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PRIMO DE RIVERA: el dictador que murió en un hotel barato de París — España ni recogió su cuerpo

En lugar de aceptar sus límites, amplía sus atribuciones. En lugar de reconocer que el problema era más profundo de lo que su visturí podía alcanzar, busca un visturí más grande y otro y otro. El directorio militar gobernó por decreto, suspendió la Constitución de 1876, disolvió el Congreso, prohibió los partidos políticos, censuró la prensa con una minuciosidad que habría admirado a cualquier técnico de la propaganda.

y construyó ladrillo a ladrillo el andamio de un régimen que se presentaba como temporal, pero que tenía desde el principio todas las estructuras de algo pensado para durar. España, extrañamente no protestó de inmediato. Una parte del país, la parte cansada, la parte que había visto demasiados gobiernos caer sin haber resuelto nada, respiró con algo parecido al alivio.

Al menos alguien mandaba, al menos había una mano firme. Al menos los atentados en Barcelona que habían convertido las ramblas en un escenario de ajuste de cuentas permanente iban a parar y pararon. Durante un tiempo pararon. Eso fue suficiente para muchos. El problema es que los regímenes que se legitiman por lo que detienen, la violencia, el caos, la incertidumbre, necesitan que esas amenazas sigan existiendo para seguir siendo necesarios.

Cuando desaparecen, la pregunta inevitable emerge. ¿Y ahora para qué estás tú aquí? Primo de Rivera no tenía respuesta para esa pregunta. Aún no. Pero la pregunta ya estaba formulándose en voz baja, en los cafés, en los cuarteles, en los despachos de los intelectuales que pronto dejarían de guardar silencio. Hay dictadores que gobiernan con el miedo como única herramienta.

Primo de Rivera no era de esos, o al menos no quería hacerlo. Él prefería gustar. Eso lo hacía más complicado y en ciertos aspectos más peligroso que un tirano clásico. Porque un tirano que aterroriza genera resistencia, pero un régimen que sonríe, que inaugura pantanos y abre carreteras, que organiza exposiciones universales y habla de modernizar el país, ese tipo de régimen crea algo más difícil de combatir que el miedo.

Crea ambigüedad y la ambigüedad es el mejor aliado de la permanencia. Entre 1923 y 1929, España vivió una transformación material innegable. Las obras públicas se multiplicaron a un ritmo que el sistema parlamentario anterior nunca había logrado. Se construyeron más de 8,000 km de carreteras, se modernizaron puertos, se crearon confederaciones hidrográficas para gestionar el agua en un país donde la sequía era una condena antigua.

En 1929, Barcelona y Sevilla celebraron simultáneamente sus exposiciones internacionales, un esfuerzo de escaparate monumental que quería decirle al mundo, España está viva. España avanza. España ha dejado atrás el siglo XIX. Primo de Rivera recorría las inauguraciones con ese estilo suyo, campechano, cercano, con el lenguaje directo del militar, que no ha aprendido a hablar con eufemismos.

Y la gente lo aplaudía. En las zonas rurales, donde el caciquismo político había sido durante décadas la única forma de poder conocida, muchos campesinos veían en él algo genuinamente nuevo, un hombre que no pertenecía a ninguna de las familias que siempre se habían repartido todo. Eso era cierto y era al mismo tiempo insuficiente porque detrás de las carreteras y los pantanos había otra España, la España de los trabajadores catalanes a los que se prohibía hablar su lengua en público.

la España de los estudiantes universitarios a los que se les cerraba el paso si protestaban. La España de los periodistas que aprendieron a escribir con tijeras, siempre cerca del texto, cortando antes de que llegara el sensor. La censura de prensa fue una de las marcas más oscuras del régimen. No era la censura primitiva de quien simplemente prohíbe.

Era técnica, sistemática, aplicada con una regularidad que convertía la autocensura en la norma. Los directores de los periódicos aprendieron pronto que era más fácil no publicar ciertas cosas que publicarlas y sufrir la consecuencia. El silencio como deporte profesional. Los intelectuales lo vivieron en carne propia.

Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca, quizás la voz moral más poderosa de la España de entonces, se negó a callar. Criticó al dictador, lo ridiculizó. publicó artículos que circulaban de mano en mano como si fueran clandestinos, aunque no lo eran del todo todavía. Primo de Rivera, que no tenía paciencia para los hombres que le contradecían en público, reaccionó de la manera más torpe posible.

Desterró a un Muno a Fuerteventura. Fue un error monumental. Un dictador que destierra su mejor escritor no elimina una crítica, la convierte en símbolo. Un Amuno en el exilio era más poderoso que un Amuno en su despacho de Salamanca. Sus textos circulaban con una urgencia nueva, cargados con el peso de la persecución. Y los intelectuales que hasta entonces habían guardado una espera cautelosa.

Vamos a ver, puede que esto funcione. Puede que el país necesite esto. Empezaron a tomar partido. Cuando pierdes a los intelectuales, pierdes el relato. Y cuando pierdes el relato, el tiempo empieza a correr en tu contra. Pero primo de Rivera no lo entendía así. Él creía que los intelectuales eran un problema de temperamento, no de fondo.

Gente con demasiado tiempo libre y demasiada imaginación. El país real, los agricultores, los obreros, los comerciantes, estaba con él. Eso era lo que importaba. Lo que no veía o no quería ver era que esos mismos trabajadores y comerciantes a los que apelaba tenían sindicatos, tenían organizaciones, tenían memoria.

La UGT, el sindicato socialista, había aceptado inicialmente colaborar con el régimen, una decisión táctica que le costó cara en términos de credibilidad interna, pero esa colaboración tenía límites y cuando el régimen empezó a mostrar que sus reformas sociales eran más escaparate que sustancia, que los salarios no subían al ritmo de las inauguraciones de pantanos, que la promesa de modernización llegaba antes a las fotografías de la prensa oficial, que los bolsillos de los trabajadores.

La paciencia se fue agotando y luego estaba Cataluña. Cataluña era el error más claro, el más difícil de entender para alguien que como primo de Rivera había nacido en Jerez con una idea muy particular de lo que significaba ser español. La Mancomunitad Catalana, el primer ensayo de autogobierno coordinado de las cuatro provincias catalanas, fue disuelta.

La lengua catalana fue restringida en el espacio público. Los símbolos de la identidad regional fueron tratados como amenazas al orden nacional. El resultado fue predecible para cualquiera que conociera mínimamente Cataluña, que no era el caso de Primo de Rivera. Los catalanes, que hasta entonces habían sido templados en su catalanismo se volvieron radicales.

Los que eran radicales se volvieron irreconciliables y una región que podría haber sido negociada quedó convertida en una herida abierta que sangró durante décadas. Todo esto mientras las carreteras se inauguraban, mientras las exposiciones brillaban, mientras la dictadura con cara simpática seguía sonriendo en las fotografías oficiales.

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