de penales, ese arquero paraguayo de mirada dura le atajó el penal definitivo a un brasileño.

salió campeón de América y dos meses después en Tokio jugó la Copa Intercontinental contra el Milan de Italia, el Milan de Franco Baresi, el Milan de Paolo Maldini, el Milan que era considerado el mejor equipo del mundo y un club del barrio de Liniers. Dirigido por Carlos Bianchi, con un arquero paraguayo que cobraba penales, le ganó al Milan 1 a0. Chilabert no atajó solo.

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