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El enigma de Jorge Rivero a sus casi 90 años: de símbolo sexual del cine internacional a una vida en el absoluto anonimato

El universo del séptimo arte está construido sobre mitos, imágenes que se graban a fuego en la retina del público y que parecen desafiar las leyes de la naturaleza. Durante las décadas de los 60, 70 y 80, pocos rostros encarnaron esa condición de inmortalidad con tanta fuerza en el plano hispanoamericano como Jorge Rivero. Poseedor de una presencia física imponente, una estatura privilegiada y un magnetismo que derribaba fronteras, Rivero no fue simplemente un actor de moda; se convirtió en el arquetipo del héroe de acción, en el galán indiscutible del melodrama popular y en una de las poquísimas estrellas mexicanas que logró penetrar con éxito en la competitiva e inflexible maquinaria de Hollywood. Compartió marquesinas con colosos de la historia grande del cine mundial, filmó en diversos continentes y vio su nombre transformarse en un sinónimo de vigor y deseo.

Sin embargo, el tiempo, ese director invisible que no acepta negociaciones ni dobles de riesgo, avanza implacable. En la actualidad, cuando Jorge Rivero se encuentra en las puertas de cumplir los 88 años de edad —rozando esa barrera de los 90 que suele invitar a los balances definitivos—, la fascinación que despierta su figura ha cambiado de eje. Ya no se debate cuántos largometrajes componen su extensa filmografía o cuántas portadas de revista protagonizó en su juventud. La gran interrogante que hoy sacude a los cinéfilos y a los programas de crónica social es mucho más profunda y humana: ¿Cómo vive sus días un hombre que estuvo bajo la mirada constante de millones de perso

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