Posted in

MOLA: el verdadero autor del golpe — Franco le robó la guerra y la historia

Los tiempos, los objetivos, la coordinación. Franco ejecutó la parte que le correspondía. el traslado del ejército de África a la península con la ayuda de aviones alemanes e italianos, con una eficacia que nadie puede negarle, pero ejecutó un plan que no había diseñado. Y esa diferencia entre quién diseña y quién ejecuta, entre quién construye y quién hereda, es exactamente la diferencia que la historia franquista pasó 40 años borrando con meticulosa eficiencia.

Los archivos, sin embargo, no olvidan. Y los archivos dicen lo mismo que dijeron siempre. El plan era de Mola. Franco llegó cuando el tren ya estaba en marcha y cuando Mola murió 13 meses después, en circunstancias que todavía hoy levantan preguntas que nadie ha respondido del todo, Franco heredó no solo el mando, heredó la historia y la reescribió.

Eso es lo que vamos a demostrar. Hay una imagen que el franquismo construyó con décadas de paciencia y toneladas de propaganda. La imagen de Francisco Franco como el líder inevitable, el hombre providencial que desde el primer momento supo que España necesitaba salvarse y se puso al frente de esa misión con la determinación de quien no conoce la duda.

Es una imagen poderosa, es una imagen cuidadosamente fabricada y es, en sus fundamentos más importantes, una mentira. Porque los documentos cuentan otra historia, una historia más pequeña, más humana, más reveladora. La historia de un general que dudó, que negoció, que midió riesgos con la frialdad de un contable antes de comprometerse con una conspiración que otros habían construido sin él.

Enero de 1936, cuando las elecciones que darían la victoria al Frente Popular se acercaban, Mola ya llevaba meses construyendo su red. Franco, en cambio, publicó un artículo en la prensa en el que advertía al gobierno sobre los peligros del marxismo, pero no llamaba a ningú acción concreta.

Era el movimiento de un hombre que quería estar en todos los lados sin comprometerse con ninguno. Un seguro de vida político disfrazado de patriotismo. Cuando el Frente Popular ganó las elecciones en febrero, el gobierno republicano tomó una decisión que, en retrospectiva, parece casi cómica. Para alejar a los generales más peligrosos de Madrid, los destinaron a las periferias del imperio.

A Franco le mandaron a Canarias, a Mola, a Pamplona. Creyeron que los estaban neutralizando. En realidad le estaban dando a Mola el escenario perfecto para conspirar sin ojos encima. Desde Pamplona, Mula trabajaba sin descanso. Desde Canarias, Franco escribía cartas. Y en esas cartas que los historiadores han analizado con lupa durante décadas aparece un franco muy diferente al del mito.

En marzo de 1936 escribió el ministro de la guerra ofreciendo su colaboración con la República. No era una maniobra de doble juego, o al menos no completamente. Era la actitud de un hombre que todavía estaba evaluando qué bando tenía más probabilidades de ganar. Los propios conspiradores de la red de mola estaban desesperados con él.

En las comunicaciones internas, Franco aparece descrito entre líneas como alguien imprescindible, pero imposible. Imprescindible porque su control sobre el ejército de África era determinante. Imposible porque ponía condiciones, pedía garantías, exigía certezas que nadie podía darle en una conspiración que por definición operaba en la niebla.

Hubo un momento documentado en que Mola estuvo a punto de lanzar el golpe sin franco, no como amenaza, sino como decisión real. La conspiración no podía esperar indefinidamente a que el general más prudente de España terminara de calcular sus probabilidades. Si Franco no se comprometía, se seguía sin él.

Fue esa presión más que ninguna convicción ideológica, lo que finalmente movió a Franco. El tren estaba saliendo de la estación con o sin él y Franco, que sobre todas las cosas era un superviviente nato, entendió que quedarse en el andén era la única opción verdaderamente peligrosa. Se subió al tren, pero el tren la había construido otro.

Eso es lo que los libros de texto no cuentan, que el caudillo inevitable, el líder natural de la rebelión nacional, fue en realidad el último en comprometerse, el que más negoció, el que más tardó y que cuando finalmente actuó ejecutó un plan que tenía el nombre de otro hombre escrito en cada página. La historia es a veces así de irónica y a veces cuando tiene poder suficiente para reescribirse deja de ser irónica y se convierte en algo mucho más oscuro.

El 3 de junio de 1937, la guerra civil llevaba casi un año en marcha. El bando nacional avanzaba. Mola, convertido en comandante del Ejército del Norte, dirigía las operaciones en el frente de Vizcaya con la misma metodología fría y eficaz que había aplicado a la conspiración. Era en ese momento el segundo hombre más poderoso del bando sublevado.

Algunos en privado lo consideraban el primero en términos reales de capacidad militar. Esa mañana Mola debía volar desde Vitoria hasta Valladolit. El avión era un Breget 19, una aeronave veterana fiable en condiciones normales. Las condiciones esa mañana no eran normales. Había niebla, había nubes bajas. Las condiciones meteorológicas eran, según los testimonios posteriores, lo suficientemente malas como para que el vuelo generara dudas entre los pilotos.

El avión despegó minutos después se estrelló contra el monte O en Burgos. No hubo supervivientes. Emilio Mola, el director, el arquitecto del golpe, el hombre que había diseñado la conspiración mientras Franco escribía cartas prudentes, murió en un campo de cereales en Castilla con 50 años. La versión oficial fue inmediata y contundente. Accidente.

Niebla, error de navegación, tragedia inevitable. Franco expresó su pesar. Se organizaron funerales de estado. Se decretó luto oficial y el nombre de Mola comenzó lenta, pero metódicamente a desaparecer del relato central de la guerra. Pero hay preguntas, preguntas que los investigadores han formulado durante décadas y que nadie ha respondido de manera satisfactoria.

¿Por qué voló ese día con esa meteorología? Los protocolos militares de la época eran claros respecto a las condiciones mínimas de seguridad para vuelos de autoridades. Las condiciones del 3 de junio de 1937 no las cumplían. ¿Quién autorizó el vuelo? ¿Quién tomó la decisión de que Mola debía estar en Valladolit ese día con esa urgencia? ¿Por qué ese avión? El Breget 19 era un modelo envejecido para un general de su rango en misión oficial.

Existían aeronaves más modernas y más seguras. La elección del aparato nunca fue explicada de manera convincente por las autoridades militares. Y hay algo más, algo que los investigadores han señalado con cuidado, sin afirmar lo que no pueden probar, pero dejando la pregunta flotando en el aire con una persistencia que incomoda. Mola no era solo el segundo hombre más poderoso del bando nacional.

Read More